Libro 24 Horas de la Pasion Sensual de Luisa Piccarreta
Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en un departamento chido en la Condesa, aquí en la Ciudad de México. Todo empezó un sábado por la mañana cuando entré a una librería antigua en la colonia Roma. Entre pilas de libros polvorientos, mis ojos se clavaron en uno peculiar: el libro 24 horas de la pasión de Cristo de Luisa Piccarreta. La portada era sencilla, con una cruz dorada desvaída, pero algo en el título me erizó la piel. Pasion. Esa palabra resonaba en mi cabeza como un susurro caliente, prometiendo algo más que devoción religiosa. Lo compré sin pensarlo dos veces, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que no podía explicar.
De regreso a casa, me tiré en el sillón de terciopelo rojo, con el sol filtrándose por las cortinas sheer. Abrí el libro y empecé a leer. Luisa Piccarreta describía hora por hora el sufrimiento de Cristo, pero no era solo dolor; era un amor tan intenso, tan entregado, que me hacía apretar los muslos.
Imagínate, wey, cada latido de su corazón derramándose en sacrificio, como si te estuviera tocando el alma con fuego puro, pensé mientras pasaba las páginas. Mi respiración se aceleraba. Olía a papel viejo mezclado con mi perfume de vainilla, y el aire se sentía espeso, cargado. Me quité la blusa, quedándome en bra de encaje negro, y seguí leyendo. Mis pezones se endurecieron contra la tela, y una humedad cálida se acumulaba en mi panocha. Neta, ese libro me estaba poniendo cachonda de una forma que no esperaba.
Ahí fue cuando sonó el timbre. Era Marco, mi vecino y pendejo favorito, el morro de treinta años con ojos café profundos y brazos tatuados que me volvían loca. Nos veíamos de vez en cuando para unas chelas y algo más, siempre con ese fuego que no se apagaba. "¿Qué onda, nena? Te vi llegar con esa cara de traviesa", dijo con esa sonrisa pícara mientras entraba, oliendo a colonia fresca y sudor ligero del gym.
Le mostré el libro. "Mira esto, cabrón. Libro 24 horas de la pasión de Cristo Luisa Piccarreta. Léelo y dime si no te prende". Se rio, pero se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío. Empezamos a leer en voz alta, turnándonos las horas. La primera: la oración en el huerto. Luisa escribía sobre el sudor de sangre de Jesús, y Marco murmuró: "Siento como si estuviera ahí, sintiendo cada gota resbalar por su piel". Su voz grave me erizó los brazos. Apoyé la cabeza en su hombro, inhalando su aroma masculino, y mi mano se deslizó casualmente por su pecho. Él no se apartó; al contrario, su mano bajó a mi cintura, apretando suave.
La tensión crecía con cada página. En la segunda hora, el beso de Judas. "Un beso que traiciona pero enciende", leí yo, y Marco giró mi cara hacia la suya. Sus labios rozaron los míos, tentative al principio, luego hambrientos. Sabían a menta y deseo. Nos besamos lento, lenguas danzando como en una oración prohibida. Sus dedos se colaron bajo mi bra, pellizcando mis chichis endurecidas. Qué rico, pendejo, no pares, gemí en mi mente mientras el calor subía por mi vientre. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el tráfico lejano de la avenida.
Pasaron las horas. Llegamos a la flagelación. El libro detallaba cada latigazo, el cuerpo de Cristo retorciéndose en agonía y éxtasis divino. Marco me quitó el bra y chupó mis pezones con devoción, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda. "Eres mi Cristo personal, Ana, déjame adorarte", susurró contra mi piel, su aliento caliente enviando ondas de placer. Yo le bajé los pants, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo las venas gruesas, el calor pulsante. Olía a hombre excitado, almizclado y adictivo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal pre-semen. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.
Pero no nos apresuramos. Ese era el chiste: las 24 horas. Nos fuimos al cuarto, iluminado por velas que encendí para ambientar. Leímos la coronación de espinas mientras nos tocábamos mutuamente. Mis dedos exploraban su culo firme, apretándolo mientras él metía dos dedos en mi panocha empapada. Estoy chorreando, wey, qué mojada me tienes, pensé, el squish húmedo de mis jugos resonando. Él lamía mi cuello, dejando marcas rojas como espinas de pasión. El sudor nos cubría, goteando entre mis nalgas, y el olor a sexo empezaba a impregnar el aire, dulce y animal.
La mitad del libro, y la intensidad subía. En la hora de las caídas con la cruz, Marco me cargó en brazos hasta la cama king size. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, cada roce de barba raspando delicioso. "Quiero cargarte toda la noche, mi Luisa", dijo, refiriéndose al libro. Yo reí, pero gemí cuando su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lo chupaba en círculos lentos, succionando mis labios mayores, bebiendo mis fluidos como néctar sagrado. El placer me hacía retorcer, uñas clavadas en sus hombros, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Cada lamida es un latigazo de gozo, no aguanto más pero quiero que dure.
Marco luchaba consigo mismo, su verga goteando contra mi pierna, rogando entrada. Pero seguíamos el ritmo del libro. Hora tras hora, nos provocábamos. Yo lo monté en reversa durante la crucifixión, frotando mi panocha contra su eje sin penetrar, solo deslizándome, lubricados por mis jugos. Él gemía "¡Ay, cabrona, me vas a matar de gusto!", palmeando mis nalgas redondas. El slap de piel contra piel, el jadeo sincronizado con las descripciones de Luisa Piccarreta, todo se fundía en un ritual erótico.
Alrededor de la medianoche, después de la hora de la muerte, la tensión explotó. No más espera. "Métemela ya, Marco, dame tu pasión completa", supliqué. Me puso en cuatro, embistiéndome de un solo golpe profundo. Su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El sonido wet de cada embestida, sus bolas golpeando mi clítoris, me volvía loca. Sudor chorreaba por su pecho tatuado, goteando en mi espalda. Yo empujaba hacia atrás, cabalgando su polla como una poseída. Es divino, neta, como si Cristo mismo me follara el alma.
Cambiábamos posiciones siguiendo las horas restantes: misionero para la lanza en el costado, yo arriba para el descendimiento. Cada clímax parcial nos dejaba temblando, pero seguíamos. Finalmente, en las primeras luces del amanecer, después de la sepultura, llegamos al pico. Él me penetró lento, profundo, mirándome a los ojos. "Te amo en cada hora, Ana". Nuestros cuerpos se fusionaron, pulsos latiendo al unísono. El orgasmo nos golpeó como resurrección: yo chillé, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, su gruñido ronco en mi oído.
Colapsamos, enredados en sábanas húmedas, oliendo a sexo y velas apagadas. El libro yacía abierto en la mesita, testigo de nuestra propia pasión de 24 horas. Marco me besó la frente. "Ese libro de Luisa Piccarreta nos cambió la vida, ¿verdad?". Sonreí, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. En el afterglow, con el sol tiñendo la habitación de oro, supe que esto era más que un polvo: era conexión profunda, inspirada en esas páginas místicas. Y mientras nos dormíamos, mi mente susurraba:
Gracias, Luisa, por estas 24 horas de pasión eterna.