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Mi Pasion el Gym

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Mi Pasion el Gym

Desde que tengo memoria, mi pasion el gym ha sido mi escape, mi templo personal donde el sudor se mezcla con esa adrenalina que me hace sentir viva. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en la bulliciosa Ciudad de México, donde el tráfico y el ajetreo diario me exprimen, pero el gym me recarga. Cada mañana, antes de que salga el sol, me pongo mi legging negro ajustado que abraza mis curvas como un amante posesivo, mi top deportivo que deja ver justo lo suficiente para sentirme poderosa, y salgo corriendo hacia FitZone, mi rincón sagrado en Polanco.

Ahí es donde lo vi por primera vez: Marco, el instructor nuevo, un moreno alto con músculos esculpidos como si fueran de mármol vivo, ojos cafés profundos que te desnudan con una mirada y una sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres". Neta, el wey era un peligro andante. La primera vez que me corrigió la postura en las sentadillas, sus manos grandes y callosas se posaron en mis caderas, firmes pero gentiles, y sentí un chispazo que me recorrió desde la piel hasta el fondo de mi ser.

"Así, Ana, baja más, siente el fuego en las piernas"
, me dijo con voz ronca, y yo solo atiné a asentir, con el corazón latiéndome como tambor en desfile de carnaval.

Las semanas pasaron y cada sesión era una tortura deliciosa. Él siempre estaba ahí, guiándome, motivándome con frases que sonaban inocentes pero cargadas de doble sentido. "Respira hondo, exhala el deseo", o "Empuja con todo, no te rindas". Yo sudaba como loca, el olor a esfuerzo mezclado con su colonia masculina –ese aroma terroso y fresco como después de la lluvia– me volvía loca. En mi mente, mientras levantaba pesas, imaginaba sus manos explorando más allá de los músculos, bajando por mi espalda arqueada, apretando mi culo redondo que tanto trabajo me había costado tonificar.

Una noche de viernes, el gym estaba casi vacío. Yo había llegado tarde, después de un pinche día de oficina infernal, y solo quedábamos Marco y yo en la zona de máquinas. Él cerraba esa noche. Me puse a hacer cardio en la elíptica, mis tetas rebotando al ritmo, el sudor perlándome la clavícula, goteando entre mis pechos. Lo vi en el espejo, observándome con esa intensidad que me ponía la piel de gallina. Bajé de la máquina, jadeante, y me acerqué a pedirle consejo para unos ejercicios nuevos.

Acto uno completo: la tensión inicial ardía como brasas bajo la piel.

–Oye, Marco, ¿me ayudas con las dominadas? Siempre me trabo en la barra –le dije, mordiéndome el labio sin querer, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela delgada.

Él se acercó, su cuerpo irradiando calor, tan cerca que olía su sudor limpio, mezclado con feromonas puras.

Neta, carnal, este wey huele a sexo puro
, pensé mientras sus brazos me rodeaban para ajustarme las manos. Sus bíceps rozaron mis costados, y un gemido se me escapó bajito.

–Tranquila, mami, yo te levanto –murmuró al oído, su aliento cálido erizándome el vello de la nuca–. Tú solo siente el músculo trabajar.

Me impulsó hacia arriba, y al bajar, su pelvis rozó la mía por "accidente". Sentí su verga semi-dura presionando contra mi monte de Venus, gruesa y prometedora bajo los shorts. Mis chones se humedecieron al instante, el calor entre mis piernas convirtiéndose en un río traicionero. Bajé de la barra temblando, nos miramos a los ojos, y ahí estaba: el consentimiento mudo, el deseo mutuo flotando en el aire cargado de ozono y lujuria.

Mi pasion el gym me ha dado más de lo que imaginaba –susurré, rompiendo el silencio, mi voz ronca como si hubiera corrido un maratón.

Él sonrió, lobuno. –Y a mí me ha traído a ti, reina.

