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Cañaveral de Pasiones Capítulo 82 Fuego entre las Cañas

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 82 Fuego entre las Cañas

El sol se hundía en el horizonte como una bola de fuego, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se filtraban entre las altas pencas del cañaveral. Juana caminaba despacio por el sendero angosto, el aire cargado con el dulce aroma de la caña madura, mezclado con la tierra húmeda después de la lluvia de la tarde. Sus sandalias se hundían ligeramente en el barro suave, y cada paso hacía crujir las hojas secas bajo sus pies. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se pegaba a su piel sudada, delineando sus curvas generosas. Hacía días que no veía a Miguel, y el deseo le ardía en el pecho como una brasa viva.

¿Y si hoy es el día?, se preguntaba, mientras el viento jugaba con su cabello negro y largo. Recordaba las noches pasadas, sus manos callosas explorando su cuerpo, el sabor salado de su piel. En el pueblo todos hablaban del Cañaveral de Pasiones, esa novela que pasaba en la tele del tiendito, y justo en el capítulo 82, los amantes se reencontraban en un lugar como este, con pasiones contenidas que estallaban como tormenta. Juana sonrió para sí. Su propia historia no era tan dramática, pero el fuego era el mismo.

De pronto, un ruido entre las cañas la hizo detenerse. El corazón le latió fuerte, un tambor en el pecho. Emergió Miguel, alto y moreno, con la camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro en su torso musculoso por el trabajo en el campo. Sus ojos cafés brillaban con esa hambre que ella conocía tan bien.

Mi reina —murmuró él, acercándose con pasos firmes—. Te extrañé tanto, pinche morra, que no aguanté más.

Juana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, el calor de su mirada quemándola. Se lanzaron uno al otro sin palabras, los labios chocando en un beso feroz. Saboreó su boca, a tabaco y café fresco, mientras sus lenguas danzaban con urgencia. Las manos de Miguel se posaron en su cintura, atrayéndola contra su dureza creciente. Ella gimió bajito, el sonido perdido en el susurro del viento entre las cañas.

Esto es lo que necesitaba, su fuerza, su olor a hombre de campo, terroso y varonil.

Se apartaron un segundo para respirar, jadeantes. El cañaveral los rodeaba como un muro vivo, protegiéndolos del mundo. Miguel la tomó de la mano y la guió más adentro, donde las cañas eran tan altas que el cielo parecía lejano. Se detuvieron en un claro natural, donde la luna empezaba a asomarse, plateando las hojas.

—Aquí nadie nos ve, carnal —dijo él, su voz ronca—. Solo tú y yo, como en esas novelas que tanto te gustan.

Juana rio suave, pero el deseo la traicionaba. Le quitó la camisa con dedos temblorosos, acariciando su pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo su palma. Olía a sudor limpio, a esfuerzo del día, y eso la volvía loca. Él desató el lazo de su vestido, dejándolo caer al suelo. Quedó en bra y tanga, la piel erizada por el aire fresco de la noche.

Acto primero: el reencuentro. Sus cuerpos se presionaron, piel contra piel. Miguel besó su cuello, mordisqueando suave, haciendo que ella arqueara la espalda. Sus manos bajaron a sus nalgas, amasándolas con posesión tierna. Juana metió la mano en sus pantalones, encontrando su verga dura como caña, palpitante. La acarició despacio, sintiendo el calor, la vena gruesa bajo sus dedos.

Qué rica estás, Juana —gruñó él, bajando la boca a sus pechos. Chupó un pezón endurecido, lamiéndolo con la lengua áspera, mientras pellizcaba el otro. Ella jadeó, el placer subiendo como oleada desde el vientre. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, se mezclaba con el croar de las ranas lejanas y el roce de las cañas.

Se tumbaron sobre una capa de hojas secas, suaves como colchón improvisado. Miguel se arrodilló entre sus piernas, besando su ombligo, bajando más. Le quitó la tanga con los dientes, oliendo su aroma almizclado de excitación. Juana separó los muslos, invitándolo.

Dámelo, Miguel, no me hagas rogar —suplicó ella, la voz entrecortada.

Él sonrió pícaro, esa sonrisa de chulo veracruzano que la desarmaba. Su lengua encontró su clítoris, lamiendo lento al principio, círculos suaves que la hicieron retorcerse. Saboreó sus jugos, dulces y salados, chupando con hambre. Juana agarró su cabeza, clavando uñas en su cabello, gimiendo alto. El placer crecía, punzante, como fuego líquido en sus venas. Pinche cabrón, sabe cómo volverme loca, pensó, mientras sus caderas se movían solas contra su boca.

La tensión subía, gradual, implacable. Miguel metió dos dedos en su panocha húmeda, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella gritó su nombre, el orgasmo acercándose como tormenta. Pero él se detuvo, travieso.

—Aún no, mi vida. Quiero sentirte completa.

Se quitó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de pre-semen. Juana la tomó, masturbándolo firme, viendo cómo él cerraba los ojos de placer. Se puso encima, guiándolo a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. Qué chingón se siente, pensó, el ardor convirtiéndose en éxtasis.

Comenzaron a moverse, ella cabalgándolo con ritmo creciente. Sus pechos rebotaban, él los atrapaba, chupando. El sonido de carne contra carne, chapoteante por sus jugos, llenaba el aire. Sudor les corría por la piel, mezclándose, salado al besarse. Miguel la volteó, poniéndola de rodillas, penetrándola desde atrás. Agarró sus caderas, embistiendo profundo, el golpe de sus huevos contra su clítoris enviando chispas.

Sí, así, más fuerte, rómpeme con tu verga, amor.

La noche los envolvía, el aroma de sexo pesado como niebla, el cañaveral testigo silencioso de su frenesí. Juana sentía cada vena de él frotando sus paredes internas, el placer acumulándose en espiral. Él aceleró, gruñendo como animal, sus manos apretando sus nalgas.

—Me vengo, puta madre, ¡agárrate! —rugió.

El orgasmo la golpeó primero, violento, contracciones que lo ordeñaban. Gritó, temblando, lágrimas de placer en los ojos. Él se vació dentro, chorros calientes llenándola, colapsando sobre su espalda. Permanecieron así, unidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

Se separaron suave, él saliendo con un chorrito de semen que corrió por su muslo. Se acostaron de lado, abrazados, el corazón de él latiendo contra su pecho. La luna los bañaba en plata, el cañaveral susurrando aprobación.

—Te amo, Juana. Esto es nuestro cañaveral de pasiones, capítulo 82 y todos los que vengan —dijo él, besando su frente.

Ella sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho. El afterglow era dulce, como miel de caña. Mañana volverían al trabajo, a las miradas del pueblo, pero esta noche eran libres, completos. El deseo se aquietaba, pero sabía que renacería pronto, como la caña después de la sequía.

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