Abismo de Pasión Capítulo 70
El sol de Puerto Vallarta se ponía como un fuego lento sobre el mar, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Yo, Ana, caminaba por la playa privada de esa villa que Marco había rentado solo para nosotros. Mi corazón latía con fuerza, neta, como si cada paso me llevara más profundo a ese abismo de pasión que nos consumía desde hace meses. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel por la brisa salada, y debajo, nada más que mi deseo ardiendo.
Lo vi esperándome en la terraza, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y musculoso. Órale, qué chulo se veía, con esa sonrisa pícara que me derretía. Marco era mi carnal, mi amante secreto, el tipo que me hacía sentir viva como ninguna otra cosa en este mundo. Trabajábamos juntos en esa agencia de publicidad en Guadalajara, pero lo nuestro iba más allá de las oficinas. Cada encuentro era un capítulo nuevo en nuestra historia prohibida, y este, el abismo de pasión capítulo 70, prometía ser el más intenso.
¿Cuántas veces hemos jugado a esto? Setenta capítulos de miradas robadas, toques accidentales en el elevador, mensajes calientes a medianoche. Hoy no hay interrupciones, solo nosotros y el mar como testigo.
—Ven acá, mamacita —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, extendiendo los brazos.
Me acerqué, sintiendo la arena tibia bajo mis pies descalzos. Sus manos grandes me rodearon la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Olía a sal, a coco de su loción y a ese aroma masculino que me volvía loca. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, como probando el terreno, pero pronto se volvió hambriento. Su lengua exploró mi boca con urgencia, saboreando el tequila que había tomado antes, y yo gemí bajito, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado.
—Te extrañé tanto, Ana —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Sus dientes me enviaron chispas de placer directo al centro de mi ser.
—Yo más, wey. No aguanto más sin ti —respondí, empujándolo hacia adentro de la villa. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció.
En el interior, la luz tenue de las velas parpadeaba sobre la cama king size cubierta de sábanas blancas. El aire estaba cargado del aroma de jazmín del difusor y el leve olor a mar que entraba por las ventanas abiertas. Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo reí, sintiendo mis pechos rozar su torso. Me depositó en la cama con gentileza, pero sus ojos brillaban con fuego puro.
Acto uno de nuestro ritual: la exploración lenta. Se arrodilló entre mis piernas, subiendo el vestido por mis muslos. Su aliento caliente me hacía temblar. Qué rico se siente su mirada devorándome, pensé, mientras él besaba la cara interna de mis rodillas, subiendo centímetro a centímetro. Sus manos ásperas, de tanto gym y trabajo manual en sus ratos libres, masajeaban mis pantorrillas, mis muslos, abriéndome como una flor al sol.
—Estás mojada ya, ¿verdad, preciosa? —preguntó con una sonrisa lobuna, rozando sus dedos por mi intimidad desnuda.
—Neta, desde que te vi —confesé, arqueando la espalda. El roce de sus yemas era eléctrico, suave al principio, luego más firme, encontrando mi clítoris con precisión experta. Gemí fuerte cuando introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos que me hacían jadear. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la habitación, mezclado con las olas rompiendo afuera.
Pero no quería correrme todavía. Lo jalé hacia arriba, desabotonando su camisa con dedos torpes. Su piel estaba caliente, salada al gusto, y lamí su pecho, mordiendo un pezón oscuro que se endureció al instante. Marco gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.
—Quítate todo, Ana. Quiero verte completa —ordenó, pero con esa ternura que lo hacía tan irresistible.
Me quité el vestido en un movimiento fluido, quedando desnuda ante él. Mis senos medianos, con pezones rosados ya tiesos, se movían con mi respiración agitada. Él se desvistió rápido, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como una promesa. Dios, qué pinga tan perfecta, pensé, lamiéndome los labios.
Nos besamos de nuevo, rodando en la cama. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando con fuerza juguetona. —Eres mía esta noche —susurró, y yo asentí, perdida en el abismo.
El medio tiempo llegó con la tensión subiendo como la marea. Marco me puso de rodillas en la cama, besando mi espalda desde los hombros hasta las caderas. Su lengua trazó mi espina dorsal, enviando escalofríos deliciosos. Me giró boca abajo, y sentí su peso sobre mí, su verga rozando mis nalgas. No entró aún; en cambio, frotó la punta contra mi entrada, lubricándonos mutuamente.
—Dime qué quieres, nena —me provocó, su voz un ronroneo en mi oído.
—Te quiero dentro, cárdenas, métemela ya —supliqué, empujando hacia atrás.
Este es el clímax de nuestro abismo de pasión capítulo 70. No hay vuelta atrás, solo entrega total.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer dulce. ¡Ay, qué chido! Llenaba cada rincón de mí, tocando puntos que me hacían ver estrellas. Comenzó a moverse, lento al principio, saliendo casi por completo para volver a hundirse profundo. El slap-slap de nuestra piel chocando era hipnótico, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos. Sudábamos, el olor almizclado de nuestro sexo impregnaba el aire.
Cambié de posición, montándolo a mí. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis senos rebotando con cada bajada. Me incliné para besarlo, probando el salado de su sudor en sus labios. Aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola gigante. Sus dedos encontraron mi clítoris otra vez, frotando en círculos rápidos.
—¡Ya, Marco, me vengo! —grité, y exploté. Oleadas de placer me recorrieron, contrayendo mis músculos alrededor de él, ordeñándolo. Él resistió un poco más, embistiéndome fuerte, hasta que rugió mi nombre y se derramó dentro, caliente y abundante.
Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. Acaricié su cabello, sintiendo la paz post-orgásmica, el cuerpo lánguido y satisfecho.
—Esto fue épico, como el final perfecto del capítulo —dije, riendo bajito.
—Capítulo 70, pero habrá más, Ana. Este abismo no tiene fondo —respondió, besando mi piel tibia.
Nos quedamos así, oyendo el mar susurrar promesas, envueltos en el afterglow que nos unía más que nunca. Mañana volveríamos a la realidad, pero esta noche, en nuestro abismo de pasión, éramos libres, completos, eternos.