Relatos
Inicio Erotismo Canciones del Diario de una Pasion Canciones del Diario de una Pasion

Canciones del Diario de una Pasion

6818 palabras

Canciones del Diario de una Pasion

En el bullicio de la Ciudad de México, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el humo de los volcánes lejanos, encontré mi diario viejo guardado en el cajón de mi mesita de noche. Lo abrí una noche de esas que el calor te hace sudar hasta el alma, y ahí estaban ellas: las canciones del diario de una pasión, garabateadas con letra temblorosa después de conocer a Diego. Neta, wey, todo empezó en un antro de la Condesa, con reggaetón retumbando y luces neón que pintaban su piel morena como un sueño prohibido.

Yo, Ana, con mi falda corta que rozaba mis muslos cada vez que bailaba, lo vi recargado en la barra, con esa sonrisa pícara que dice "ven pa'cá, ricura". Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que se marcaban bajo la blusa escotada. Órale, pensé, este carnal me va a prender fuego. Me acerqué, fingiendo pedir un michelada, pero mi pulso ya latía como tamborazo zacatecano. "Qué onda, ¿bailamos?", me soltó con voz ronca, su aliento oliendo a tequila reposado y menta. Su mano grande tomó la mía, cálida y firme, y en la pista sentí su cuerpo pegarse al mío, su verga semi-dura rozando mi nalga. El sudor nos unía, salado en la piel, y el ritmo de la música hacía que mis caderas se movieran solas, queriendo más.

¡Ay, Diego, tu toque es fuego en mi piel!
Canciones del diario de una pasión,
donde tu boca me come entera.

Esa noche no pasó nada más, pero en mi depa en la Roma, con el zumbido de los coches en Insurgentes de fondo, escribí esa primera canción. Mi habitación olía a mi perfume de vainilla y al deseo que me humedecía las panties. Me recosté en la cama, las sábanas frescas contra mi piel ardiente, y dejé que mis dedos bajaran solitos, imaginando sus labios en mi cuello. Me late este wey, me dije, pero algo en mí dudaba. ¿Y si solo es un pendejo más? No, neta, había chispas, un tirón en el pecho que no era solo lujuria.

Acto seguido, los días se volvieron un desmadre de mensajes. "Ven al cine, mami", me escribía, y yo contestaba con emojis de fuego. La segunda cita fue en un cafecito de Polanco, con olor a café de chiapas y pan dulce calentito. Nos sentamos cerca, sus rodillas tocando las mías bajo la mesa. Hablamos de todo: de la CDMX que nos volvía locos, de sueños locos como viajar a la playa en Oaxaca. Su risa era grave, vibraba en mi pecho, y cuando su mano rozó mi muslo, sentí un escalofrío que me erizó la piel. "Estás cañón, Ana", murmuró, sus dedos subiendo despacito, trazando círculos en mi piel suave. Mi respiración se aceleró, el calor entre mis piernas crecía como lava.

Pero no nos lanzamos de una. No, la tensión se cocía a fuego lento. Esa noche, en mi diario, otra canción:

Tus ojos me queman, wey, no aguanto más,
Canciones del diario de una pasión,
tu verga dura contra mi calor.

Me masturbé pensando en él, mis dedos hundiéndose en mi panocha mojada, el sonido chido de mi humedad llenando la habitación. Gemí su nombre bajito, imaginando su lengua lamiéndome el clítoris, su aliento caliente en mi monte de Venus. ¡Carajo!, el orgasmo me sacudió como terremoto, dejando mi cuerpo temblando, sudoroso, con el sabor salado de mis propios jugos en los labios.

La tercera vez fue la buena. Lo invité a mi depa un viernes, con velitas de vainilla encendidas y cumbia rebajada sonando suave. Diego llegó con una botella de mezcal espadín, ese que pica rico en la garganta. Nos sentamos en el sofá, sus piernas fuertes separadas, y yo me acurruqué contra él. Olía a jabón de sándalo y hombre, puro macho mexicano. "Te extrañé, chula", dijo, y sus labios capturaron los míos. Fue un beso lento al principio, sus lenguas danzando, saboreando el mezcal y el deseo. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas, y yo sentí su verga hincharse contra mi vientre.

Nos desnudamos sin prisa, explorando cada centímetro. Su pecho ancho, cubierto de vello negro, olía a sudor limpio. Lamí sus pezones duros, oyendo su gemido ronco: "¡Pinche ricura!". Bajé más, besando su abdomen marcado, hasta arrodillarme ante su verga tiesa, gruesa y venosa, con el glande brillando de pre-semen. La tomé en mi boca, saboreando su sal, chupando despacio mientras él enredaba sus dedos en mi pelo. "Así, mami, qué chido", gruñía, sus caderas moviéndose al ritmo de mi lengua.

Me levantó como pluma, llevándome a la cama. Me abrió las piernas, admirando mi concha rosada y húmeda. "Estás empapada por mí", dijo, y hundió su cara ahí. Su lengua era fuego: lamió mi clítoris en círculos, succionó mis labios mayores, metió dos dedos gruesos que me llenaban perfecto. El sonido era obsceno, chapoteos y mis jadeos mezclados con la cumbia. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada. Me voy a venir, pensé, y exploté en su boca, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, gritando "¡Diego, cabrón!".

Exploto en tu boca, pasión sin fin,
Canciones del diario de una pasión,
tu semen en mi piel, mi todo eres tú.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda arqueada, mordisqueando mis nalgas firmes. Su verga rozó mi entrada, caliente y lista. "Dime si quieres, Ana", susurró, siempre consensual, siempre mío. "Sí, métemela ya, wey", rogué, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era intenso, su pubis chocando contra mi culo con palmadas rítmicas. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el olor a sexo impregnando el aire. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como reina, mis chichis rebotando, sus manos amasándolas. "¡Qué tetas tan ricas!", gemía él, pellizcando mis pezones.

La intensidad subió. De lado, él detrás, una mano en mi clítoris frotando rápido mientras embestía profundo. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. "Me vengo, Diego", avisó, y yo: "Dentro, lléname". Su semen caliente me inundó en chorros, pulsando, mientras mi segundo orgasmo me rompía en mil pedazos. Colapsamos, jadeantes, su cuerpo pesado y protector sobre el mío. Besos suaves, risas cansadas. "Eres lo máximo, carnala", murmuró, oliendo mi pelo.

Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas y el aroma a café de olla en la cocina, releí mis canciones del diario de una pasión. Diego dormía a mi lado, su respiración profunda como olas en Acapulco. No era solo sexo; era conexión, chido y profundo. Tomé el diario y escribí la última estrofa, mi corazón latiendo con algo más grande que la lujuria. Esta pasión apenas empieza, pensé, acurrucándome contra él. El futuro olía a aventuras, a más noches de fuego, a nosotros.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.