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El Color de la Pasion Capitulo 109

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El Color de la Pasion Capitulo 109

Ana se recargó en el sillón de cuero negro de su departamento en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito como un susurro secreto. El olor a jazmín de su perfume se mezclaba con el aroma salado de las palomitas que Javier acababa de sacar del microondas. La pantalla del televisor de 55 pulgadas iluminaba la penumbra de la sala, proyectando destellos rojos y dorados sobre sus pieles morenas. Era noche de telenovela, su ritual semanal, y esta vez tocaba El Color de la Pasión Capítulo 109.

Javier, su carnal de toda la vida, se sentó a su lado con una cerveza en la mano, su camisa blanca entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. "Órale, Ana, ¿ya viste el preview? Dicen que esta noche explota todo", dijo con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel. Ella sonrió, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Llevaban meses en esa danza de amigos con derechos, sin compromisos, pero cada vez que se veían, el aire se cargaba de electricidad. Ana cruzó las piernas, su falda corta subiendo un poco por los muslos, y el roce de la tela contra su piel suave le mandó una señal directa al centro de su cuerpo.

La telenovela empezó con drama puro: traiciones, miradas intensas. Pero en el clímax del capítulo, la protagonista, una morra ardiente como ella, se entregaba a su amante en una hacienda colonial. Los gemidos ahogados, el sudor brillando bajo las luces de candelabros, las manos explorando curvas prohibidas. Ana sintió su pulso acelerarse, el calor subiendo por su cuello.

¿¿Por qué carajos me excita tanto esto? Es pura ficción, pero se siente tan real...
Miró de reojo a Javier, que se había acomodado más cerca, su muslo musculoso presionando contra el de ella. El olor de su colonia, terrosa y masculina, invadió sus fosas nasales.

"Puta madre, qué escena, ¿no?", murmuró él, su aliento cálido rozándole la oreja. Ana no respondió con palabras; en cambio, giró la cabeza y capturó sus labios en un beso lento, probando la cerveza fría y el salado de las palomitas en su lengua. Javier gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho y se transmitió directo a ella. Sus manos grandes subieron por sus brazos, dejando un rastro de fuego en la piel.

El beso se profundizó, lenguas enredándose con urgencia creciente. Ana sintió el bulto endureciéndose en los jeans de él, presionando contra su cadera. Esto es lo que necesitaba después de una semana de pendejadas en la oficina, pensó, mientras sus dedos se colaban por debajo de la camisa de Javier, palpando los abdominales firmes, calientes al tacto. Él deslizó una mano por su falda, rozando el encaje de sus panties, y ella jadeó contra su boca. El sonido de la telenovela seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención; El Color de la Pasión Capítulo 109 había encendido su propia llama.

Se levantaron del sillón como si un imán los jalara, tropezando un poco con la mesita de centro. Javier la cargó sin esfuerzo, sus bíceps tensándose bajo sus palmas, y la llevó al cuarto. El colchón king size los recibió con un crujido suave, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su espalda ardiente. Ana se quitó la blusa con un movimiento fluido, revelando sus senos plenos, los pezones ya duros como piedritas rosadas. "Ven, chulo, no te quedes ahí viendo como pendejo", le dijo con una risa juguetona, usando ese tono mandón que sabía lo volvía loco.

Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Ana la miró con hambre, lamiéndose los labios. Javier se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación. "Hueles a puro vicio, mamacita", susurró, y su lengua trazó un camino lento hasta su concha húmeda. Ella arqueó la espalda, gimiendo cuando la punta rozó su clítoris hinchado. El placer era eléctrico, oleadas que subían por su espina dorsal, mezcladas con el sabor salado que él chupaba con devoción.

¡No mames, qué bien lame este wey! Cada roce me hace temblar...
Ana enredó los dedos en su cabello negro, guiándolo más profundo. Javier succionaba y lamía con maestría, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba justo en ese punto que la hacía ver estrellas. Sus jugos chorreaban, empapando las sábanas, y el sonido chapoteante se unía a sus jadeos. El cuarto olía a sexo crudo, a sudor fresco y deseo desatado. Ella se mecía contra su boca, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el horizonte.

Pero Javier no la dejó volar todavía. Se incorporó, besándola para que probara su propio sabor dulce y salado en su lengua. "Quiero sentirte alrededor de mi verga, Ana. Dime que sí, carnala". Ella asintió, ojos brillantes de lujuria. "Sí, métemela ya, no aguanto más". Él se colocó en su entrada, frotando la cabeza bulbosa contra sus labios hinchados, lubricándolos con sus fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, llenándola hasta el fondo. Es tan grueso, tan perfecto...

Empezaron a moverse en ritmo sincronizado, él embistiendo profundo, ella clavando las uñas en su espalda, dejando surcos rojos. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con gemidos en mexicano puro: "¡Más duro, pendejo! &¡Así, cabrón!". Javier aceleró, sus bolas golpeando su culo con cada estocada, el sudor goteando de su frente al valle de sus senos. Ana lo rodeó con las piernas, atrayéndolo más, sintiendo el roce de su pubis contra su clítoris. El placer subía en espiral, tensión en cada músculo, hasta que explotó.

Ella llegó primero, un grito ahogado rompiendo el aire, su concha contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. Javier la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que se derramaban dentro. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El corazón de él latía contra su pecho como un tambor, y Ana inhaló su olor post-sexo: salado, terroso, adictivo.

Minutos después, Javier rodó a un lado, atrayéndola a su pecho. Ella trazó círculos perezosos en su piel húmeda, sintiendo la paz que viene después del fuego. "¿Viste? El Color de la Pasión Capítulo 109 nos dio la mejor idea", bromeó él, besándole la sien. Ana rio bajito, el sonido vibrando en su pecho compartido.

Esto no es solo sexo; es conexión, es nosotros, sin dramas ni promesas rotas. Pero joder, qué bien se siente.

Se quedaron así, envueltos en las sábanas revueltas, con la ciudad nocturna zumbando afuera. El deseo había sido saciado, pero el eco de la pasión perduraba, un color vivo en su piel, en sus memorias. Mañana sería otro día, pero esta noche, eran dueños del fuego.

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