Pasiones Desordenadas en el Matrimonio
La noche en nuestra casa de Guadalajara olía a tortillas recién hechas y a ese jazmín que trepaba por el patio. Yo, Ana, llevaba quince años casada con Javier, mi carnal de toda la vida. Éramos de esos que se casaron jóvenes, con promesas de amor eterno, pero la rutina nos había chingado como a tantos. Él llegaba del taller mecánico oliendo a aceite y sudor, yo de la escuela donde daba clases de historia, con el pinche estrés de los morrillos. Neta, pensaba, ¿dónde quedó esa chispa que nos hacía follar como animales?
Una tarde, mientras preparaba el mole para la cena, Javier entró por la puerta trasera. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis que asomaban por el escote de la blusa. Sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando éramos novios y nos escapábamos al cerro. “Wey, ¿qué traes?”, le dije riendo, pero mi voz salió ronca, traicionera.
Él se acercó, su aliento cálido contra mi cuello. “Nada, mi reina, solo que hoy te veo bien rica”. Sus manos grandes, callosas por el trabajo, me rodearon la cintura. El olor de su piel, mezcla de jabón barato y hombre puro, me invadió. Mi corazón latió fuerte, y entre las piernas sentí esa humedad traidora que no había sentido en meses.
Estas pasiones desordenadas en el matrimonio, pensé, siempre regresan en el peor momento, o en el mejor.Lo empujé juguetona contra la mesa de la cocina, pero él me jaló de vuelta, besándome con hambre. Sus labios sabían a café negro y a deseo reprimido.
Acto uno apenas empezaba. Nos separamos jadeantes cuando oímos el claxon del vecino. “Después, pendejo”, le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Esa noche, cenamos en silencio, pero el aire estaba cargado. Cada mirada era una promesa, cada roce accidental bajo la mesa una descarga eléctrica. Javier me miró fijo mientras masticaba el mole. “Ana, neta, te extraño”. Sus palabras me calaron hondo. Yo también lo extrañaba, a ese Javier que me hacía gritar su nombre hasta quedarme ronca.
La cama king size que compramos en oferta nos esperaba. Me metí al baño, me quité la ropa despacio, admirando mi cuerpo en el espejo empañado. A los treinta y cinco, mis curvas seguían firmes, mis pezones oscuros endureciéndose con el vapor. Me unté crema de coco, imaginando sus manos en mí. Salí envuelta en la toalla, y ahí estaba él, recostado en boxers, su verga ya medio parada marcando la tela. “Ven pa’cá, mami”, gruñó.
Me subí a horcajadas sobre él, la toalla cayendo como una cascada. Su piel ardía bajo mis muslos, el vello de su pecho rozándome las nalgas. Lo besé lento, saboreando su lengua que danzaba con la mía, salada y dulce. Mis manos bajaron por su abdomen marcado, sintiendo los músculos tensos. “Javier, te necesito”, murmuré. Él gimió, sus dedos clavándose en mis caderas. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con el zumbido del ventilador de techo.
En el medio del acto, la tensión subió como el volcán que éramos. Le quité los boxers de un jalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, el calor irradiando a mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él me jalaba el pelo suave. “Así, Ana, chúpamela rica”. El olor almizclado de su excitación me mareaba, delicioso.
Me volteó boca arriba, sus ojos brillando con esa locura que amaba. Bajó por mi cuerpo, besando mis tetas, chupando un pezón hasta que dolía de placer. Su barba incipiente raspaba mi piel sensible, enviando chispas directo a mi clítoris. Llegó a mi concha, ya empapada, los labios hinchados. “Estás chorreando, putita mía”, dijo juguetón, y metí lengua profunda, lamiendo mi jugo dulce y ácido. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido húmedo de su chupada, mis jadeos, el crujir de las sábanas... todo se mezclaba en una sinfonía erótica.
Pasiones desordenadas en el matrimonio, reflexioné entre espasmos, pero neta qué chingón es dejarse llevar.
La intensidad creció. Me puso de rodillas, su verga rozando mi entrada. “Pídemela, Ana”. “Fóllame duro, Javier, hazme tuya”, supliqué. Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, su grosor pulsando dentro. Empezó a bombear lento, luego rápido, el slap slap de piel contra piel resonando. Sudor nos cubría, goteando, oliendo a sexo puro. Agarré las sábanas, mis uñas clavándose, mientras él me azotaba las nalgas suave, el picor avivando el fuego.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas. Sentía su verga golpeando mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina. “Me vengo, Javier”, grité, mi concha contrayéndose alrededor de él, chorros calientes mojándonos. Él rugió, volteándome para follarme en misionero, sus ojos en los míos. “Yo también, mi amor”. Se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
El final llegó en afterglow perfecto. Nos quedamos abrazados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El olor a sexo impregnaba las sábanas, el jazmín del patio filtrándose por la ventana. Javier me besó la frente. “Te amo, Ana. No dejemos que la rutina nos gane otra vez”. Sonreí, trazando círculos en su pecho. Sí, pensé, estas pasiones desordenadas en el matrimonio son lo que nos mantiene vivos. Mañana sería otro día, pero esa noche, éramos invencibles.
Despertamos enredados, el sol colándose por las cortinas. Su mano aún en mi culo, mi cabeza en su hombro. “Buenos días, guapa”, murmuró. Reí bajito, sintiendo su erección matutina contra mi muslo. “¿Otra ronda, wey?”. Él asintió, y así, sin palabras, supimos que el fuego no se apagaría. La vida marital, con sus desórdenes, era nuestra mejor aventura.