Pasion de Gavilanes Capitulo 26 Fuego Prohibido
La noche en la hacienda Elizondo olía a tierra mojada por la lluvia reciente y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Sarita caminaba de un lado a otro en el porche, con el corazón latiéndole como tambor en las fiestas patronales. Franco Reyes acababa de llegar, su camioneta vieja pero chingona levantando polvo en el camino. ¿Qué wey hace aquí tan tarde? pensó ella, pero su cuerpo ya traicionaba esa duda con un calor que subía desde el estómago hasta las mejillas.
Él bajó de un brinco, con esa camisa ajustada que marcaba sus músculos forjados en el campo, el sudor brillando en su cuello moreno. "Sarita, nena, no pude aguantar más. Vine por ti", dijo con voz ronca, como si las palabras le salieran del alma. Ella lo miró fijo, recordando todas las broncas entre sus familias, pero esa noche, en su cabeza solo daba vueltas Pasion de Gavilanes capitulo 26, esa escena que había visto en la tele donde el deseo ganaba a todo.
Si ellos pueden, ¿por qué no nosotros?se dijo, y dio un paso adelante.
Franco la tomó de la cintura, sus manos callosas rozando la tela ligera de su blusa. El toque fue eléctrico, como un rayo en la sierra. Sarita sintió el olor a hombre en él, a tabaco y tierra, mezclado con algo salvaje que la hacía mojar las chancletas. "Estás loca si crees que te vas a ir sin que te bese", murmuró él, y sus labios cayeron sobre los de ella como lluvia torrencial. El beso empezó suave, lenguas tanteando, pero pronto se volvió hambriento. Ella probó el sabor salado de su boca, el dulzor de la cerveza que había tomado antes, y un gemido se le escapó, vibrando contra su pecho duro.
La llevó adentro, al cuarto principal, donde la cama king size con sábanas de algodón egipcio los esperaba como un altar. Sarita lo empujó contra la puerta, queriendo devorarlo. Qué chulo está este pendejo, pensó mientras le desabotonaba la camisa, revelando el pecho velludo y marcado por cicatrices de trabajos duros. Él no se quedó atrás; sus dedos ágiles bajaron el cierre de su falda, dejando al aire sus muslos suaves y las curvas que lo volvían loco. "Mírate, Sarita, con ese culazo que me tiene bien puesto", gruñó, y ella rio bajito, excitada por sus palabras crudas, tan mexicanas, tan de rancho.
Se tumbaron en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Franco besó su cuello, chupando la piel hasta dejar marcas rojas como besos de fuego. Sarita arqueó la espalda, sintiendo cada roce como una caricia de pluma ardiente. El aire se llenó del aroma de sus cuerpos, sudor mezclado con perfume de vainilla que ella usaba. Sus manos exploraron: él amasó sus tetas grandes y firmes, pellizcando los pezones oscuros hasta que dolieron de placer. Ella bajó la mano a su entrepierna, sintiendo la verga tiesa como fierro bajo el pantalón.
¡Ay, cabrón, qué grande la traes!pensó, y la liberó con urgencia, acariciándola de arriba abajo, sintiendo las venas pulsantes y la humedad en la punta.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Sarita se puso encima, montándolo como jinete en rodeo. Él la miró con ojos negros de deseo, las pupilas dilatadas. "Te quiero dentro, Franco, neta que no aguanto", jadeó ella, guiando su verga hacia su panocha empapada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido de sus cuerpos uniéndose fue húmedo, obsceno, como chapoteo en charco. Sarita empezó a moverse, arriba y abajo, sintiendo cómo la llenaba por completo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas.
Pero no era solo físico; en su mente bullían recuerdos. Las miradas robadas en las fiestas, las peleas familiares que los separaban, el miedo a lo que dirían. ¿Y si nos cachan? ¿Y si esto es solo un rato? Pero Franco la abrazó fuerte, sus caderas embistiendo desde abajo con ritmo perfecto. "Eres mía, Sarita, de aquí pa'l siempre, no me importa un carajo lo que digan esos weyes", le dijo al oído, y esas palabras la derritieron más que cualquier caricia. El sudor corría por sus espaldas, goteando entre sus pechos. Ella clavó las uñas en sus hombros, dejando surcos rojos, mientras el placer subía en olas.
Él la volteó sin aviso, poniéndola a cuatro patas. El espejo del clóset reflejaba la escena: su culo redondo alzado, él detrás como toro bravo. Franco escupió en su mano y lubricó su ano juguetón, pero ella lo detuvo. "No, carnal, por aquí no todavía. Chingame la panocha rico". Él obedeció, penetrándola de nuevo con fuerza, sus bolas golpeando contra su clítoris hinchado. Cada embestida era un trueno: ¡pum, pum, pum! Sarita gritaba, la voz ronca, "¡Más duro, pendejo, así, no pares!". El cuarto se llenó de sus jadeos, del crujir de la cama, del olor almizclado del sexo puro.
La intensidad escaló. Franco metió una mano entre sus piernas, frotando el botón de placer con pericia de quien sabe lo que hace. Sarita sintió el orgasmo venir, como volcán a punto de estallar. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándola. "¡Me vengo, Franco, ay Diosito!", chilló, y el mundo explotó en colores. Él no tardó; con un rugido gutural, se vació dentro de ella, chorros calientes inundándola, su cuerpo temblando contra el de ella.
Cayeron exhaustos, enredados en sábanas revueltas. El silencio solo roto por sus respiraciones agitadas. Franco la besó en la frente, suave ahora, como padre con hija, pero con amor de amantes. "Eso fue chingón, Sarita. Como en esa novela que vimos, Pasion de Gavilanes capitulo 26, ¿te acuerdas? Donde se entregan todo". Ella sonrió, acurrucada en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón.
Esto no es novela, es nuestra vida, y qué padre que sea así de caliente, pensó.
La luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. Sarita trazó círculos en su piel con la uña, sintiendo la paz después de la tormenta. No había arrepentimientos, solo promesas mudas. Mañana vendrían los problemas, las familias, el mundo exterior, pero esa noche eran libres. Franco la apretó más, su mano en su nalga posesiva. "Duerme, mi reina. Mañana seguimos con más pasión". Ella cerró los ojos, el cuerpo laxo y satisfecho, sabiendo que esto era solo el principio de su fuego eterno.