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Etimología de las Pasiones

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Etimología de las Pasiones

Estaba sentada en esa terraza chida de Coyoacán, con el sol de la tarde calentándome la piel como una caricia traviesa. El aroma del café de olla se mezclaba con el dulzor de las churros recién hechos que vendían al otro lado de la plaza, y el bullicio de la gente charlando y riendo me envolvía como un abrazo colectivo. Tenía abierto mi cuaderno, garabateando notas sobre etimología de las pasiones, ese tema que me tenía obsesionada últimamente. Palabras como "deseo", que viene del latín desiderium, las estrellas que faltan en el cielo, o "pasión", de passio, sufrir por algo que te quema por dentro. Neta, era como desentrañar los secretos del alma, pero con un toque que me ponía la piel chinita cada vez que lo pensaba.

De repente, lo vi. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de intelectual cabrón, y ojos cafés que brillaban como el chocolate mexicano bajo el sol. Se acercó a mi mesa con una sonrisa pícara, sosteniendo un libro en la mano. "¿Etimología de las pasiones? ¿Estás descifrando el mapa del corazón o qué?" dijo, con esa voz grave que me erizó los vellos de la nuca. Me quedé mirándolo, sintiendo un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que mi mente aún no admitía.

¿Quién es este pendejo tan guapo? pensé, mientras le hacía señas para que se sentara. Se llamaba Diego, profesor de literatura en la UNAM, y resultó que él también andaba en esas investigando raíces de palabras que despiertan el fuego humano. Hablamos de cómo "lujuria" deriva de luxuria, exceso de luz, como si el deseo fuera un sol que te ciega y te quema al mismo tiempo. Sus manos grandes gesticulaban animadas, y cada vez que rozaba el borde de mi taza, sentía un chispazo eléctrico subir por mi brazo. El aire se cargaba de algo denso, un olor sutil a su colonia mezclada con sudor fresco, y yo no podía dejar de imaginar cómo olería su piel desnuda.

La plática fluyó como el agua del Churubusco en temporada de lluvias: intensa, imparable. Me contó anécdotas de poetas mexicanos que escribían sobre pasiones prohibidas, pero siempre con ese toque romántico que nos hace mexicanos, ¿sabes? Yo reía, neta, con ganas, sintiendo mis pechos apretarse contra la blusa ligera cada vez que me inclinaba hacia él.

Este carnal me está encendiendo sin tocarme todavía
, me dije en voz baja, mientras el sol bajaba y las luces de la plaza empezaban a parpadear como estrellas coquetas.

Al rato, no aguantamos más. "¿Vamos a mi depa? Vivo cerca, en una casa chiquita pero con jardín y todo el desmadre", propuso, y yo asentí, con el corazón latiéndome a mil por hora. Caminamos por las calles empedradas, rozándonos los brazos accidentalmente –o no tanto–, y el roce de su piel contra la mía era como terciopelo áspero, cálido, prometedor. Llegamos a su casa, un lugar acogedor con paredes de adobe pintadas de colores vivos, plantas colgando y un olor a jazmín que flotaba en el aire. Cerró la puerta y, sin mediar palabra, me jaló hacia él.

Sus labios encontraron los míos con hambre contenida, saboreando a café y a algo más dulce, como miel de maguey. Gemí bajito cuando su lengua se coló, explorando mi boca con la misma curiosidad que poníamos en nuestras palabras etimológicas. Esto es la etimología viva de las pasiones, pensé, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretándome el culo con firmeza juguetona. "Eres una chingona, Ana, me tienes loco desde que te vi", murmuró contra mi cuello, y su aliento caliente me hizo arquearme contra él.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sentí sus labios suaves en mis hombros, el roce de su barba raspándome deliciosamente los pezones, que ya estaban duros como piedras de obsidiana. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el lejano ladrido de un perro callejero y el zumbido de las grillos en el jardín. Olía a nosotros: sudor salado, perfume floral mío y ese aroma masculino terroso que me volvía loca.

Lo empujé hacia el sofá, queriendo tomar el control. Le desabroché la camisa, lamiendo su pecho ancho, saboreando el salado de su piel. Bajé más, hasta desabrocharle el pantalón, y ahí estaba su verga, dura y palpitante, oliendo a deseo puro. La tomé en mi mano, sintiendo las venas latiendo como un corazón salvaje, y la chupé despacio, saboreándola como un elote bien untado de crema. Él gruñó, "¡No mames, qué rica boca tienes, morrita!", enredando sus dedos en mi pelo sin jalar, solo guiando con ternura feroz.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, me quité la falda y las calzones de un jalón, quedándome desnuda frente a él. Mi concha ya estaba mojada, resbalosa, pidiendo a gritos que la llenaran. Diego me miró con ojos hambrientos, como si estuviera descifrando el origen de mi fuego. Me acostó en el sofá, besando mi vientre, bajando hasta mi entrepierna. Su lengua en mi clítoris fue como un relámpago: caliente, húmeda, girando en círculos que me hacían jadear y arquear las caderas. "¡Órale, Diego, no pares, cabrón!" le supliqué, mientras el placer subía en oleadas, mis uñas clavándose en sus hombros.

La tensión crecía como una tormenta en el Popo: lenta al principio, retumbando en mi pecho, haciendo que mi pulso tronara en los oídos. Él lamía con maestría, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo donde dolía rico. Sentía cada contracción, el jugo chorreándome por las piernas, el olor almizclado de mi excitación impregnando el aire.

Esto es sufrir la pasión, passio en carne viva
, me repetía en la cabeza, mientras el orgasmo se acercaba como un tren desbocado.

Lo detuve justo antes, queriendo que explotáramos juntos. "Métemela ya, amor", le dije, jalándolo encima de mí. Su verga entró despacio, llenándome centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Era gruesa, caliente, y cada embestida hacía que nuestros cuerpos chocaran con un clap húmedo y obsceno. Sudábamos como locos, piel resbalosa contra piel, sus bolas golpeándome el culo rítmicamente. Aceleró, yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda. ¡Chingado, qué rico! El placer subía, subía, hasta que exploté: un grito ahogado, mi concha apretándolo como un puño, oleadas que me sacudían entera.

Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Nos quedamos así, jadeando, pegados como chicles, con el corazón latiéndonos al unísono. El aire olía a sexo puro, a jazmín marchito y a nosotros, exhaustos y satisfechos.

Después, recostados en la cama –porque migramos allá sin darnos cuenta–, fumamos un cigarrito mientras el viento nocturno mecía las cortinas. "¿Ves? Esa fue la etimología de nuestras pasiones", dijo él, trazando círculos en mi ombligo con el dedo. Reí bajito, sintiendo un calor residual en el vientre. Del latín desiderium, las estrellas que nos faltaban y ahora brillan juntas. Afuera, Coyoacán dormía bajo un cielo estrellado, y yo supe que esto no era el fin, sino el comienzo de más raíces por desenterrar, más fuegos por encender.

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