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Pasión Prohibida Capítulo 16

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Pasión Prohibida Capítulo 16

La noche en la Ciudad de México se sentía como un manto caliente y pegajoso, con ese olor a tierra mojada mezclado con el humo de los taquitos de la esquina. Yo, Valeria, había esperado este momento por semanas. Rodrigo, mi cuñado, el carnal de mi esposo que andaba de viaje por negocios en Guadalajara. Neta, cada vez que lo veía en las reuniones familiares, sentía ese cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo supiera lo que mi mente intentaba negar. Esta era nuestra pasión prohibida capítulo 16, el secreto que nos unía en la oscuridad de mi departamento en Polanco, lejos de ojos chismosos.

Entró por la puerta trasera, con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, y el aroma de su colonia, esa que huele a madera y especias, invadió el aire. "Órale, Val, ¿me extrañaste?", murmuró mientras cerraba la puerta con un clic suave. Su voz grave resonó en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa de encaje.

Me acerqué, mis tacones repiqueteando en el piso de madera. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de esa tensión que habíamos acumulado desde la última vez, en el baño de la casa de mis suegros durante la boda de mi prima. "Sí, pendejo, ¿y tú?", respondí juguetona, rozando mi mano en su brazo. La piel de Rodrigo era cálida, áspera por el vello fino, y ese toque envió una corriente eléctrica directo a mi entrepierna. Sentí cómo mi panocha se humedecía, ansiosa por él.

Nos besamos con hambre, como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios eran firmes, con sabor a menta y a deseo reprimido. Me apretó contra la pared del pasillo, su erección dura presionando mi vientre.

"Chíngame ya, Rodri, no aguanto más", pensé, mientras mi lengua danzaba con la suya, saboreando su saliva cálida.
Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza posesiva, pero siempre preguntando con la mirada si era lo que quería. Asentí, gimiendo bajito, porque todo entre nosotros era puro acuerdo, puro fuego mutuo.

Acto uno: la chispa. Lo llevé a la sala, iluminada solo por las luces de la ciudad que se colaban por las cortinas. El sofá de terciopelo nos recibió como un nido. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho. Desabotoné su camisa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Olía a sudor limpio, a hombre que ha caminado bajo el sol mexicano. "Eres una diosa, Val", susurró, sus dedos enredándose en mi cabello negro largo. Yo reí suave, chida por sus palabras, y lamí su cuello, probando la sal de su piel.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Mis caderas se movían solas, frotándome contra su verga tiesa que asomaba por los jeans. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris. "Desnúdate para mí", pidió, y yo obedecí, quitándome la blusa con un movimiento fluido. Mis tetas saltaron libres, pezones oscuros y erectos, rogando su atención. Rodrigo las tomó en sus manos grandes, masajeándolas, pellizcando justo lo suficiente para que doliera rico. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mezclado con el lejano tráfico de Reforma.

Acto dos: la escalada. Bajé al piso, de rodillas, con la alfombra suave bajo mis piernas. Desabroché su cinturón, el metal tintineando como música prohibida. Su verga salió libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. ¡Qué chingón! La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La olí, ese aroma almizclado de macho excitado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada. Rodrigo jadeó, "¡Ay, wey, qué rico!", echando la cabeza atrás.

Lo chupé despacio al principio, mis labios estirándose alrededor de él, lengua girando en círculos. Escuchaba sus gemidos roncos, sentía sus caderas empujando suave, siempre chequeando con un "¿Está bien, amor?". Sí, todo estaba cañón. Aceleré, mamándolo profundo, hasta que toqué mi garganta, saliva corriendo por mi barbilla. Él me miró con ojos en llamas, "Eres la mejor, Val, neta". Ese piropo me encendió más; metí una mano en mi tanga, frotando mi clítoris hinchado, mojada como nunca.

Me levantó como si no pesara, cargándome al cuarto. La cama king size crujió bajo nuestro peso. Me tendió boca arriba, besando mi cuerpo entero: cuello, tetas, ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus. El aire olía a nuestra excitación, a jugos y sudor. Separó mis muslos, admirando mi panocha depilada, labios hinchados y brillantes. "Estás chorreando por mí", dijo, y sopló suave, haciendo que arqueara la espalda. Su lengua entró en juego, lamiendo largo, probando mi miel dulce y salada. Gemí fuerte, "¡Sí, así, cabrón!", mis manos en su pelo, guiándolo.

La intensidad subía. Me comió el clítoris con maestría, succionando, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Sentía las paredes de mi vagina contrayéndose, el orgasmo building como un volcán.

"No pares, Rodri, me vengo..."
Exploté en su boca, jugos salpicando, cuerpo temblando, visión borrosa por el placer. Él lamió todo, sonriendo triunfante.

Pero no paró. Se puso de pie, quitándose el resto de la ropa. Su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym, brillaba de sudor. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí su verga rozando mi entrada, caliente, lista. "¿Quieres que te chupe?", preguntó, siempre el caballero prohibido. "¡Sí, métemela toda!", rogué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer me hizo gritar, "¡Ay, qué grande!".

Empezó a bombear, lento al inicio, cada embestida un choque de piel contra piel, slap slap slap resonando. Olía a sexo puro, a nosotros. Agarró mis caderas, acelerando, su saco golpeando mi clítoris. Yo empujaba hacia atrás, follándome a mí misma con él. "¡Más duro, pendejo!", exigí, y él obedeció, sudando sobre mi espalda. Sentía su corazón galopando contra mí, su aliento caliente en mi oreja, "Te amo así, Val, prohibida y mía".

Acto tres: la liberación. Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, mis uñas en su pecho. El placer subía en espiral, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó, "Me vengo, amor", y yo, "Adentro, lléname". Explotamos juntos, su semen caliente inundándome, mi segundo orgasmo sacudiéndome como terremoto. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en éxtasis.

Colapsamos, enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su olor me envolvía, protector. Besó mi frente, "Esto es nuestro capítulo perfecto". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. La pasión prohibida nos había consumido de nuevo, pero en el afterglow, solo quedaba paz. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena a nuestro secreto. Mañana volveríamos a las máscaras, pero esta noche, éramos libres.

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