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Seduciendo al Director de la Película La Pasión de Cristo

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Seduciendo al Director de la Película La Pasión de Cristo

Estaba en mi depa en la Condesa, con el cafecito en la mano, cuando sonó el teléfono. Órale, pensé, ¿quién vergas será tan temprano? Era mi agente, todo emocionado: "¡Mija, te cayeron unas pruebas para una peli con el mismísimo director de la película La Pasión de Cristo! Él anda en México buscando talento para su nuevo proyecto, algo bien pasional, pero con un toque sensual que va a romperla". Mi corazón dio un brinco. Ese cuate, con su fama de visionario, siempre había despertado en mí una curiosidad morbosa. No por la peli religiosa, sino por cómo manejaba la intensidad, el sudor, el dolor mezclado con éxtasis.

¿Y si esta vez la pasión es de otra clase?
me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Llegué al estudio en Polanco, vestida con un vestido negro ajustado que marcaba mis curvas justas, el aroma de mi perfume vainilla flotando en el aire cálido de la ciudad. El lugar olía a madera fresca y luces calientes, como si ya estuviera encendido el set. Ahí estaba él, el director, alto, con esa mirada penetrante que te desnuda sin tocarte. Pelo entrecano, camisa entreabierta dejando ver un pecho velludo y fuerte. "Hola, soy [nombre ficticio], pero todos me conocen como el director de la película La Pasión de Cristo", dijo con voz grave, ronca, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera, como si hubiera cargado cruces reales. Me presentó al equipo, pero sus ojos no se despegaban de mí. Sentí su mirada recorriendo mis chichis, mi culo, como un plano lento de cámara.

La audición empezó formal: leí líneas de un guion que hablaba de tentación en el desierto, de cuerpos azotados por el viento caliente, de toques prohibidos. Pero pronto, él pidió improvisar. "Muéstrame pasión real, carnal", ordenó, acercándose. El aire se cargó de electricidad, olía a su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. Me paré frente a él, mi respiración acelerada, pechos subiendo y bajando. Neta, este pendejo me está prendiendo, pensé, mientras imaginaba sus manos en mi piel. Improvisé: me acerqué, rozando su brazo con mis labios, susurrando: "La pasión no es solo sufrir, es arder por dentro". Él tragó saliva, su nuez de Adán moviéndose, y de repente, su mano tocó mi cintura. "Eso es, justo eso", murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

El equipo se fue discretamente, como si supieran el juego. Nos quedamos solos en el set, con focos suaves iluminando su rostro anguloso. "Eres fuego puro", dijo, jalándome hacia él. Nuestros cuerpos chocaron, su dureza contra mi suavidad. Lo besé primero, mis labios saboreando los suyos salados, lengua explorando como en una escena clave. Sus manos bajaron a mi culo, apretando con fuerza juguetona. Qué chingón se siente, gemí internamente, mientras él me levantaba contra la pared falsa del set, madera rugosa en mi espalda.

Acto dos de nuestra propia peli privada: me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El roce de sus labios en mi cuello, húmedo y caliente, me erizó la piel. Olía a deseo puro, ese almizcle que sale cuando el cuerpo pide más. "Eres mi Magdalena moderna", susurró, recordándome su obra maestra, pero ahora con picardía mexicana. Le arranqué la camisa, mis uñas rozando su pecho, sintiendo los latidos locos de su corazón bajo mis palmas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga tiesa, gruesa, palpitando contra la tela. "No mames, qué mamalona", le dije riendo bajito, y él soltó una carcajada ronca: "Para ti, güerita ardiente".

Nos tumbamos en el sofá de utilería, mullido y oliente a tela nueva. Él se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su lengua en mi clítoris fue como un rayo: chupaba suave al principio, círculos calientes, húmedos, haciendo que mis caderas se arquearan solas. Gemí fuerte, ¡ay, cabrón!, mis manos enredadas en su pelo. El sonido de mis jugos con su boca era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos y su gruñido animal. Sudábamos juntos, piel resbalosa, el aire denso con olor a sexo inminente. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas.

Esto es mejor que cualquier Óscar
, pensé, mientras mi cuerpo temblaba al borde.

Pero no lo dejé acabar ahí. Lo empujé, montándome encima, piel contra piel ardiente. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, gruesa y venosa rozando cada pared. Qué rico, pendejo, le susurré al oído, mordiéndole la oreja. Cabalgaba despacio primero, sintiendo cada centímetro deslizándose, mis chichis rebotando contra su pecho. Él agarraba mis nalgas, guiándome, sus caderas subiendo para clavarse más hondo. El slap-slap de carne contra carne llenaba el set, ecos en las paredes. Aceleré, mis muslos quemando, sudor goteando de mi frente a su boca abierta. "¡Más, mi director, dame todo!", grité, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro, embistiéndome fuerte desde atrás.

Sus manos en mi cintura, jalando, su vientre chocando mi culo con fuerza rítmica. Olía a nosotros, a semen próximo, a coño mojado. Me volteó de nuevo, cara a cara, piernas enredadas. Nos miramos a los ojos, esa conexión profunda, mientras él me penetraba lento y profundo. "Eres mi pasión", jadeó, refiriéndose a su peli pero ahora real. Mi orgasmo llegó como avalancha: contracciones apretándolo, grito ahogado en su hombro, mordiendo su piel salada. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, pulsos fuertes, gruñendo mi nombre como un rezo pagano. Colapsamos, pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizadas.

En el afterglow, yacíamos enredados, su dedo trazando círculos en mi espalda húmeda. El set ahora parecía un paraíso postapocalíptico, luces tenues, silencio roto solo por nuestros suspiros. "Te quiero en la peli, pero más en mi cama", murmuró con sonrisa pícara. Yo reí, besándolo suave: "Cuenta conmigo, director. Esto apenas empieza". Salí de ahí con piernas flojas, el sabor de él en mi boca, el eco de placer en mi cuerpo. Neta, la pasión de cristo tiene competencia, pensé caminando por Polanco, el sol calentándome la piel como su toque. Esa noche, supe que mi carrera –y mi vida– acababa de tomar un rumbo bien chido.

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