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Haz De Tu Pasión Tu Profesión Sensual

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Haz De Tu Pasión Tu Profesión Sensual

Desde chiquita, siempre supe que mi cuerpo era un templo de fuego. En las calles de la Roma, aquí en la Ciudad de México, bailaba al ritmo de la cumbia rebajada que tronaba en las fondas, sintiendo cómo cada movimiento despertaba algo profundo en mí. No era solo baile, era pasión pura, esa que te hace sudar y jadear sin tocarte. Pero la vida real pega duro, wey. Estudiaba diseño gráfico de día, pero de noche soñaba con escenarios iluminados donde mi piel brillara bajo luces neón. Un día, platicando con mi carnala Lupita en un café de Condesa, solté lo que traía guardado:

Haz de tu pasión tu profesión, neta, antes de que te pudras en un cubículo.

Esas palabras se me clavaron como un tatuaje fresco. ¿Por qué no? Me inscribí en un curso de burlesque en un estudio chido de Polanco. Aprendí a mover las caderas como olas del Pacífico, a desvestirme lento dejando que el aire bese cada centímetro de piel. Mi primer show fue en un club exclusivo de la Zona Rosa, El Nido del Placer, un lugar donde la crema y nata viene a soltar prensas. Vestida con un corsé rojo que apretaba mis chichis justito, tacones que me hacían arquear la espalda, subí al escenario con el corazón latiéndome en la garganta.

El humo de los cigarros cubanos flotaba espeso, mezclado con el aroma dulce de perfumes caros y sudor fresco. La música empezó, un tango electrónico que vibraba en mis huesos. Mis ojos barrieron la multitud: trajes italianos, escotes profundos, miradas hambrientas. Ahí lo vi. Alto, moreno, con barba recortada y ojos que prometían travesuras. Se llamaba Diego, lo supe después. Estaba en primera fila, con una sonrisa pícara que me erizaba la piel desde lejos.

Baile para él esa noche. Mis guantes de satén se deslizaron por mis brazos, rozando la seda contra mi piel caliente. El corsé se aflojó, liberando mis senos que rebotaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana bajo las luces. El público rugía, billetes volando como confeti, pero yo solo sentía su mirada quemándome el ombligo. Bajé del escenario con las piernas temblando, el calor entre mis muslos ya traicionero.

En el camerino, me refresqué con una toalla húmeda, el olor a jazmín de mi loción mezclándose con mi propia esencia almizclada. Diego se acercó, champagne en mano. "Eres fuego puro, reina", dijo con voz ronca, ese acento chilango que me derrite. Charlamos, risas fáciles, coqueteo que chispeaba como pirotecnia en el Zócalo. Me contó que era fotógrafo de moda, que había visto muchas modelos pero ninguna como yo. Yo le confesé mi mantra: Haz de tu pasión tu profesión. Él asintió, ojos brillando. "Yo quiero ser parte de esa pasión".

Salimos del club caminando por Insurgentes, la noche tibia abrazándonos. Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que subió por mi brazo hasta el pecho. Llegamos a su depa en Cuauhtémoc, un loft con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Adentro, el aire olía a madera pulida y café molido. Me sirvió un mezcal ahumado, el líquido quemándome la lengua con sabor a humo y tierra oaxaqueña.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de sueños, de cómo el cuerpo grita lo que la boca calla. Su dedo trazó mi clavícula, un roce ligero que me hizo arquearme. Esto es lo que quiero, lo que necesito, pensé, el pulso acelerándose en mi cuello. Lo besé primero, labios carnosos encontrándose en un choque húmedo, su lengua explorando mi boca con sabor a mezcal y deseo. Gemí bajito, el sonido vibrando entre nosotros.

Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando lo que quedaba de mi vestido. Mi piel desnuda contra su camisa de lino, sintiendo los botones fríos y su calor debajo. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me recostó despacio, sus ojos devorándome: curvas de mis caderas, el monte de Venus depilado reluciendo bajo la luz tenue.

"Dime qué quieres, preciosa", murmuró, voz grave como un bajo en una rola de rock en español. "Todo de ti, pero lento, que lo sienta", respondí, voz entrecortada. Empezó por mis pies, besando cada dedo, lengua caliente lamiendo la planta hasta que reí y gemí al mismo tiempo. Subió por mis pantorrillas, mordisqueando suave, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Llegó a mis muslos, abriéndolos con manos firmes pero tiernas. Su aliento caliente rozó mi centro, húmedo y palpitante.

El primer lametón fue un rayo. Lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando mi néctar salado y dulce. ¡Carajo, qué chingón! grité en mi mente, caderas alzándose para más. Chupó mi clítoris hinchado, círculos rápidos que me hacían ver estrellas del techo. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, guiándolo. Olía a mi excitación, ese musk femenino que enloquece, mezclado con su colonia cítrica.

No aguanté más. "Dentro, Diego, métemela ya", supliqué, voz ronca. Se quitó la ropa rápido, su verga erecta saltando libre: gruesa, venosa, cabeza roja brillante de precum. Se colocó entre mis piernas, frotándola contra mis labios vaginales, lubricándonos mutuamente. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo.

Empezamos lento, ritmo de salsa sensual. Sus embestidas profundas, saliendo casi todo y clavándose de nuevo, golpeando mi punto G con precisión. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí. Aceleramos, mis uñas arañando su espalda, dejando surcos rojos. "¡Más duro, pendejo cabrón!", lo arengué juguetona, y él obedeció, follando como poseído, cama crujiendo bajo nosotros.

El clímax se construyó como tormenta en el Popo. Mi vientre apretándose, paredes vaginales ordeñándolo. Él gruñía, "Me vengo, reina, agárrate". Explotamos juntos: yo convulsionando, chorros de placer salpicando sus bolas, él llenándome con jetas calientes que desbordaban. El mundo se volvió blanco, oídos zumbando con mi grito ahogado, su rugido animal.

Caímos enredados, pechos agitados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi seno, besando perezoso mi pezón aún sensible. El aire pesado con olor a sexo crudo, ventanas empañadas por nuestro vapor. Me acarició el pelo, "Eres increíble, haz de esto tu mundo". Sonreí, besándolo suave.

Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, supe que lo había logrado. Mi pasión por el placer, por moverme, por sentir, ya era mi profesión. No más cubículos, solo escenarios, amantes como Diego, noches de fuego eterno. Me vestí con su camisa oversized, oliendo a nosotros, y salí a la calle vibrante. El tráfico de la CDMX tronaba afuera, pero dentro de mí, paz total. Haz de tu pasión tu profesión, repetí en susurro. Y lo hice, carnal, lo hice de verdad.

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