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Abismo de Pasion Capitulo 48

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Abismo de Pasion Capitulo 48

El atardecer en la Riviera Maya pintaba el cielo con pinceladas de fuego, mientras el mar Caribe susurraba promesas de placeres ocultos. Ana caminaba por la playa privada de la villa, el vestido ligero de lino blanco pegándose a su piel sudada por el calor húmedo. Hacía un mes que no veía a Diego, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Su aroma a sal y coco flotaba en el aire, mezclado con el dulzor de las flores tropicales que rodeaban la casa. Cada paso la acercaba más al abismo, ese lugar donde su deseo por él la consumía.

Desde la terraza, Diego la vio llegar. Su camisa guayabera desabotonada dejaba ver el pecho moreno y musculoso, marcado por horas en el gimnasio.

¿Cuántas veces he soñado con este momento, con enterrarme en ella hasta perder la razón?
pensó, mientras su verga se endurecía bajo los shorts sueltos. Ana era su vicio, su neta debilidad. La conoció en una fiesta en Polanco, y desde entonces, cada encuentro era un capítulo más en su historia de pasión desbordada.

Órale, morra, ven pa'cá —dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel, extendiendo los brazos.

Ana corrió hacia él, saltando a su cuello. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel y el leve toque de tequila en su lengua. Las manos de Diego se deslizaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo el vestido. Ella gimió bajito, sintiendo el bulto duro presionando contra su vientre. El mundo se redujo a ese instante: el roce áspero de su barba incipiente, el calor de sus cuerpos fundiéndose, el rumor de las olas como banda sonora de su reencuentro.

Entraron a la villa, una casa de palapas con techos altos y hamacas colgando en el patio. La brisa marina entraba por las ventanas abiertas, trayendo el olor a yodo y a sexo anticipado. Se sentaron en el sofá de mimbre, con una botella de mezcal helado entre ellos. Ana lo miró a los ojos, oscuros como la noche maya.

—Te extrañé tanto, carnal. No sabes lo que es extrañarte la noche, soñando con tu verga dentro de mí —susurró ella, su voz temblorosa de deseo contenido.

Diego sonrió, pícaro. —Pos yo igual, chula. Cada día pensaba en tus chichis perfectos, en cómo gimes cuando te como la panocha. Esto es nuestro abismo de pasion capitulo 48, ¿sabes? Otro round donde nos perdemos el uno en el otro.

Ana rio suave, el corazón latiéndole fuerte. Ese era su juego: numerar sus noches de fuego como capítulos de una novela prohibida. El primero fue en su depa de la Condesa, el último antes de su viaje, en un hotel en Tulum. Cada vez más intensos, más profundos.

Bebieron del mezcal, el líquido ahumado quemando sus gargantas y avivando el fuego interno. Diego trazó con los dedos el contorno de su escote, bajando lento hasta rozar un pezón endurecido. Ana jadeó, arqueando la espalda.

Qué chido se siente su toque, como electricidad directo a mi clítoris
, pensó, mientras sus bragas se humedecían. Él la besó el cuello, mordisqueando la piel sensible, inhalando su perfume a vainilla y sudor femenino.

La tensión crecía como una tormenta tropical. Ana se puso de pie, quitándose el vestido con un movimiento fluido. Quedó en tanga negra y nada más, sus curvas iluminadas por las velas de coco que parpadeaban en la mesa. Diego se lamió los labios, admirando sus tetas redondas, los pezones oscuros pidiendo atención.

Estás pa'l desmadre, reina —murmuró, levantándose para desvestirse. Su cuerpo atlético brillaba bajo la luz tenue, la verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, con una gota de precum en la punta.

Ella se arrodilló frente a él, el suelo de madera cálido bajo sus rodillas. Tomó su miembro en la mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor palpitante. Lo lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el sabor salado y almizclado que era puro Diego. Él gruñó, enredando los dedos en su cabello largo. Qué rico su boca, tan húmeda y ansiosa, pensó él, mientras ella lo chupaba profundo, la garganta relajándose para tomarlo todo.

Pero no quería acabar así. La levantó, cargándola hasta la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio. La tumbó boca arriba, besando cada centímetro de su cuerpo: los labios, el cuello, las tetas que succionó con avidez, haciendo que Ana se retorciera y mojara más. Bajó por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a la tanga empapada.

Dame tu concha, nena —pidió, arrancando la prenda con los dientes. El aroma de su excitación lo invadió, dulce y embriagador como el mezcal. Separó sus muslos morenos, exponiendo los labios hinchados y rosados. Su lengua danzó sobre el clítoris, círculos lentos al principio, luego rápidos y duros. Ana gritó, clavando las uñas en las sábanas.

¡Ay, wey, me vas a matar de placer! No pares, pinche lengua mágica
, rugía en su mente, mientras oleadas de calor subían desde su centro. Él metió dos dedos gruesos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, bombeando rítmico mientras la mamaba el botón.

El clímax la alcanzó como una ola gigante, su cuerpo convulsionando, chorros de jugo empapando la boca de Diego. Él bebió todo, gimiendo de gusto. —Qué rica estás, toda mojada pa' mí.

Ana, jadeante, lo jaló hacia arriba. —Cójeme ya, Diego. Quiero sentirte adentro, hondo.

Él se posicionó, la punta de su verga rozando la entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo y animal mezclándose con el viento nocturno. Estaba tan apretada, tan caliente, que Diego tuvo que morderse el labio para no venirse de inmediato.

Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, sintiendo cada roce, cada vena pulsando contra sus paredes internas. Ana clavó las piernas en su espalda, urgiéndolo más profundo. Más duro, cabrón, pensó ella, y él obedeció, embistiéndola con fuerza, los huevos golpeando su culo en un plaf plaf hipnótico. El sudor les chorreaba, mezclándose, el olor a sexo llenando la habitación como incienso pagano.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una diosa azteca. Sus tetas rebotaban con cada salto, las manos de Diego amasándolas, pellizcando pezones. Ana giraba las caderas, frotando su clítoris contra la base de su polla, persiguiendo otro orgasmo.

Esto es el paraíso, su verga me llena perfecta, como si estuviera hecha pa' mí
.

Diego la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo alzado como ofrenda. Entró de nuevo, agarrándola por las caderas, follando con salvajismo consentido. El sonido de piel contra piel era ensordecedor, sus gemidos convirtiéndose en gritos. —¡Sí, así, pendejo mío, dame todo! —chillaba ella.

El clímax los golpeó juntos. Ana se vino primero, su concha contrayéndose como un puño alrededor de él, ordeñándolo. Diego rugió, vaciándose en chorros calientes y espesos, llenándola hasta rebosar. Colapsaron, entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En la afterglow, yacían bajo las estrellas visibles por la claraboya, el mar cantando su nana. Diego la besó la frente, suave. —Eres mi todo, morra. Este abismo de pasión no tiene fin.

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho.

Capítulo 48 completado. ¿Qué vendrá en el 49? Solo sé que contigo, cada momento es eterno
. El sabor de él aún en su boca, el calor de su semen goteando entre sus muslos, todo era perfecto. En ese paraíso mexicano, su amor ardía más fuerte que nunca.

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