La Cancion Lucia Serrat y Pasion Vega que Enciende la Piel
Era una noche calurosa en el corazón de la Roma, en esa colonia de la Ciudad de México donde las luces de neón se mezclan con el aroma de las taquerías y el susurro de las parejas caminando de la mano. Yo, Ana, acababa de llegar a mi departamento con Rodrigo, mi amor de los últimos seis meses. Habíamos cenado tacos al pastor en el puesto de la esquina, riéndonos de tonterías, con esa química que hace que el aire se sienta cargado de promesas. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que me derriten, me tomó de la cintura mientras subíamos las escaleras.
Adentro, el lugar olía a jazmín del difusor que siempre tengo encendido, y la luz tenue de las velas que prendí antes de salir parpadeaba sobre las paredes blancas. Qué chido está todo, mi reina
, murmuró Rodrigo mientras me quitaba la chamarra de cuero. Su voz grave, con ese acento chilango que me vuelve loca, me erizó la piel. Puse música en el Spotify, buscando algo romántico, y ahí estaba: la canción Lucía de Serrat y Pasión Vega. La versión esa que une la voz ronca de Serrat con el fuego flamenco de Pasión Vega. La dejé sonar bajito al principio, mientras servía dos copas de mezcal ahumado.
Nos sentamos en el sillón de terciopelo rojo, nuestras piernas rozándose. El mezcal bajaba ardiente por mi garganta, calentándome el pecho.
¿Por qué neta me siento tan viva con él? Como si cada mirada suya fuera una caricia invisible, pensé mientras lo veía mover los labios al ritmo de la guitarra española que salía de los bocinas. La letra de Lucía hablaba de amores lejanos, de pasiones que queman, y de pronto sentí un cosquilleo en el vientre. Rodrigo se acercó, su aliento con olor a limón y humo de carbón rozando mi cuello.
Esta rola siempre me pone en mood, ¿sabes?, dijo, y su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacito por debajo de mi falda negra.
El primer acto de nuestra noche apenas empezaba. Nos besamos con hambre contenida, sus labios suaves y firmes saboreando el mezcal en mi boca. Olía a su colonia, esa mezcla de sándalo y cítricos que me hace débil. La canción seguía, la voz de Pasión Vega elevándose como un lamento sensual: "Lucía, toma esta canción que yo te hago...". Me levanté, tirando de su mano. Baila conmigo, pendejo
, le dije riendo, juguetona. Él se paró, alto y fuerte, envolviéndome en sus brazos. Nuestros cuerpos se mecían al ritmo lento, mis pechos presionando contra su torso duro. Sentía su corazón latiendo rápido, sincronizado con el mío.
La tensión crecía como el calor de la noche. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con esa posesión tierna que me encanta. Yo arqueé la espalda, rozando mi pelvis contra la suya, sintiendo cómo se ponía duro debajo del pantalón. Estás rica, Ana, no mames
, gruñó en mi oído, mordisqueando el lóbulo. El sonido de su voz ronca se mezclaba con la música, y el aroma de nuestro sudor empezaba a perfumar el aire. Nos movíamos más pegados, mis uñas arañando su espalda por encima de la camisa. La canción terminaba, pero la puse en repeat sin pensarlo. Cada acorde avivaba el fuego.
En el medio de todo, la cosa escaló. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Desabotoné su camisa despacio, besando cada centímetro de su pecho moreno, lamiendo el salado de su piel. Él gemía bajito, ¡Ay, wey, qué delicia!
, mientras sus dedos se colaban bajo mi blusa, pellizcando mis pezones endurecidos. Los sentía pulsar, hinchados de deseo. Olía a sexo ya, ese olor almizclado que sale cuando los cuerpos se preparan. Le quité el cinturón con dientes, riendo cuando se atoró.
Quiero devorarlo entero, sentirlo dentro hasta que explote todo.
Se levantó de un brinco, cargándome como si no pesara nada. Caminamos al cuarto, tropezando con la alfombra, riendo como chavos. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frías al tacto. Me tiró suave, quitándome la falda de un jalón. Estaba en tanga negra, mojada ya, el calor entre mis piernas palpitando. Él se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome. Vente, mi amor
, le dije, abriendo las piernas. Se arrodilló entre ellas, besando mi interior de muslos, su lengua trazando caminos húmedos hasta mi clítoris. Gemí fuerte cuando la tocó, chupando suave, el sabor de mi excitación en su boca.
La intensidad subía. Lo jalé del pelo, guiándolo. Más adentro, cabrón
, jadeé. Él obedecía, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí donde explota el placer. Mis caderas se movían solas, el sonido chapoteante de mi humedad llenando la habitación junto a nuestros jadeos. La canción seguía de fondo, ahora como banda sonora perfecta: la pasión de Serrat y Vega avivando nuestros cuerpos. Lo volteé, poniéndome encima. Su verga en mi mano, caliente y dura como hierro. La froté contra mi entrada, lubricándola con mis jugos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome delicioso. ¡Qué chingón se siente!
, grité, empezando a cabalgar.
El ritmo se aceleró. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando. Yo rebotaba, el slap-slap de piel contra piel resonando. Sudor perlando nuestros cuerpos, goteando entre mis pechos. Él se incorporó, mamando un pezón mientras empujaba de abajo, profundo.
Es como si la música nos poseyera, cada nota un thrust más fuerte. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, agarrándome las caderas. Entraba brutal pero consensual, yo pidiendo más.
¡Dame duro, Rodrigo, no pares!. El orgasmo me acechaba, un nudo apretándose en el bajo vientre.
En el clímax, todo estalló. Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome hasta el fondo. Nuestros ojos clavados, almas conectadas. Te amo, Ana
, dijo entre dientes, y eso me llevó al borde. Sentí las contracciones, mi panocha apretándolo como puño, chorros de placer mojando las sábanas. Él gruñó, hinchándose dentro, soltando chorros calientes que me llenaban. Colapsamos, temblando, el aire espeso de nuestro olor a sexo y mezcal.
El final fue puro afterglow. Nos quedamos abrazados, la canción apagándose sola. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besé su frente sudorosa, oliendo su pelo. Esa rola va a ser nuestra, ¿eh?
, susurré. Él rio bajito.
Jamás olvidaré esta noche, la pasión que despertó esa canción Lucía de Serrat y Pasión Vega. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en esa burbuja de paz, piel con piel, listos para más mañanas así.