Novela Pasion Prohibida Capitulos Completos
Me llamo Ana y vivo en una casa bonita en las Lomas de Chapultepec, con mi esposo Carlos, un tipo trabajador que siempre anda en viajes de negocios. Pero mi secreto, mi pasión prohibida, es Javier, el carnal de Carlos, ese wey que me hace sudar con solo una mirada. Todo empezó hace un año en una carne asada familiar, cuando el aire olía a carbón y chorizo chisporroteando, y el sol pegaba duro en la piel.
Estábamos en el jardín de la casa de mis suegros en Polanco, con mesas llenas de guacamole fresco, chelas heladas goteando condensación, y risas de tíos y primos. Javier llegó tarde, como siempre, con su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho que tanto me imaginaba tocando. Órale, qué pendeja soy, pensé, mientras servía pozole humeante. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas volando con alas de fuego.
—¿Qué onda, cuñada? —me dijo con esa voz ronca, acercándose tanto que olí su colonia mezclada con sudor fresco, un aroma que me erizaba la piel.
—Todo chido, Javier. ¿Y tú, ya conquistaste el mundo? —respondí, fingiendo normalidad, pero mis pezones se endurecieron bajo la blusa ligera.
Desde ese día, los mensajes empezaron. Primero inocentes, luego coquetos. "Pienso en ti", "Me prendes cabrón". Sabíamos que era prohibido, que si Carlos se enteraba, la neta se armaría la grande. Pero el deseo crecía como chile en nogada, picante e irresistible.
Una noche, Carlos se fue a Monterrey por una semana. Le mandé un mensaje a Javier: "Ven, carnal. La casa está sola". Mi corazón latía como tamborazo zacatecano cuando escuché su camioneta estacionarse. Abrí la puerta, y ahí estaba, con jeans ceñidos y ojos hambrientos. Sin palabras, me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y urgencia.
Esto es mi novela pasion prohibida capitulos completos, pero en carne viva, sin páginas que voltear, pensé mientras su lengua exploraba mi boca, cálida y demandante.
Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría. Sentí el aire fresco de la sala contra mi piel desnuda, y el calor de su cuerpo presionándome contra la pared. Olía a su excitación, ese musk masculino mezclado con el perfume de mi loción de vainilla. Gemí bajito cuando mordió mi cuello, dejando un rastro húmedo que me hizo arquearme.
—Te deseo desde la primera vez que te vi, Ana. Eres mi vicio, murmuró, su aliento caliente en mi oreja.
Lo arrastré al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho, saboreando cada músculo tenso. Sus dedos se colaron bajo mi falda, encontrando mis bragas empapadas. Estoy chorreando por él, admití en mi mente, mientras él las deslizaba por mis muslos, rozando la piel sensible con las yemas ásperas.
Me abrió de piernas con gentileza, pero firme, y su boca descendió. Sentí su lengua caliente lamiendo mi clítoris, círculos lentos que me hicieron jadear. El sonido de mi propia humedad chasqueando con cada lamida llenaba la sala, junto al zumbido del ventilador y mi respiración agitada. Olía a sexo inminente, a deseo acumulado. Mis caderas se movían solas, presionando contra su cara barbuda que raspaba deliciosamente.
—¡Ay, Javier, no pares, cabrón! —supliqué, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.
Me corrí fuerte, un estallido de placer que me dejó temblando, piernas flojas como gelatina. Pero él no paró; se levantó, se bajó los jeans, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La chupé con hambre, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal en celo.
—Ven, métemela ya —le rogué, recostándome en el sofá.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el roce ardiente que me llenaba por completo. Empezó a bombear, lento al principio, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El sudor nos unía, resbaloso, y el olor a piel caliente y sexo impregnaba todo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras.
Esto es prohibido, pero qué chingón se siente, pensé, mientras él aceleraba, mis uñas clavándose en su espalda ancha. El sofá rechinaba rítmicamente, sincronizado con nuestros gemidos. Me volteó a cuatro patas, y volvió a penetrarme desde atrás, profundo, golpeando mi punto G con cada embestida. El placer subía como ola en Acapulco, intensa y creciente.
