Música de la Pasión
Entré a esa cantina en el corazón de Guadalajara, con el sol ya escondido y las luces de neón parpadeando como promesas calientes. El aire estaba cargado de humo de cigarros y el olor dulce del tequila reposado, mezclado con el sudor de cuerpos que se movían al ritmo de la banda en vivo. Neta, necesitaba una noche así, lejos del pinche estrés del trabajo. Me acomodé en la barra, pedí un caballito de José Cuervo y dejé que mis ojos vagaran por el lugar.
Allá, en el escenario improvisado, la banda tocaba rancheras con un twist moderno, guitarrazos que retumbaban en el pecho y trompetas que erizaban la piel. El vocalista, un moreno alto con ojos que brillaban como carbones, cantaba con voz ronca: "Música de la pasión, que enciende el alma y el deseo". Esa letra me pegó directo, como si me estuviera hablando a mí. Sentí un cosquilleo en la nuca, el preludio de algo chingón.
Entonces lo vi. Apoyado en una mesa cerca del escenario, con una cerveza en la mano y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Moreno claro, camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, jeans que abrazaban sus caderas justito. Nuestras miradas chocaron y no soltaron. Él levantó su botella en un brindis silencioso, y yo, sin pensarlo, le guiñé un ojo. Órale, ¿por qué no? pensé, mientras el calor subía por mi cuello.
La canción terminó y la banda arrancó otra, más lenta, más sensual. Él se acercó, moviéndose con esa confianza de quien sabe lo que quiere.
"¿Bailas, guapa?"dijo, su voz grave rozándome el oído como una caricia. Olía a colonia fresca con un toque de tierra mojada, y su aliento traía el amargo del mezcal. Asentí, dejando mi vaso en la barra, y me dejé llevar a la pista improvisada.
Sus manos en mi cintura fueron fuego puro. Fuerte pero suave, guiándome al compás de la música de la pasión que ahora parecía hecha para nosotros. Mi espalda contra su pecho, sentía el latido acelerado de su corazón, sincronizado con el mío. El roce de su barba incipiente en mi hombro me erizó la piel, y el aroma de su sudor mezclado con el mío me mareaba. Esto está cañón, me dije, mientras mis caderas se mecían contra las suyas, sintiendo su dureza crecer, presionando justo donde dolía de ganas.
—Neta, me late tu forma de moverte —murmuró en mi oído, sus labios rozando el lóbulo—. Soy Javier, ¿y tú?
—Ana —respondí, girándome para mirarlo de frente. Nuestros cuerpos pegados, el calor entre nosotros era un horno. Sus ojos oscuros me devoraban, bajando por mi escote hasta mis labios entreabiertos.
La noche avanzaba, y con cada canción la tensión crecía. Bailamos más pegados, sus manos explorando mi espalda baja, mis dedos enredados en su cabello negro. El tequila corría por mis venas como lava, pero era él quien me encendía de verdad. ¿Y si lo invito a mi hotel? pensé, imaginando su boca en mi piel, sus manos arrancándome la blusa. El deseo me picaba entre las piernas, húmedo y urgente.
En un momento de pausa, nos sentamos en una mesa apartada. Pedimos más tragos, y la plática fluyó como el río: de la banda, de Guadalajara, de cómo la música de la pasión nos había unido esa noche. Sus risas eran contagiosas, profundas, y cada roce accidental —su rodilla contra la mía, su mano en mi muslo— era eléctrico.
"Quiero sentirte más", confesó, su mirada fija en la mía, sin rodeos. Yo asentí, el pulso tronando en mis oídos.
Salimos de la cantina tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego interno. Mi hotel estaba a dos cuadras, un lugar modesto pero chido, con vistas a la catedral iluminada. En el elevador, no aguantamos: sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lenguas danzando como en la pista. Sabía a mezcal y a promesas, sus manos amasando mis nalgas mientras yo gemía bajito contra su boca.
En la habitación, la puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me quitó la blusa con urgencia consentida, sus ojos bebiendo cada centímetro de mi piel expuesta. Qué chingón se siente ser deseada así, pensé, mientras besaba su cuello, lamiendo el salado sudor. Sus dedos desabrocharon mi brasier, liberando mis pechos, y su boca los reclamó: succiones suaves que viraban duras, dientes rozando pezones endurecidos. Gemí fuerte, arqueándome, el placer punzando directo al centro de mí.
Lo empujé a la cama, montándome encima para quitarle la camisa. Su pecho era firme, velludo justo, y lo recorrí con la lengua, bajando por su abdomen hasta el botón de sus jeans. Lo abrí despacio, torturándolo, sintiendo su verga saltar libre, gruesa y palpitante. Carajo, qué rica, murmuré, tomándola en la mano, acariciando de arriba abajo mientras él gruñía mi nombre.
—Ana, pendeja, me vas a matar —rió entre jadeos, pero sus caderas se alzaban buscando más.
Me deslicé los pantalones, quedando en tanga empapada. Él la apartó con un dedo, explorando mi humedad con caricias expertas.
"Estás chorreando por mí, mamacita", dijo, y metió dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Me moví contra su mano, montándola, mientras lo besaba con furia, mordiendo su labio inferior.
La tensión era insoportable, un nudo apretándose en mi vientre. Lo guie dentro de mí, bajando despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. ¡Ay, Dios! El estirón perfecto, su grosor rozando cada pared sensible. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada embestida profunda, el slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. El olor a sexo llenaba la habitación, almizclado y adictivo, mezclado con nuestros sudores.
Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo aceleraba, mis uñas clavándose en su espalda. Los gemidos se volvieron gritos ahogados, el ritmo frenético como la banda de antes. Más, más, rogaba en mi mente, y él obedecía, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero amorosa. Sentí el orgasmo venir, un tsunami rugiendo: contracciones violentas, jugos chorreando, mi cuerpo temblando sobre el suyo.
—¡Javier! —grité, explotando, y él me siguió segundos después, corriéndose dentro con un rugido gutural, caliente y abundante, llenándome hasta rebosar.
Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi frente. El eco de la música de la pasión aún vibraba en mis oídos, pero ahora era nuestro propio ritmo, calmado y satisfecho. Esto fue neta lo mejor de la noche, pensé, mientras el sueño nos envolvía, sabiendo que al amanecer, tal vez seguiría la melodía.