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Leyendas de Pasion del Director

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Leyendas de Pasion del Director

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre el set improvisado en esa hacienda chida en las afueras, con sus paredes de adobe blanco y buganvillas trepando como amantes enredados. Yo, Sofia, acababa de llegar para mi primera prueba como protagonista en Leyendas de Pasión, la película que todos decían iba a ser la bomba en el cine mexicano. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia mañanera, mezclado con el aroma dulce de las flores y un toque de humo de carbón de la parrillada que preparaban los asistentes.

Alejandro, el director de Leyendas de Pasión, estaba ahí parado como un dios pagano, con su camisa de lino blanca arremangada hasta los codos, dejando ver unos antebrazos morenos y musculosos que me hicieron tragar saliva. Tenía esa mirada intensa, de ojos café oscuro que parecía leerte el alma, y una barba de tres días que le daba un aire de bandido romántico. "¡Sofía, güey! Ven pa'cá, neta que vas a romperla en esta peli", me gritó con esa voz grave que vibraba en mi pecho como un tamborazo zacatecano.

Me acerqué, sintiendo el roce de mi vestido ligero contra mis muslos, el sudor perlándome la nuca. Él me tomó del brazo, su toque eléctrico, cálido como el tequila reposado que después compartiríamos. "Mira, esta escena es pura pasión, como las leyendas que contaban mis abuelos en Jalisco. Tú eres la mujer que enciende al vaquero perdido". Sus palabras me erizaron la piel, y en mi mente ya imaginaba más que actuar:

¿Y si esto no es solo ficción? ¿Y si él me dirige en la vida real?

Empezamos el ensayo. Él me guiaba con manos firmes pero suaves, colocándome en posición frente al actor principal, un tipo guapo pero tieso como palo de escoba. "¡Siente el deseo, Sofía! Imagina que su aliento te quema la piel". Yo cerré los ojos, inhalando su colonia amaderada que se colaba entre nosotros, pero en verdad pensaba en Alejandro, en cómo su presencia llenaba el set como un imán.

Acto primero del día: la tensión inicial. Después de cortar por décima vez, Alejandro me llevó aparte a la sombra de un mezquite. "Estás forzada, nena. Déjate llevar. Cuéntame, ¿qué te prende de verdad?". Su aliento mentolado rozó mi oreja, y sentí un cosquilleo traicionero entre las piernas. "No sé, director... tal vez un hombre que sepa dirigir no solo cámaras, sino cuerpos". Le guiñé el ojo, juguetona, y él soltó una risa ronca que me mojó las bragas sin remedio.

La tarde avanzaba con el sol tiñendo todo de oro. Sudor salado en mi escote, el crujir de las hojas secas bajo mis sandalias. Compartimos un trago de tequila en vasos de barro, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego líquido. "Eres fuego puro, Sofía. En Leyendas de Pasión, tú vas a ser la leyenda". Sus dedos rozaron los míos al pasarme el vaso, y ahí empezó el verdadero rodaje en mi cabeza.

Al anochecer, el set se vació. Solo quedamos él y yo, revisando tomas en su laptop bajo las luces tenues de la hacienda. El aire nocturno traía olor a jazmín y a su piel masculina, ese musk que me volvía loca. "Mira esta toma, güey. Tu mirada dice todo". Se acercó tanto que sentí el calor de su pecho contra mi hombro. Mi corazón latía como tambor en fiesta, pulsaciones aceleradas en mi cuello.

Acto dos: la escalada. No sé quién dio el primer paso, pero de pronto sus labios estaban en mi cuello, suaves como terciopelo áspero, mordisqueando esa zona sensible que me hace gemir bajito. "Alejandro... ¿esto es parte del guion?". Él murmuró contra mi piel: "Neta, Sofía, esto es mejor que cualquier leyenda. Déjame dirigirte esta noche".

Sus manos expertas desabrocharon mi vestido, el tejido cayendo como cascada al piso de lajas frías. El viento fresco me erizó los pezones, duros como piedras preciosas. Él los miró con hambre, lamiendo sus labios. "Eres perfecta, chula". Bajó la cabeza, su lengua caliente rodeando uno, succionando con esa presión que me arqueó la espalda. Sabía a sal y deseo, su boca un volcán que me hacía jadear.

¡Carajo, este director sabe lo que hace! Cada lamida es una orden que obedezco gustosa.

Lo empujé contra la mesa de madera rústica, oliendo a cedro viejo. Le arranqué la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el vello oscuro crujiendo. Su verga ya dura presionaba contra sus jeans, un bulto que prometía placer. "Quítatelos, pendejo", le ordené juguetona, y él obedeció riendo, su polla saltando libre, gruesa y venosa, con esa gota perlada en la punta que lamí como miel.

El sabor salado me invadió la boca, su gemido grave resonando en la noche como un corrido prohibido. Lo chupé despacio, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus huevos pesados. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar: "Así, mi estrella... justo así". La intensidad subía, mi concha palpitando, jugos resbalando por mis muslos. Me levantó como pluma, sentándome en la mesa, sus dedos explorando mi humedad.

"Estás chorreando, Sofía. Neta que me vuelves loco". Dos dedos entraron en mí, curvándose contra ese punto que me hace ver estrellas, mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado. El sonido húmedo de mis jugos, chapoteando, se mezclaba con mis ayes y su respiración agitada. Olía a sexo puro, a panocha abierta y verga lista. La tensión crecía como tormenta en el horizonte jalisciense.

Lo monté entonces, guiando su verga a mi entrada. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón, qué rico!". Cabalgaba con ritmo, pechos rebotando, sus manos amasando mi culo firme. Cada embestida era un choque de pieles sudorosas, slap-slap ecoando, su pubis rozando mi botón mágico. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Cambié de posición, él detrás, como en las leyendas rancheras de pasión desbocada. Me penetró profundo, una mano en mi cadera, la otra pellizcando mis pezones. "¡Dime que te gusta, nena!". "¡Sí, director, fóllame como en tu película!". El orgasmo me acechaba, coño apretándose alrededor de su verga palpitante.

Acto tres: la liberación. Aceleró, bolas golpeando mi clítoris, gruñendo como fiera. "Me vengo, Sofía... ¡juntos!". Explosé primero, un grito ahogado rasgando la noche, paredes de mi panocha convulsionando, chorros calientes empapándolo. Él se hundió una última vez, caliente leche inundándome, gemido ronco vibrando en mi espalda.

Colapsamos en la mesa, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose al viento. Su beso post-sexo fue tierno, lengua danzando perezosa. Olía a nosotros, a semen y jugos mezclados, tierra y jazmín. "Eres mi mejor leyenda, Sofía. Mañana rodamos la escena real, pero esto... esto es nuestro guion privado".

Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse, el grillo nocturno cantando arrullo.

En las Leyendas de Pasión del director, yo encontré mi propia pasión eterna. Neta, valió cada segundo de espera.
El amanecer nos pilló así, listos para más tomas, más vida.

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