Pero no era solo físico. En mi cabeza, revivía todas las miradas robadas en cenas familiares, los roces accidentales que no lo eran. Javier era mi escape, mi pasión que Carlos nunca encendía. Susurraba en mi oído palabras sucias: Tu panocha es mía, cuñada, apriétame más. Y yo respondía apretando, ordeñándolo con mis músculos internos.
Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como jinete en charrería. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis tetas rebotando con cada bajada. Veía su cara de éxtasis, ojos entrecerrados, boca abierta jadeando. El tacto de su pubis contra mi clítoris me llevaba al borde otra vez. Sudor goteaba de mi frente al suyo, mezclándose salado.
—Me vengo, Ana, ¡juntos! —gruñó.
Explosión. Mi orgasmo lo apretó, y sentí su leche caliente llenándome, chorros potentes que me desbordaron. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. El aire olía a semen y sudor, a satisfacción profunda. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas.
Pero la tensión no acababa. Javier se incorporó, mirándome con culpa y deseo mezclado.
—Esto no puede seguir, pero no quiero parar.
Nos vestimos despacio, dedos temblorosos rozando piel aún sensible. Él se fue antes del amanecer, pero prometimos más. Esa noche, sola en la cama de Carlos, escribí en mi diario:
Mi vida es una novela pasion prohibida capitulos completos, llena de capítulos que queman el alma y el cuerpo. ¿Hasta cuándo?
Los días siguientes fueron tortura dulce. Mensajes calientes: "Sueño con tu sabor". Reuniones secretas en moteles de la Roma, donde el neon parpadeaba y el tráfico zumbaba afuera. Cada encuentro escalaba: juguetes vibrando contra mi piel, aceites calientes resbalando por curvas, posiciones que nos dejaban marcados.
Una tarde, en un hotel con sábanas de algodón egipcio, Javier me ató las manos con su corbata, juguetón. Confío en él ciegamente, pensé, mientras su lengua trazaba caminos de fuego desde tobillos a muslos. El zumbido del vibrador contra mi entrada me hizo suplicar, y cuando lo hundió, combinado con sus dedos en mi culo, grité de placer prohibido.
Su verga me folló duro después, yo gritando ¡Más, pendejo, rómpeme!. El espejo reflejaba nuestros cuerpos enredados, sudorosos, bellos en su lujuria. Olía a lubricante de fresa y esencia nuestra. Nos corrimos simultáneos, un clímax que duró minutos eternos.
Sin embargo, el conflicto crecía. Carlos sospechaba algo; notaba mis sonrisas secretas. Javier y yo hablábamos horas, confesando amores imposibles. Lo quiero más que a mi esposo, pero la familia....
La noche culminante fue en mi casa otra vez, con lluvia torrencial golpeando ventanas. Truenos retumbaban como nuestro pulso. Desnudos en la cocina, él me sentó en la isla de granito frío contrastando mi piel ardiente. Me comió el coño mientras agua hervía para café olvidado. Sus dedos dentro, curvados, me squirté por primera vez, chorros calientes mojando su pecho.
—Eres una diosa, Ana —dijo, lamiendo mis jugos de sus labios.
Lo monté en el piso, alfombra áspera contra rodillas, su verga hundiéndose hasta el fondo. Ritmo frenético, pechos aplastados contra él, besos mordidas. El orgasmo nos golpeó como rayo, cuerpos convulsionando unidos.
Después, en afterglow, abrazados bajo cobijas, hablamos del futuro. Decidimos ser discretos, pero el lazo era irrompible. Carlos regresó, ajeno, pero yo cambié: más viva, sensual.
Mi novela pasion prohibida capitulos completos sigue escribiéndose en susurros y caricias robadas. Cada encuentro, un capítulo de éxtasis. El deseo prohibido nos empodera, nos hace libres en secreto. Y mientras el sol mexicano calienta mi piel, sé que Javier es mi eterno vicio.