Nos besamos ahí mismo, salvaje, hambriento. Sus labios carnosos devoraron los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y sal, explorando cada rincón mientras sus manos bajaban a amasar mi culo. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su espalda ancha, sintiendo los tendones tensos bajo la piel morena. El sonido de nuestras respiraciones agitadas rebotaba en las paredes de espejos, multiplicando la escena erótica.

Me levantó como si no pesara nada –gracias a esas sentadillas–, y me sentó en una banca de pesas acolchada. Arranqué su playera, revelando un torso perfecto, pectorales duros salpicados de sudor brillante bajo las luces fluorescentes. Lamí una gota que bajaba por su abdomen marcado en six-pack, salada y adictiva, mientras él gemía "¡Chingada madre, Ana!". Sus manos expertas despojaron mi top, liberando mis tetas llenas, pezones oscuros erectos como balas. Los pellizcó suave al principio, luego más fuerte, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris palpitante.

Acto dos: la escalada imparable, donde el cuerpo y el alma se entretejen en éxtasis creciente.

–Quiero probarte, wey –le dije, bajando de la banca para arrodillarme. Saqué su verga del short: gruesa, venosa, la cabeza morada reluciente de precum. La olí primero –ese olor almizclado, puro macho mexicano–, luego la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo largo, guiándome sin forzar. La chupé profunda, garganta relajada por la práctica solitaria en mis fantasías, mis labios estirados alrededor de su grosor, saliva goteando por mi barbilla.

¡Qué rica verga, tan chingona, hecha para romperme!

Marco me levantó, impaciente, y me volteó contra la pared de espejos. Bajó mis leggins junto con las calzas, exponiendo mi concha depilada, hinchada y mojada, labios mayores abiertos como pétalos en lluvia. Metió dos dedos gruesos de golpe, curvándolos para masajear mi punto G, mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado. "Estás chorreando, puta del gym", dijo juguetón, y yo reí entre jadeos: "Pendejo, hazme tuya ya".

Se colocó detrás, su verga caliente presionando mi entrada. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el placer quemando como chile habanero. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el útero. Empezó a bombear, fuerte, profundo, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos obscenos. Mis tetas rebotaban contra el espejo frío, niebla formándose con mi aliento, viéndonos follar como animales en celo: yo arqueada, él dominando con thrusts potentes, sudor chorreando de su frente a mi espalda.

Cambié de posición, montándolo en el suelo de colchonetas, yo arriba controlando el ritmo. Cabalgaba su pija como amazona, círculos amplios, apretando mis paredes internas para ordeñarlo. Él amasaba mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, mordisqueando lo justo para doler rico. Olía a sexo crudo: mi jugo untado en sus bolas, su sudor salado en mi piel. Gemía sin control: "¡Sí, cabrón, rómpeme la concha!". La tensión crecía, mis ovarios apretándose, el orgasmo acechando como tormenta en el Popo.

Él se volteó encima, misionero feroz, piernas en sus hombros para penetrar más hondo. "Ven conmigo, mi reina del gym", gruñó, y explotamos juntos. Mi concha se convulsionó alrededor de su verga, chorros de placer salpicando sus abdominales, mientras él se vaciaba dentro, caliente y espeso, pintando mis paredes con su leche. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro, pulsos retumbando en oídos, músculos temblando en aftershocks.

Acto tres: el clímax y la calma, donde el fuego se convierte en brasa eterna.

Nos quedamos tirados en las colchonetas, jadeantes, cuerpos enredados pegajosos de fluidos y sudor. Su mano trazaba círculos perezosos en mi vientre, besos suaves en mi cuello. –Neta, Ana, mi pasion el gym ahora eres tú –dijo, riendo bajito.

Yo sonreí, satisfecha, el cuerpo hormigueando en glow post-orgásmico. –Y tú la mía, Marco. Esto no termina aquí.

Nos vestimos lento, robándonos besos robados, prometiendo más sesiones privadas. Salimos al fresco nocturno de la ciudad, el skyline brillando como testigo de nuestra pasión. En mi mente, ya planeaba la próxima: más sudor, más fuego, más de mi pasion el gym. Porque en este templo, no solo se forjan cuerpos, se forjan almas en llamas.

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