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Las Pasiones que Puede Tener una Persona

6728 palabras

Las Pasiones que Puede Tener una Persona

La noche en la Condesa de la Ciudad de México te envuelve como un abrazo caliente y pegajoso. El aire huele a tacos de suadero asándose en la esquina, mezclado con el perfume dulce de las jacarandas que aún cuelgan de los árboles. Tú caminas por las calles empedradas, con ese vestido negro ceñido que resalta tus curvas, sintiendo el roce suave de la tela contra tu piel morena. Has tenido un día de locos en la oficina, pero ahora, órale, necesitas soltar el estrés. El bar La Bodega brilla con luces neón y reggaetón filtrándose por la puerta abierta.

Entras y el sonido de risas y vasos chocando te golpea como una ola. Te sientas en la barra, pides un paloma bien fría –tequila, squirt y un toque de limón que te hace salivar–. Tus ojos recorren el lugar hasta que lo ves: él, un güey alto, de unos treinta, con camisa blanca desabotonada mostrando un pecho firme y tatuajes que asoman como promesas. Su mirada oscura te atrapa, y sientes un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas revoloteando.

¿Y si esta noche exploro las pasiones que puede tener una persona cuando se deja llevar?
Piensas, mientras él se acerca con una sonrisa pícara.

Neta, güey, qué chida traes –te dice con esa voz ronca que vibra en tu pecho–. Soy Alex, ¿y tú?

–Sofía –respondes, ladeando la cabeza, sintiendo el calor de su cuerpo cerca. El olor de su colonia, madera y algo salvaje, te invade las fosas nasales.

Hablan de todo y nada: del tráfico infernal de la Reforma, de cómo el chilaquiles del desayuno sabe a gloria un domingo, de sueños locos que nunca se cumplen. Pero hay tensión, pendejo, esa electricidad que hace que tus pezones se endurezcan bajo el vestido. Bailan un perreo lento, sus manos en tu cintura, el sudor de su palma filtrándose en tu piel. Sientes su verga semi-dura presionando contra tu culo, y un jadeo se te escapa. Qué rico.

–¿Vienes conmigo? Vivo aquí cerquita –susurra en tu oreja, su aliento caliente rozando tu lóbulo.

Asientes, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. Salen tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra vuestras pieles calientes. Caminan dos cuadras hasta su depa en un edificio moderno, con vista al Parque México. La puerta se cierra con un clic que suena a liberación.

Acto dos: la habitación está tenuemente iluminada por una lámpara de sal rosada, oliendo a sándalo de un difusor. Él te empuja suavemente contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Sabe a tequila y menta, su lengua explorando tu boca con urgencia. Tus manos suben por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. La desabotonas despacio, dedo por dedo, revelando su torso dorado por el sol de Iztapalapa.

Internal monologue:

Esto es lo que pasa cuando una persona se suelta: las pasiones que puede tener una persona salen a flote como lava ardiente.

Él gime bajito cuando tus uñas raspan su pecho, bajando hasta el cinturón. Lo desabrochas, y su verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando en tu mano. La acaricias, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero. –Chíngame, Sofía, qué manos –murmura, mientras te quita el vestido de un tirón. Quedas en tanga negra y bra, tus tetas llenas subiendo y bajando con cada respiración agitada.

Te lleva a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra tu espalda. Sus besos bajan por tu cuello, mordisqueando la clavícula, dejando un rastro húmedo que brilla bajo la luz. Llega a tus pechos, chupando un pezón endurecido, la lengua girando como un remolino. Sientes descargas eléctricas directas a tu panocha, que ya está empapada, el olor almizclado de tu excitación llenando la habitación. –Estás mojadísima, mi amor –dice, metiendo una mano en tu tanga, dedos resbalando por tus labios hinchados.

Te arqueas, gimiendo, el sonido gutural saliendo de tu garganta. Él se arrodilla, te abre las piernas con gentileza, y su boca aterriza en tu clítoris. ¡Madre mía! La lengua experta lame, chupa, succiona, mientras dos dedos entran en ti, curvándose contra ese punto que te hace ver estrellas. El slap-slap de su boca contra tu humedad es obsceno y delicioso, mezclado con tus gemidos: –¡Sí, Alex, así, no pares, cabrón!

Pero no es solo físico; hay profundidad. En tu mente, flashes: el divorcio reciente, la soledad de las noches en tu depa de Polanco, el deseo reprimido de sentirte viva. Él lo intuye, sube y te besa profundo, compartiendo tu sabor salado. –Eres fuego, Sofía. Déjame entrar en ti –susurra, ojos clavados en los tuyos, pidiendo permiso con la mirada. Asientes, piernas envolviéndolo.

Él se pone condón –siempre responsable, qué chingón–, y empuja lento. Sientes cada centímetro estirándote, llenándote, el roce ardiente contra tus paredes. Empieza un ritmo pausado, caderas chocando con un plaf-plaf rítmico, sudor goteando de su frente a tu pecho. Aceleran, tus uñas clavándose en su culo firme, guiándolo más profundo. El olor a sexo crudo impregna todo: sudor, fluidos, piel caliente.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como reina, tetas rebotando, cabello azotando tu espalda. Él te agarra las nalgas, amasándolas, un dedo rozando tu ano en un tease juguetón. –¡Me vengo, güey! –gritas, el orgasmo explotando como pirotecnia en el Zócalo, ondas de placer sacudiéndote desde el centro hasta las yemas de los dedos. Él gruñe, tensándose, corriéndose dentro con un rugido animal.

Acto tres: colapsan juntos, pechos agitados, piel pegajosa. Él te abraza, besos suaves en la sien, el corazón latiéndole contra tu mejilla. El cuarto se enfría, pero vuestros cuerpos arden aún. Sales al balcón, envuelta en su bata de seda, fumando un cigarro –vicio culpable–. La ciudad brilla abajo, autos pitando lejanos, perros ladrando. Él se une, te pasa un brazo por la cintura.

Ahora sé las pasiones que puede tener una persona: no solo fuego carnal, sino conexión, entrega, esa vulnerabilidad que te hace sentir invencible.

–Esto fue neta increíble –dices, exhalando humo.

–Y apenas empieza, mi reina. ¿Desayuno de chilaquiles mañana? –responde con guiño.

Te vas al amanecer, piernas flojas, sonrisa boba. En el Uber de vuelta, tocas tus labios hinchados, recordando sabores, texturas, esa liberación. Las pasiones no se acaban; duermen, esperando la próxima chispa. Y tú, Sofía, estás lista para más.

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