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La Pasion Que Nos Une

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La Pasion Que Nos Une

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el jardín de la hacienda, donde la boda de mi carnala Lupe estaba en pleno apogeo. El aire olía a jazmines frescos y a carne asada chisporroteando en la parrillada, con risas y corridos rancheros retumbando desde los altavoces. Yo, Ana, vestida con un huipil ligero que se pegaba a mi piel sudada, tomaba un sorbo de tequila reposado cuando lo vi. Javier. Ese pendejo guapo que me había robado el corazón hace años y luego se lo llevó a otra ciudad por trabajo.

Sus ojos cafés se clavaron en los míos desde el otro lado del patio, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo recordara cada caricia suya. Él sonrió con esa picardía mexicana que me derretía, ajustándose la camisa guayabera que marcaba sus hombros anchos. Caminó hacia mí, zigzagueando entre tías bailando y primos borrachos, y el mundo se achicó a nosotros dos.

—Órale, Ana, ¿sigues tan rica como siempre? —dijo con voz ronca, acercándose tanto que olí su loción de sándalo mezclada con el sudor fresco de su piel morena.

Mi corazón latió fuerte, y respondí con una risa nerviosa:

—Y tú sigues siendo el mismo galán, Javier. ¿Qué haces aquí?

Charlamos un rato, recordando noches locas en la playa de Puerto Vallarta, cuando éramos jóvenes y libres. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de sus dedos en mi brazo. Sentía el calor subiendo por mis muslos, un deseo húmedo que me hacía apretar las piernas.

Esta pasion que nos une nunca se apagó, neta. Es como un fuego que espera el viento para avivarse.
Lupe nos interrumpió para fotos, pero sus ojos prometían más.

La noche cayó envuelta en luces de farolitos y mariachis tocando Si Nos Dejan. Bailamos un son, sus manos en mi cintura, mi pecho rozando el suyo. Cada giro era una promesa, su aliento caliente en mi oreja:

—Ven conmigo, mi reina. No aguanto verte así de cerca sin tocarte.

Asentí, el pulso acelerado. Nos escabullimos por el jardín, riendo como chavos, hasta su camioneta estacionada. El motor rugió y manejó hacia su hotel en el centro, el viento nocturno entrando por la ventana, trayendo olor a tierra mojada de una llovizna reciente. En el camino, su mano subió por mi muslo, bajo el huipil, y gemí bajito cuando rozó mi piel sensible.

En la habitación del hotel, con vistas a la catedral iluminada, cerramos la puerta y nos devoramos. Sus labios sabían a tequila y menta, duros al principio, luego suaves, explorando mi boca con hambre. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su espalda mientras él me levantaba el huipil, exponiendo mis pechos al aire fresco del cuarto. Sus manos ásperas, de tanto trabajar en construcción, me amasaron los senos, pellizcando los pezones hasta que dolían de placer.

—Te extrañé tanto, Ana —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel hasta dejar una marca roja—. Eres mi vicio.

Caímos en la cama king size, las sábanas crujiendo bajo nosotros. Me quitó la ropa interior con dientes, besando mi vientre, bajando lento. El aroma de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Su lengua encontró mi centro, lamiendo con maestría, chupando mi clítoris hinchado. Arqueé la espalda, gimiendo fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

¡Ay, Dios! Esta pasion que nos une me quema por dentro. No quiero que pare nunca.
Mis caderas se movían solas, frotándome contra su boca, el sonido húmedo de su lengua mezclándose con mis jadeos. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, el sabor salado de mi placer en sus labios cuando subió a besarme.

Pero no era suficiente. Lo volteé, queriendo dominar. Le arranqué la camisa, besando su pecho velludo, lamiendo el sudor salado de su piel. Bajé al cinturón, liberando su verga dura, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La olí, ese olor masculino intenso, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota pre-semen que brotaba. Él gruñó, pendejo cachondo, agarrándome el pelo.

—Métetela, mi amor. Fóllame ya.

Me subí encima, guiándolo dentro de mí. Lentito al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era eléctrico, mis paredes apretándolo mientras cabalgaba, mis tetas rebotando. Él me sujetaba las caderas, embistiéndome desde abajo, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación. Sudábamos, el olor a sexo impregnando todo, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Sus ojos en los míos, conexión total. —Eres mía, Ana. Siempre lo fuiste. Folló más fuerte, mi clítoris rozando su pubis, building that tensión hasta que grité su nombre, corriéndome otra vez, ordeñándolo. Él se tensó, rugiendo, y se vació dentro de mí, chorros calientes pintando mis paredes.

Quedamos jadeando, enredados, su peso reconfortante sobre mí. El aire olía a nosotros, a pasion satisfecha. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la espalda.

Esta pasion que nos une es más que carne; es alma, es destino mexicano, neta.

Después, en la ducha, el agua caliente lavando el sudor, nos enjabonamos mutuamente. Sus manos resbalosas en mis curvas, mi boca en su cuello. Se nos antojó otra ronda contra la pared de azulejos, rápida y sucia, él levantándome las piernas, penetrándome de pie hasta que ambos colapsamos riendo.

De vuelta en la cama, envueltos en toallas, hablamos del futuro. Él se mudaría de regreso a Jalisco por mí, y yo, con mi negocio de artesanías, lo esperaría. No había prisas, solo la certeza de que esto era real. La luna entraba por la ventana, iluminando su rostro dormido contra mi pecho. Mi mano en su pelo, inhalando su aroma, supe que la pasion que nos une nos guiaría siempre.

Al amanecer, con el canto de los gallos lejanos y el aroma a café del lobby subiendo, nos vestimos. Un último beso en la puerta, profundo y prometedor.

—Vuelve pronto, mi chulo.

—Cuenta con eso, mi reina.

Y así, con el corazón lleno y el cuerpo saciado, regresé a la boda como si nada, pero sabiendo que nuestra historia apenas empezaba. La pasion que nos une, eterna como los volcanes de México.

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