Cómo Reavivar la Pasión en Mi Matrimonio
La rutina se había apoderado de todo. Javier y yo llevábamos diez años casados, con una casa bonita en las Lomas, dos chamacos ya grandecitos en la uni y un pinche trabajo que nos chingaba de lunes a viernes. Pero en la cama, nada. Hacía meses que no nos tocábamos más que para un beso rápido antes de dormir, como si fuéramos roommates en vez de esposos. Me sentía fea, gorda, invisible. Una noche, mientras él roncaba como tractor, saqué el celular y busqué como reavivar la pasion en mi matrimonio. Salieron un chingo de tips: sorpresas, lencería, juegos... Neta, algo se prendió en mí. "Órale, Ana, vas a ponerle pilas", me dije.
Al día siguiente, planeé todo. Mandé a los chamacos con mi suegra a Guadalajara por el fin de semana. Compré velas de vainilla en el súper, que olían a postre caliente, y un vestido rojo ceñido que me hacía ver curvas donde antes solo veía panza. En la farmacia, agarré lubricante con sabor a fresa, porque ¿por qué no? Llegó Javier del trabajo, cansado, con la camisa sudada pegada al pecho ancho que tanto me gustaba antes. "Hola, mi amor", le dije con voz melosa, abrazándolo fuerte para que sintiera mis tetas contra él. Olía a sudor varonil mezclado con el colonia barata de la oficina. Me miró raro, pero sonrió. "¿Qué traes, reina? ¿Cena especial?"
Piensa, Ana, no te rajes. Haz que sienta que lo deseas como el primer día.
La mesa estaba puesta con tacos de arrachera que preparé con cilantro fresco y cebolla morada crujiente. El vapor subía caliente, llenando la cocina de ese olor ahumado que nos recordaba las carnitas de los domingos en familia. Nos sentamos, y yo le puse el pie en la entrepierna por debajo de la mesa, rozando suave. Se le subieron las cejas. "¡Ey, carnala! ¿Qué onda?" Reí bajito, mordiéndome el labio. "Quiero reavivar la pasión en nuestro matrimonio, Javier. ¿Te late?" Él dejó el tenedor, sus ojos oscuros clavados en mí. "Neta, mi vida? Porque yo también te extraño un chingo."
La tensión creció como tormenta. Terminamos de comer rápido, y lo jalé al sillón. Me senté en sus piernas a horcajadas, sintiendo su verga ya dura contra mi entrepierna. El vestido se subió solo, dejando ver mis muslos suaves. Lo besé con hambre, lengua adentro, saboreando la salsa picosa de sus labios. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando fuerte. Qué rico, pensé, mientras su aliento caliente me erizaba la piel. "Te ves chingona con ese vestido, Ana. Pinche diosa", murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave. Gemí bajito, el sonido saliendo ronco de mi garganta.
Lo desabotoné la camisa, lamiendo su pecho peludo, salado de sudor. Olía a hombre puro, a deseo acumulado. Sus pezones se endurecieron bajo mi lengua, y él gruñó, jalándome el pelo suave. "Vamos a la recámara, mi reina. No aguanto". Me cargó como novia, riendo yo como pendeja feliz. La cama king size nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio que compré esa mañana. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. "Mírate, tan rica. Tus chichis perfectas", dijo, chupando un pezón hasta que dolió rico. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
Esto es lo que necesitaba. Sentirlo vivo, queriéndome como loca.
Le bajé el pantalón, y su pito saltó libre, grueso y venoso, con la cabeza brillosa de precum. Lo tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. "Qué chulo está, mi viejo. Todo para mí". Él jadeó, ojos entrecerrados. "Chúpamelo, amor. Porfa". Me arrodillé entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas. Lo lamí desde la base, saboreando ese gusto salado-musgoso tan suyo. Lo metí hasta la garganta, gimiendo con vibración. Sus caderas se movían, follándome la boca suave. "¡Órale, Ana! Vas a hacer que me venga ya". Lo paré, sonriendo pícara. "Ni madres, carnal. Primero tú me vas a hacer gritar".
Me tumbó de espaldas, abriéndome las piernas como mariposa. Su barba raspaba mis muslos internos, enviando chispas al clítoris. Lamidas lentas, circulares, chupando mi jugo que ya chorreaba. Olía a mi propia excitación, dulce y agria. Metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en el punto G. "¡Ay, Javier! Así, no pares, wey". Mi voz salió aguda, caderas bailando contra su cara. El sonido de succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos y su resuello. El orgasmo me pegó como rayo, piernas temblando, visión borrosa. Grit é su nombre, arqueándome tanto que casi me doblo.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, poniéndome de perrito. Sentí la punta de su verga en mi entrada, resbalosa. "Dime si quieres, mi amor", susurró ronco al oído. "¡Sí, métemela toda! Fóllame duro". Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su pubis contra mis nalgas. Empezó a bombear, lento luego rápido, piel chocando con palmadas sonoras. Sudor nos pegaba, resbaloso. Agarró mis tetas colgantes, pellizcando pezones. "Eres mía, Ana. Tan apretada, tan mojada para mí". Yo empujaba hacia atrás, queriendo más profundo. Esto es pasión reavivada, pinche éxtasis.
Diez años y sigue sintiéndose como la primera vez, pero mejor, con todo este amor acumulado.
Cambié de posición, montándolo yo. Sus manos en mis caderas, guiándome. Rebotaba fuerte, mis chichis saltando, su verga golpeando hondo. El lubricante de fresa hacía todo más suave, resbaloso. Lo besé, mordiendo su labio inferior. "Córrete conmigo, Javier. Lléname". Aceleró embestidas desde abajo, gruñendo como animal. Sentí las contracciones venir, mi coño apretándolo. "¡Me vengo, reina! ¡Ahhh!". Su leche caliente me inundó, disparo tras disparo, mientras yo explotaba otra vez, uñas en su pecho, grito ahogado.
Caímos exhaustos, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido en el muslo. Lo besé suave, oliendo nuestro sexo mezclado con vainilla. "Gracias por esto, mi vida. No sé qué te picó, pero neta, reavivaste todo". Reí bajito, acurrucándome en su pecho húmedo. "Busqué como reavivar la pasion en mi matrimonio, y mira nomás. Funcionó chido". Él me apretó fuerte. "Hagámoslo costumbre, ¿va? Cada fin de semana, algo nuevo".
Nos quedamos así horas, hablando de pendejadas, planeando viajes a la playa, más noches locas. La pasión no se había ido; solo dormía, esperando que yo la despertara. Ahora, con su mano acariciándome la espalda, supe que nuestro matrimonio volvía a arder. Y yo, con el cuerpo adolorido rico, sonreí en la oscuridad. Mañana, más.