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Pasión Obsesiva Ver

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Pasión Obsesiva Ver

Desde el primer momento en que la vi, supe que esa pasión obsesiva ver se apoderaría de mí. Ana, con su piel morena brillando bajo el sol de Polanco, caminaba por la avenida con ese contoneo que hacía que todos voltearan. Yo estaba en la terraza del café, con un café de olla humeante en la mano, y no pude evitar seguirla con la mirada. Neta, era como si el mundo se detuviera solo para que yo la observara. Su falda ligera se mecía con la brisa, rozando sus muslos firmes, y el aroma a jazmín de su perfume flotaba hasta mí cuando pasó cerca. Me quedé clavado, sintiendo un calor que subía desde mi entrepierna.

—Órale, carnal, ¿ya te flechó esa morra? —me dijo mi compa Luis, dándome un codazo.

Le sonreí, pero mi mente ya estaba en otro lado. Esa noche, en el antro de la Roma, nos topamos de nuevo. Bailaba con unas amigas, su cuerpo moviéndose al ritmo del cumbia rebajada, sudada y radiante. Me acerqué, le invité un trago de tequila reposado, y platicamos. Era de Guadalajara, pero estudiaba diseño aquí en la CDMX. Hablamos de todo: de los tacos al pastor que extrañaba, de las noches locas en la Feria de Octubre. Al final de la noche, la invité a mi depa en Condesa. Consintió con una sonrisa pícara, sus ojos cafés prometiendo más que palabras.

Entramos a mi lugar, un loft chido con ventanales que daban a los árboles. Puse música de Natalia Lafourcade bajita, y serví dos copas de mezcal. Nos sentamos en el sofá de piel, y ahí empezó todo. La miré fijamente, bebiendo cada detalle: el brillo de sus labios carnosos, el escote que dejaba ver el nacimiento de sus chichis perfectas. Quiero verte, verte toda, pensé, mientras mi verga ya se ponía dura solo de imaginarla desnuda.

¿Por qué no puedo dejar de mirarte? Esta pasión obsesiva por ver cada curva tuya me está volviendo loco.

Ana se dio cuenta. Se recargó en el sofá, cruzando las piernas de forma que su falda subiera un poco más.

—Te gusta ver, ¿verdad? —susurró, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Asentí, sin poder hablar. Ella se levantó despacio, como en un ritual, y empezó a quitarse la blusa. Botón por botón, revelando su brasier de encaje negro que apenas contenía sus pechos. El aire se llenó con su aroma, mezcla de sudor fresco y perfume dulce. Me quedé quieto, obedeciendo su orden implícita: solo mirar. Mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo, y sentía el pulso en mi polla, latiendo con fuerza contra el pantalón.

Acto uno del deseo: ella bailando para mí, sola en mi sala. Sus caderas girando, las manos deslizándose por su vientre plano, bajando hasta el borde de la falda. La tela crujía suavemente al subirse, mostrando sus panties diminutos. Olía a ella, a mujer excitada, ese olor almizclado que me hacía salivar. Extendí la mano, pero ella negó con la cabeza.

—Aún no, pendejo. Solo mira. Disfruta la pasión obsesiva ver.

Su slang tapatío me encendió más. Se giró, dándome la espalda, y dejó caer la falda. Su culo redondo, perfecto, cubierto solo por esa tanga. Caminó hacia la ventana, la luz de la luna bañándola, y se arqueó un poco, invitándome visualmente. Yo jadeaba, mis manos apretando los cojines, el sabor del mezcal aún en la lengua, imaginando cómo sabría su piel.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Ana se acercó al fin, sentándose a horcajadas sobre mí, pero sin tocarme del todo. Sus pezones duros rozaban mi camisa a través del brasier, y yo sentía su calor húmedo cerca de mi erección. Te quiero ver gozar, verte explotar por mí, rugía mi mente. Ella se inclinó, besándome el cuello, mordisqueando suave. Su aliento caliente, su lengua trazando líneas de fuego.

—Tócame ahora —ordenó, y obedecí como un carnal rendido.

Mis manos volaron a sus chichis, amasándolas, sintiendo su peso, su suavidad. Le quité el brasier, y chupé un pezón, saboreando su sal, su dulzor. Ana gimió, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Se restregó contra mí, su coño mojado empapando mi pantalón. Desabroché mi jeans, liberando mi verga tiesa, venosa, lista. Ella la miró con hambre, pero siguió el juego.

—Quiero que me veas tocarme —dijo, bajando al piso.

Se recostó en la alfombra persa, abriendo las piernas. Sus dedos se colaron bajo la tanga, moviéndose en círculos lentos. La vi, hipnotizado: sus labios hinchados, brillando de jugos, el clítoris asomando rosado. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo mezclado con sus jadeos. Olía a sexo puro, a deseo crudo mexicano. Mi mano fue a mi polla, masturbándome al ritmo de ella, pero ella negó.

—No, solo mira. Siente la obsesión.

Era tortura deliciosa. Su cuerpo se tensaba, caderas alzándose, pechos bamboleando. Gritó mi nombre —¡Alejandro!—, y se corrió, chorros de placer salpicando el piso. Su cara, contorsionada en éxtasis, era lo más hermoso que había visto. Esa pasión obsesiva ver me tenía al borde.

Entonces, el clímax de la noche. Ana se levantó, temblorosa, y me jaló al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas. Me empujó boca arriba, montándome como jinete en palenque. Su coño se tragó mi verga de un jalón, caliente, apretado, resbaloso. El sonido de carne contra carne llenó el cuarto, slap-slap rítmico. Yo la miré, obsesionado: sudor perlando su frente, mechones pegados, ojos vidriosos de lujuria.

—¡Mírame, cabrón! —gritaba ella, cabalgándome fuerte.

Sus uñas en mi pecho, dejando marcas rojas. Yo embestí desde abajo, sintiendo cada contracción de su interior, oliendo su esencia, probando su sudor al lamer su cuello. El calor subía, bolas apretadas, listo para estallar. Ella aceleró, gimiendo en español sucio:

—¡Sí, así, chíngame! ¡Neta, qué rico tu verga!

Explotamos juntos. Mi leche llenándola, caliente, mientras ella se convulsionaba, chorros mezclándose. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su peso sobre mí, pulsos sincronizados, el olor a sexo impregnando todo.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. La acariciaba, trazando su espina, sintiendo su piel tibia, suave como petate nuevo.

Esta pasión no es solo ver, es sentirte en cada poro. Quiero más noches así, obsesionado por ti entera.

Ana levantó la cara, besándome suave.

—Fue chingón, ¿verdad? Tu obsesión por verme... me prendió cañón.

Sonreí, sabiendo que esto era solo el principio. En la CDMX, entre tacos y mezcal, habíamos encendido un fuego que no se apagaría. La pasión obsesiva ver se había transformado en algo mutuo, profundo, nuestro.

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