Pasion Prohibida Cap 38 El Fuego Oculto
La noche en la hacienda de mi familia en las afueras de Guadalajara se sentía pesada, cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como una promesa. Mi esposo, Roberto, estaba de viaje en Monterrey por negocios, dejándome sola con mis pensamientos y ese anhelo que me carcomía por dentro. Hacía meses que nuestra pasión prohibida con Diego, su hermano menor, se había convertido en mi secreto más dulce y peligroso. Éramos cuñados, pero eso solo avivaba el fuego. Cada encuentro era como un capítulo más en esta novela que solo nosotros escribíamos.
Escuché el crujido suave de la puerta del jardín. Mi corazón dio un brinco. Sabía que era él. Diego siempre llegaba así, sigiloso como un gato montés, con esa sonrisa pícara que me derretía. Me asomé por la ventana de mi habitación y lo vi: alto, moreno, con la camisa blanca abierta dejando ver ese pecho firme que tantas veces había lamido. Olía a tierra mojada y a colonia barata, pero para mí era el aroma más afrodisíaco del mundo.
Esta noche será nuestra Pasion Prohibida Cap 38, pensé, el capítulo donde el deseo nos quema hasta las cenizas.
—¿Me extrañaste, mamacita? murmuró mientras entraba, cerrando la puerta con llave. Su voz ronca me erizó la piel.
—Ni te imaginas, pendejo, respondí juguetona, lanzándome a sus brazos. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, con ese sabor a tequila que él siempre traía de las cantinas del pueblo. Sus manos grandes se colaron bajo mi camisón de seda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva. Sentí su verga ya dura presionando contra mi vientre, y un gemido se me escapó sin querer.
Nos fuimos desatando lento, saboreando cada segundo. Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me quité el camisón de un tirón, quedando en tanga negra que él adoraba. Mis tetas, grandes y firmes, se mecían libres, y vi cómo sus ojos se oscurecían de lujuria.
—Estás de huevos, Ana. Eres mi pinche diosa, dijo mientras se desabrochaba el cinturón. Su pantalón cayó al suelo, liberando esa verga gruesa, venosa, que apuntaba al techo como un arma lista para la batalla. Me arrodillé frente a él, inhalando su olor almizclado, mezcla de sudor y hombre puro. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel caliente. Lamí la punta, saboreando la gota salada de precum, y lo metí en mi boca hasta donde pude, chupando con ganas mientras él gemía y enredaba sus dedos en mi pelo.
Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi concha se humedecía, empapando la tanga. El sonido de mis labios succionando llenaba la habitación, junto con sus jadeos roncos. Órale, Diego, dame más.
Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, hasta llegar a mis pezones erectos. Los succionó con hambre, tirando de ellos con los dientes, enviando chispas de placer directo a mi clítoris. Gemí alto, arqueando la espalda. ¡Ay, cabrón, no pares!
—Te voy a comer entera, mi reina, gruñó, bajando más. Arrancó mi tanga con un movimiento brusco, exponiendo mi panocha depilada, ya brillante de jugos. El aire fresco de la noche me rozó, haciendo que mi piel se erizara. Su lengua caliente se hundió en mis pliegues, lamiendo desde el ano hasta el botón hinchado. Saboreó mis mieles con deleite, metiendo dos dedos gruesos que me follaban lento, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca.
Sentí el colchón hundirse bajo su peso, el roce de sus barba incipiente en mis muslos internos, el olor de mi propia excitación mezclándose con su sudor. Mi mente era un torbellino: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Roberto nunca me hace sentir así, como una mujer deseada hasta la muerte. Los orgasmos venían en oleadas; primero uno pequeño cuando lamió mi clítoris en círculos, luego uno brutal cuando aceleró los dedos, haciendo que mi cuerpo convulsionara, chorros calientes salpicando su cara.
—¡Ya, Diego! Métemela ya, no mames, supliqué, jadeante.
Se posicionó entre mis piernas, frotando la cabeza de su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón, llenándome por completo. ¡Qué madre, qué grande! El estiramiento era delicioso, dolor y placer puro. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran y el catre chirriara. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando nuestras pieles.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis caderas giraban, cabalgándolo con furia, sintiendo cómo su verga tocaba mi cervix. Él apretaba mis nalgas, guiándome. Soy dueña de esto, de él, de nuestro fuego. El cuarto olía a sexo crudo, a pieles calientes y fluidos. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo aceleraba, persiguiendo el clímax mayor.
No pares, Ana, fóllame como la puta que soy para ti, pensé en éxtasis.
Volteamos; ahora él arriba, misionero salvaje. Me levantó las piernas al hombro, penetrando más hondo, golpeando mi G-spot sin piedad. Grité su nombre, arañando su espalda. Sentí sus bolas contra mi culo, el latido de su corazón contra el mío, acelerados como tambores de mariachi en fiesta.
—Me vengo, pinche rica. ¡Córrete conmigo! rugió.
Explosamos juntos. Su verga se hinchó, eyaculando chorros calientes que inundaron mi útero, mientras mi concha lo ordeñaba en espasmos interminables. El placer fue cegador, estrellas detrás de mis párpados cerrados, cuerpo temblando como hoja en tormenta.
Caímos exhaustos, enredados. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mis jugos en las sábanas revueltas. Me besó la frente, suave ahora, tierno.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Aunque sea prohibido, susurró.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. Nuestra Pasion Prohibida Cap 38 termina así, pero sé que habrá más capítulos. Este amor culpable nos ata más que cualquier boda. Afuera, el viento susurraba en los jacarandas, y el amanecer pintaba el cielo de rosa. Por ahora, éramos solo nosotros, saciados, en paz con nuestro pecado.