Altair Jarabo Abismo de Pasión
El sol del atardecer teñía de oro la hacienda en las afueras de Acapulco, donde grabábamos Abismo de Pasión. Yo era el nuevo galán invitado, un tipo común y corriente que había caído en este mundo de luces y cámaras por pura chiripa. Altair Jarabo, la reina del set, caminaba con esa gracia felina que volvía locos a todos. Su piel morena brillaba con un leve sudor, el vestido ajustado marcando curvas que prometían pecados. La miré desde lejos, mientras el director gritaba "¡Corte!" y el equipo empezaba a desarmar.
Neta, güey, esta mujer es otro nivel, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Ella se acercó a la mesa de maquillaje, quitándose el sombrero con un suspiro. Sus ojos negros, profundos como el Pacífico, se cruzaron con los míos. Sonrió, esa sonrisa pícara que salía en las revistas.
—Oye, tú eres el nuevo, ¿verdad? —dijo con voz ronca, como si el calor la hubiera derretido por dentro—. Me llamo Altair. Altair Jarabo.
Me tendió la mano, y al tocarla, una corriente eléctrica me recorrió el brazo. Su piel era suave, cálida, olía a vainilla y sal marina. Órale, pensé, esto no es normal.
—Sí, soy Alex. Un placer, Altair. He visto tus escenas... impresionantes.
Rió bajito, un sonido que me erizó la piel. —Impresionantes, ¿eh? Ven, acompáñame a la piscina. Necesito refrescarme antes de la siguiente toma.
La seguí como pendejo hipnotizado, el corazón latiéndome a mil. La hacienda era un sueño: palmeras susurrando con la brisa, el olor a jazmín flotando en el aire, el agua de la piscina brillando como zafiro. Nos sentamos en las reposaderas, ella se quitó los zapatos y metió los pies en el agua. Sus uñas pintadas de rojo pasión me distrajeron.
¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es el set, pero... hay algo en él. Ese mirada intensa, como si me devorara sin tocarme.
Altair se recargó, el escote de su vestido bajando lo justo para volver loco a cualquiera. Hablamos de la novela, de las intrigas, de cómo el personaje de ella ardía en un abismo de pasión que parecía sacado de la realidad. —A veces, la ficción se mezcla con lo real —murmuró, rozando mi brazo con los dedos—. ¿Tú sientes eso?
Sí, lo sentía. El pulso acelerado, el calor subiendo por mi verga, el aroma de su perfume mezclándose con el cloro. La tensión crecía como una tormenta en el horizonte.
La noche cayó rápida, las luces del set se apagaron, dejando solo el resplandor de la luna sobre la piscina. Altair me invitó a su tráiler, "para platicar en privado", dijo con ojos brillantes. Adentro, el aire estaba cargado de su esencia: crema hidratante, tequila reposado y deseo crudo. Se sirvió un trago, me ofreció uno. El líquido quemó mi garganta, aflojando nudos.
—Sabes, Alex, grabar Abismo de Pasión me tiene al borde. Todo ese fuego reprimido... necesito soltarlo.
Sus palabras fueron gasolina. Me acerqué, tomándola por la cintura. Su cuerpo se pegó al mío, suave y firme, pechos presionando mi pecho. La besé, labios carnosos saboreando a tequila y miel. Gimió suave, lengua danzando con la mía, manos enredándose en mi pelo.
Chingado, qué rica, rugió mi mente mientras mis dedos bajaban la cremallera de su vestido. Cayó al suelo como seda derretida, revelando lencería negra que abrazaba sus tetas perfectas, caderas anchas listas para ser agarradas. La piel de Altair olía a coco caliente, suave como pétalos bajo mis palmas.
La recargué contra la pared del tráiler, besando su cuello, lamiendo el sudor salado. Sus pezones se endurecieron bajo la tela, rosados y duros. Los chupé, succionando con hambre, mientras ella jadeaba:
—Sí, así, cabrón... no pares.
Mis manos exploraron más abajo, deslizándose por su vientre plano, metiéndose en las bragas húmedas. Su concha estaba empapada, caliente, los labios hinchados pidiendo atención. Metí un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hizo arquearse.
¡Madre santa, este wey sabe lo que hace! Mi cuerpo arde, como en las escenas más calientes de la novela.
Altair me empujó al sofá, desabrochando mi pantalón con urgencia. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La miró con lujuria, lamiéndose los labios. —Qué chingona —susurró, antes de arrodillarse. Su boca caliente la envolvió, lengua girando en la cabeza, succionando con maestría. El sonido húmedo, chapoteante, llenaba el tráiler, mezclado con mis gemidos roncos. Olía a sexo puro, a macho listo para ella.
No aguanté mucho. La levanté, la tiré en la cama king size del tráiler. Le arranqué las bragas, abriéndole las piernas. Su panocha brillaba, jugos corriendo por los muslos. La lamí despacio, saboreando su miel dulce y salada, lengua en el clítoris hinchado. Altair gritó, caderas moviéndose contra mi cara, uñas clavándose en mi espalda.
—¡Cógeme ya, pendejo! —exigió, voz quebrada de placer.
Me posicioné, la punta de mi verga rozando su entrada. Empujé lento, sintiendo cómo me apretaba, caliente y resbalosa. Inchamos juntos, ritmo creciente: paf paf paf, piel contra piel, sudor goteando. Sus tetas rebotaban, yo las amasaba, pellizcando pezones. El tráiler temblaba con nosotros, el aire espeso de gemidos y olor a coño mojado.
Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus caderas giraban, concha ordeñándome la verga hasta el fondo. La miré: cabello revuelto, ojos en llamas, Altair Jarabo en su abismo de pasión real. Aceleró, gritando mi nombre, yo agarrando su culo redondo, azotándolo suave.
El clímax llegó como avalancha. Altair se tensó, concha convulsionando alrededor de mi verga, chorros calientes mojándonos. —¡Me vengo, chingado! —aulló, cuerpo temblando. Yo exploté dentro, leche espesa llenándola, pulsos interminables de placer cegador.
Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. La abracé, besando su frente húmeda. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, tequila y noche mexicana. Altair suspiró, trazando círculos en mi pecho.
—Eso fue... mejor que cualquier guion de Abismo de Pasión —murmuró, sonriendo perezosa.
Neta, este tipo me voló la cabeza. Quizás la ficción no sea tan lejana de la realidad.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, la brisa nocturna colándose por la ventana. El deseo inicial se había transformado en algo profundo, un lazo forjado en fuego. Mañana volveríamos al set, pero esta noche, en el abismo de pasión de Altair Jarabo, éramos libres.