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El Color de la Pasión Wikipedia

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El Color de la Pasión Wikipedia

Valeria se recostó en el sillón de su departamento en Guadalajara, con el ventilador zumbando perezosamente sobre su cabeza. El calor de la tarde tapatía le pegaba como una cachetada húmeda, haciendo que su piel brillara con un sutil sudor. Abrió su laptop, buscando algo que la sacara del hastío del día. ¿Qué veré hoy? pensó, tecleando sin rumbo. De pronto, sus dedos volaron sobre "el color de la pasión wikipedia". La página cargó: una telenovela mexicana llena de amores prohibidos, venganzas ardientes y pasiones que estallaban como fuegos artificiales en la plaza de la Liberación.

Leía embobada.

El color de la pasión, esa fuerza roja y vibrante que consume todo a su paso
, decía la entrada. Imaginó las escenas: cuerpos entrelazados bajo las sábanas de lino crudo, labios devorándose con hambre de años reprimidos. Su cuerpo reaccionó al instante. Un cosquilleo subió por sus muslos, asentándose entre sus piernas como una promesa caliente. Chin, ya me puse caliente con esto, se dijo, mordiéndose el labio. Llamó a Diego, su amante de toda la vida, ese pendejo guapo que siempre sabía cómo encenderla.

—Órale, güey, ven pa'cá ya. Tengo ganas de ti —le soltó al teléfono, su voz ronca de anticipación.

Ya voy, mi reina, contestó él, con esa risa grave que le erizaba la piel.

Media hora después, la puerta se abrió con un clic. Diego entró, alto y moreno, con la camisa ajustada marcando sus pectorales sudados por el trayecto en moto. Olía a colonia barata mezclada con el humo de la ciudad, un aroma que a Valeria le volvía loca. Se miraron un segundo eterno, el aire cargado de electricidad estática.

—Vi el color de la pasión en Wikipedia —murmuró ella, levantándose despacio, su short de algodón pegándose a sus curvas—. Es como nosotros, ¿no? Pura pasión desbocada.

Él sonrió pillo, acercándose. Sus manos grandes la tomaron por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. —Entonces, déjame pintarte de ese color, carnala.

El beso empezó suave, labios rozándose como pétalos de bugambilia en la brisa. Pero pronto se volvió feroz. Lenguas danzando, saboreando el dulzor de su gloss de fresa y el leve toque salado de su sudor. Valeria sintió su verga endureciéndose contra su vientre, gruesa y palpitante bajo los jeans. ¡Ay, Dios, qué rica se siente! pensó, mientras sus uñas se clavaban en su espalda.

La llevó al cuarto, quitándole la blusa con urgencia. Sus tetas saltaron libres, pezones oscuros y erectos como chocolate amargo listo para ser lamido. Diego gruñó de placer, inclinándose para morderlos suavemente. El sonido de su chupeteo húmedo llenó la habitación, mezclado con los jadeos de ella. Olía a su piel morena, a vainilla de su crema corporal, y abajo, un aroma más íntimo, almizclado, de deseo puro.

Valeria lo empujó a la cama, king size con sábanas revueltas de la noche anterior. Se subió a horcajadas sobre él, frotando su panocha húmeda contra la protuberancia de sus pantalones. —Quítatelos, cabrón —ordenó, con voz juguetona pero firme.

Él obedeció, liberando su verga venosa, roja como el color de la pasión que habían leído. Ella la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía, "¡Qué chingona eres, Valeria!". Bajó la cabeza, lamiendo la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Su lengua giraba, succionando con hambre, mientras sus dedos jugaban con sus bolas pesadas.

Pero Diego no era de los que se quedaban pasivos. La volteó de un jalón, poniéndola de rodillas. Le bajó el short y las tanguitas de encaje, exponiendo su culo redondo y su coño depilado, brillando de jugos. —Mírate, toda mojada por mí —dijo, pasando un dedo por sus labios hinchados. Ella arqueó la espalda, gimiendo cuando él introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

Esto es el color de la pasión, joder, este fuego que me quema por dentro
, pensó Valeria, mientras él lamía su clítoris hinchado. Su lengua era mágica, rápida y precisa, chupando y vibrando contra ella. El sonido era obsceno: slurps húmedos, suspiros ahogados, el colchón crujiendo bajo sus rodillas. Olía a sexo, a su excitación almizclada mezclada con el perfume de él.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte de Chapala. Valeria sentía su orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el bajo vientre. —¡Métemela ya, Diego, no aguanto! —suplicó, volteándose para mirarlo a los ojos, esos ojos cafés intensos llenos de lujuria.

Él se posicionó, la punta de su verga rozando su entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. —¡Estás tan apretada, mi amor! —gruñó él, embistiéndola profundo. El slap-slap de piel contra piel resonó, rítmico como tambores de mariachi lejanos. Ella clavó las uñas en sus hombros, sintiendo cada vena de su polla frotando sus paredes internas.

Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, pezones rozando su pecho. Sudor corría por sus cuerpos, salado al besarse. Él la tomaba por las nalgas, guiándola, profundizando el ángulo. Siento su verga tan adentro, tocando mi alma, monologaba Valeria internamente, mientras el placer subía en oleadas.

La intensidad escaló. Diego la volteó a misionero, piernas de ella sobre sus hombros, penetrándola con fuerza salvaje pero consentida. —¡Sí, así, más duro! —gritaba ella, su clítoris frotándose contra su pubis. El olor a sexo impregnaba todo, espeso y embriagador. Sus pulsos latían al unísono, corazones retumbando como truenos.

El clímax llegó como avalancha. Valeria se tensó primero, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de él. —¡Me vengo, cabrón, ay! —chilló, olas de placer explotando desde su centro, haciendo que sus ojos se nublaran. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, su verga hinchándose al eyacular chorros calientes dentro de ella, llenándola de su esencia.

Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Él la besó la frente, suave ahora, mientras el ventilador secaba sus pieles. —Eso fue el color de la pasión, ¿verdad? —susurró, acariciando su cabello revuelto.

Valeria sonrió, satisfecha, con el cuerpo pesado de placer residual.

Como en Wikipedia, pero mejor, porque es nuestro
. Afuera, la ciudad bullía con vida, pero aquí, en su nido, solo existía la calma dulce del afterglow. Se acurrucaron, sabiendo que esta pasión renacería pronto, roja y eterna como el sol poniente sobre el horizonte mexicano.

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