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Que Es Pasion En Tu Piel

6435 palabras

Que Es Pasion En Tu Piel

Ana caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su piel morena brillara como miel fresca. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a sus curvas por el calor húmedo del aire, y cada paso hacía que sus caderas se mecieran con esa gracia natural que volvía locos a los galanes del pueblo. Hacía meses que no sentía nada, solo rutina en su trabajo de diseñadora en la capital, pero esa noche, en la plaza principal, algo cambió.

Ahí estaba él, Javier, recargado en una fuente con una cerveza en la mano, su camisa blanca abierta hasta el pecho mostrando un tatuaje de águila que parecía vivo bajo la luz de las farolas. Era alto, con ojos cafés profundos y una sonrisa pícara que gritaba problemas. Ana lo vio y sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando en su vientre. ¿Qué carajos? pensó, mientras se acercaba al puesto de elotes para disimular.

¿Qué es pasión? ¿Es esto que me sube por las piernas como fuego lento?

Javier la miró de reojo, y sin pensarlo dos veces, se acercó. —Órale, preciosa, ¿vienes a la fiesta en la casa de los Martínez? Ahí va a haber buena música y tequila del bueno. Su voz era ronca, con ese acento guanajuatense que sonaba como caricias. Ana sonrió, neta que sí quería ir, aunque no conocía a nadie. —Va, wey, pero no me dejes sola eh.

La fiesta estaba en una casona colonial con patio lleno de luces colgantes y mesas cargadas de guacamole, tacos al pastor y botanas. La banda tocaba sones jarochos mezclados con cumbia rebajada, y el aire olía a humo de carbón y jazmín de los maceteros. Bailaron toda la noche, sus cuerpos rozándose al ritmo, el sudor mezclándose en sus pieles. Javier la tomaba de la cintura, fuerte pero suave, y Ana sentía su aliento caliente en el cuello, oliendo a tequila y menta. Cada giro, cada mirada, era una promesa de más.

Cuando la luna ya estaba alta, él la llevó a un rincón del jardín, bajo un sauce llorón. —No sé qué tienes, pero me tienes bien clavado, murmuró, y la besó. Sus labios eran firmes, sabían a sal y limón, y su lengua exploró la de ella con hambre contenida. Ana jadeó, sus manos subiendo por su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la camisa. El mundo se redujo a ese beso: el sonido de sus respiraciones agitadas, el roce de sus pechos contra el torso de él, el aroma de su colonia mezclada con el sudor fresco.

—Ven conmigo, le dijo él, tomándola de la mano. Caminaron hasta su departamento a unas cuadras, un lugar chulo con balcón y vista a la catedral iluminada. Apenas cerraron la puerta, Javier la empujó contra la pared, besándola con urgencia. Ana respondió con la misma fiebre, mordisqueando su labio inferior, saboreando el leve sabor metálico de la sangre. —Quítate eso, ordenó ella, jalando su camisa. Él obedeció, riendo bajito. —Eres mandona, ¿eh? Me gusta.

En el cuarto, la cama king size con sábanas de lino crujiente los esperaba. Javier la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el hombro, el valle entre sus senos, el ombligo. Ana temblaba, el aire fresco de la noche erizando sus pezones duros como piedras. —Dios, qué rica estás, gruñó él, lamiendo su clavícula, inhalando el olor almizclado de su excitación que ya empapaba sus bragas. Ella lo empujó a la cama, montándose a horcajadas, frotando su entrepierna contra la erección que tensaba sus jeans.

Esto es pasión, neta. No es solo deseo, es como si mi cuerpo gritara por el suyo, como si nos conociéramos de toda la vida.

Le desabrochó el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante al aire. La tomó en su mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada, el pulso acelerado como un tambor. Javier gimió, —Cárgate, mami, y ella lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, oliendo su masculinidad cruda. Él la volteó, quitándole las bragas de un jalón, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua era mágica, lamiendo su clítoris hinchado, chupando sus labios mayores jugosos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en su punto G. Ana arqueó la espalda, gritando —¡Sí, cabrón, así! El sonido de sus fluidos chapoteando, el jadeo ronco de él, el olor a sexo inconfundible llenando la habitación.

La tensión crecía como una tormenta. Javier la penetró despacio al principio, su verga abriéndose paso en su coño apretado y húmedo, centímetro a centímetro. Ana sintió cada vena rozando sus paredes internas, el estiramiento delicioso que la hacía gemir. —Estás tan chingona adentro, murmuró él, embistiéndola más profundo. Ella clavó las uñas en su culo firme, urgiéndolo a ir más rápido. Sus caderas chocaban con palmadas húmedas, piel contra piel resbalosa de sudor. El colchón crujía rítmicamente, las luces de la calle proyectando sombras danzantes en sus cuerpos entrelazados.

Él la volteó a cuatro patas, agarrándola de las caderas, follando con fuerza animal pero controlada. Ana empujaba hacia atrás, sintiendo sus bolas peludas golpear su clítoris, el placer acumulándose como una ola gigante. —Me vengo, Javier, ¡me vengo! gritó, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de su polla, chorros de squirt mojando las sábanas. Él no paró, gruñendo como bestia, hasta que explotó dentro de ella, su semen caliente llenándola, goteando por sus muslos.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas unidas. Javier la besó en la frente, —Qué es pasión si no esto, ¿verdad? Ana rio bajito, acariciando su pecho sudoroso, oliendo su mezcla de fluidos y esfuerzo. El corazón le latía aún desbocado, el cuerpo lánguido pero satisfecho, como después de una siesta perfecta bajo el sol.

Pasión es el fuego que quema pero no destruye, es el alma tocando la del otro en la oscuridad.

Se quedaron así hasta el amanecer, hablando de tonterías, planeando el siguiente encuentro. Ana se fue con el sol saliendo, las piernas flojas y una sonrisa tonta. En la calle, el aroma a pan recién horneado se mezclaba con el recuerdo de él en su piel. Neta, pensó, ahora sí sé qué es pasión.

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