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El Color de la Pasion Capitulo 110

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El Color de la Pasion Capitulo 110

La noche en la hacienda de las afueras de Guadalajara caía como un manto de terciopelo negro, perfumado con el dulce aroma de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Amalia caminaba descalza por el patio empedrado, sintiendo la frescura de las piedras bajo sus pies, mientras el viento juguetón le rozaba las piernas desnudas bajo el ligero vestido de algodón blanco. Hacía semanas que no veía a Rodrigo, su amor prohibido, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. La familia, siempre con sus chismes y tradiciones, había intentado separarlos, pero esta noche el color de la pasion capitulo 110 de su historia personal estaba a punto de escribirse con fuego en las venas.

Él llegó en su camioneta vieja pero chida, con el motor rugiendo como un tigre en celo. Bajó de un salto, su camisa guayabera abierta hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Amalia tanto ansiaba acariciar. Sus ojos, negros como el obsidiana, la buscaron de inmediato en la penumbra.

¿Cómo carajos he vivido sin esto?, pensó ella, el corazón latiéndole como tambor de mariachi.
Rodrigo se acercó con pasos firmes, el olor a tierra mojada y a su colonia barata pero irresistible envolviéndola como un abrazo invisible.

Mamacita, murmuró él, su voz ronca por el deseo contenido, tomándola por la cintura. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en el rancho, se posaron en su piel ardiente, enviando chispas por todo su cuerpo.

Amalia se mordió el labio, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela fina. —Pinche Rodrigo, me tienes loca, respondió ella en un susurro, su acento tapatío cargado de miel y picardía. Se fundieron en un beso que sabía a tequila reposado y a promesas rotas, lenguas danzando con urgencia, explorando bocas húmedas y cálidas. El mundo se redujo a ese instante: el roce áspero de su barba incipiente en su mejilla suave, el latido acelerado de sus pechos contra el torso musculoso de él.

La llevaron adentro, a la recámara principal con su cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. Rodrigo la recostó con gentileza, pero sus ojos brillaban con hambre. Amalia lo miró desde abajo, admirando cómo la luz de las velas bailaba en sus abdominales marcados, en el bulto creciente de sus jeans ajustados.

Este pendejo es mío esta noche, todo mío
, se dijo, extendiendo las manos para desabrocharle el cinturón con dedos temblorosos de anticipación.

Él se quitó la camisa de un tirón, revelando un pecho ancho salpicado de pecas por el sol mexicano. Se inclinó sobre ella, besando su cuello con labios suaves que descendían como lluvia caliente. Amalia arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando su boca alcanzó el hueco entre sus senos. El vestido se deslizó hacia arriba, exponiendo sus muslos carnosos y la tanga de encaje negro que apenas contenía su humedad creciente. Rodrigo inhaló profundo, embriagado por el aroma almizclado de su excitación, mezclado con el jazmín de su perfume.

Te huelo deliciosa, mi reina, gruñó él, deslizando una mano por su muslo interior, rozando la tela húmeda. Amalia jadeó, sus caderas elevándose instintivamente hacia su toque. Él jugó con ella, trazando círculos lentos con los dedos sobre la tela, sintiendo cómo su concha palpitaba de necesidad. Ella lo miró, los ojos vidriosos: —¡No me tortures, cabrón! Tócalo ya.

Con una sonrisa lobuna, Rodrigo apartó la tanga y hundió dos dedos en su calor resbaladizo. Amalia gritó de placer, el sonido ecoando en la habitación como un eco de pasión contenida. Sus paredes internas lo apretaron, succionándolo, mientras él bombeaba despacio, curvando los dedos para rozar ese punto que la volvía loca. El jugo de ella corría por su mano, goteando en las sábanas, y el sonido húmedo de sus movimientos llenaba el aire, mezclado con sus gemidos ahogados.

Pero no era suficiente. Amalia lo empujó hacia atrás, montándose a horcajadas sobre él con la gracia de una amazona. Le desabrochó los jeans, liberando su verga dura como hierro, venosa y gruesa, coronada por un glande brillante de precúm. La tomó en su mano, sintiendo su pulso furioso contra la palma, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la sal salada de su piel. Rodrigo maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, qué chida boca tienes!, sus caderas empujando hacia arriba.

Ella lo chupó con devoción, succionando fuerte, la lengua girando alrededor del frenillo mientras sus manos masajeaban sus bolas pesadas. El olor a macho puro la mareaba, el sabor a deseo crudo la hacía salivar más. Rodrigo la miró, embelesado por la vista de sus labios estirados alrededor de su grosor, sus tetas rebotando con cada movimiento de cabeza.

Ya no aguantaban más. Amalia se posicionó sobre él, frotando la cabeza de su verga contra su entrada empapada, lubricándola. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo ante la plenitud que la llenaba.

Dios mío, qué chingón se siente esto, como si me partiera en dos pero en el mejor sentido
. Rodrigo gruñó, sus manos aferrándose a sus caderas redondas, guiándola en un ritmo pausado al principio.

El vaivén se aceleró, sus cuerpos chocando con palmadas húmedas que resonaban como aplausos obscenos. Amalia cabalgaba como poseída, sus uñas clavándose en su pecho, dejando surcos rojos que él adoraba. Sudor perlaba sus pieles, mezclándose en el valle de sus sexos unidos. Él se incorporó, capturando un pezón rosado en su boca, mordisqueándolo suave mientras sus caderas embestían desde abajo, golpeando profundo.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte, nubes negras de placer acumulándose. Amalia sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en su vientre que se expandía con cada roce de su clítoris contra el pubis de él. —¡Más duro, mi amor, hazme venir! —suplicó ella, su voz quebrada. Rodrigo obedeció, volteándola de golpe para ponerla a cuatro patas, admirando su culo perfecto mientras la penetraba de nuevo, profundo y salvaje.

Sus embestidas eran feroces ahora, el sonido de carne contra carne ahogando sus jadeos. Él le azotó una nalga juguetón, el escozor delicioso enviándola al borde. Amalia se tocó el clítoris, frotando furiosamente, y explotó en un orgasmo que la sacudió entera. Sus paredes se contrajeron como un puño alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras gritaba su nombre al techo. El placer la cegó, olas y olas de éxtasis puro recorriéndola, su jugo chorreando por los muslos de ambos.

Rodrigo no tardó, su gruñido animal anunciando la liberación. Se hundió una última vez, eyaculando chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, exhaustos, sus cuerpos pegajosos de sudor y fluidos compartidos. Él la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo, mientras sus respiraciones se calmaban en sincronía.

En el afterglow, Amalia giró para mirarlo, sus ojos suaves ahora.

Esto es el verdadero color de la pasión, capítulo 110 de nuestra vida loca
, pensó, trazando círculos en su pecho con un dedo. —Te amo, pendejo, murmuró ella, y él rio bajito, respondiendo con otro beso lento, saboreando el remanente de sus placeres.

La noche los envolvió en paz, el aroma de sus cuerpos entrelazados mezclándose con el de las flores del jardín. Mañana vendrían los dramas familiares, las miradas acusadoras, pero esta noche, en su hacienda, eran reyes de su propio color de la pasión.

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