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Pasión por la Aviación Desatada

5755 palabras

Pasión por la Aviación Desatada

Desde chiquita, mi pasión por la aviación ha sido como un fuego que no se apaga. Neta, nada me pone más que el rugido de los motores, el olor a combustible y ese viento que te revuelve el pelo cuando un avión despega. Vivo en Querétaro, cerquita del aeropuerto, y los fines de semana me escapo a ver los vuelos privados. Ese día, el sol pegaba duro, el aire olía a asfalto caliente y a aceite de avión, y yo andaba con mi short jean cortito y una blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario.

Ahí lo vi. Un piloto alto, moreno, con esa chamarra de cuero gastada y goggles en la cabeza. Se llamaba Marco, me dijo cuando se acercó con una sonrisa que me hizo temblar las rodillas. Órale, wey, qué chulo, pensé mientras platicábamos de aviones. Él era instructor en la escuela de pilots, y su voz grave, con ese acento norteño, me erizaba la piel. Hablamos de Cessnas, de Piper Cubs, de cómo se siente el despegue en el estómago. Mi corazón latía fuerte, como si estuviera en pleno ascenso. Sentí su mirada bajando por mi cuello, deteniéndose en mis tetas, y yo no pude evitar morderme el labio.

—Ven, te llevo a dar una vuelta —me dijo, guiñándome el ojo—. Mi pajarito está listo.

No pude decir que no. Subimos a su avioneta bimotor, un bonito Beechcraft con asientos de piel suave que crujían bajo mi culo. El cockpit olía a él: sudor limpio, colonia barata y ese aroma metálico de la aviación que me volvía loca. Marco se sentó al mando, sus manos grandes en los controles, y yo atrás, pero tan cerca que sentía el calor de su espalda. El motor cobró vida con un bramido que vibró en mi pecho, en mi entrepierna. Despegamos, el mundo se achicó abajo, nubes rozando las alas.

Esto es lo que amo, esta libertad, este poder... y ahora con él, se siente como si volara más alto
, pensé mientras el viento silbaba afuera.

En el aire, la tensión creció. Marco volteaba, sus ojos oscuros clavados en mí. —¡Te encanta esto, verdad! —gritó por encima del ruido. Asentí, mis pezones endureciéndose contra la blusa. Bajamos un poco, sobrevolando un campo verde, y él soltó una mano del yoke para tocar mi rodilla. Su palma áspera, callosa de tanto manejar palancas, subió despacio por mi muslo. Sentí el calor subiendo, mi coño humedeciéndose. No seas pendejo, Marco, tócalo ya, me dije, abriendo las piernas un poquito.

Aterrizamos suavecito en una pista privada, lejos de todo, solo nosotros y el avión. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, como un orgasmo lejano. Bajamos, el aire fresco besando mi piel sudada. Marco me jaló contra él, su boca encontrando la mía en un beso hambriento. Sabía a chicle de menta y a deseo puro. Sus manos everywhere: apretando mi culo, subiendo mi blusa, pellizcando mis tetas. Gemí contra su lengua, el sabor salado de su piel en mi boca.

—Eres una pinche diosa de la aviación —murmuró, su aliento caliente en mi oreja—. Tu pasión me prende.

Lo empujé contra el fuselaje del avión, el metal aún tibio del vuelo. Le quité la chamarra, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor que brillaba ahí. Olía a hombre, a esfuerzo, a gasolina. Sus dedos desabrocharon mi short, bajándolo con mi tanga de encaje. El aire fresco rozó mi coño mojado, haciéndome jadear. Marco se arrodilló, su lengua encontrando mi clítoris hinchado. ¡Chingado, qué rico! Lamía despacio, chupando, metiendo dos dedos gruesos que me abrían como alas desplegadas. Mis jugos corrían por su barbilla, el sonido chapoteante mezclándose con mis gemidos y el zumbido lejano de un avión pasando.

Lo puse de pie, desabroché su pantalón. Su verga saltó libre, dura como un eje de hélice, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor que quemaba. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y enredaba sus dedos en mi pelo. —¡Métetela, carnala! —suplicó. Me levanté, girándome contra el avión, arqueando la espalda. Él entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! Cada embestida era un despegue: profunda, rítmica, el choque de su pelvis contra mi culo resonando como motores. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el olor a sexo mezclándose con el combustible.

Entramos al cockpit, él sentado en el asiento del piloto, yo montándolo a horcajadas. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones duros. Lo cabalgaba fuerte, mi clítoris frotándose contra su pubis, el cuero del asiento crujiendo. Sentía su verga hinchándose más, golpeando mi punto G.

Esto es volar de verdad, joder, con él dentro de mí, controlando el ritmo como un as del cielo
. Aceleré, mis uñas clavándose en sus hombros, el orgasmo construyéndose como una tormenta.

—¡Me vengo, pinche Marco! —grité, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros calientes empapándonos. Él rugió, llenándome con su leche espesa, pulsos calientes que me hacían temblar. Colapsamos, jadeando, el cockpit lleno de nuestro aroma: semen, sudor, placer puro. Afuera, las estrellas empezaban a salir, testigos mudos de nuestra pasión.

Nos vestimos despacio, besándonos suaves, risas cansadas. —Tu pasión por la aviación es contagiosa, mi amor —dijo, abrazándome. Caminamos de la mano hacia su camioneta, el viento nocturno fresco en la piel aún sensible. En el camino de regreso, su mano en mi muslo, prometiendo más vuelos. Esa noche, en mi cama, reviví cada sensación: el rugido, el toque, el clímax. Mi pasión por la aviación nunca había sido tan carnal, tan viva. Y sabía que esto era solo el comienzo de muchos despegues juntos.

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