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Cuentos de Amor y Pasión en la Noche

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Cuentos de Amor y Pasión en la Noche

La noche en el corazón de Guadalajara caía como un manto caliente y perfumado de jazmines. Yo, Ana, caminaba por las calles empedradas del centro, con el eco de mariachis retumbando en mis oídos y el aroma de tacos al pastor flotando en el aire. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a mi piel sudada por el calor bochornoso, sintiendo cómo cada paso hacía que mis caderas se balancearan con un ritmo que gritaba deseo. Hacía meses que no sentía esa chispa, esa hambre que me carcomía por dentro.

Entonces lo vi. Javier, mi viejo amor de la universidad, sentado en una mesa de la plaza, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre me derretía. Órale, pensé, este vato sigue tan chido como siempre. Sus ojos oscuros me atraparon al instante, como si el tiempo no hubiera pasado. Me acerqué, el corazón latiéndome a mil, y él se levantó de un brinco.

¿Cuánto tiempo, morra? Neta, te ves más rica que nunca.

Su voz grave me erizó la piel, y el roce casual de su mano en mi brazo envió chispas directas a mi entrepierna. Hablamos de todo y nada: de los cuentos de amor y pasión que habíamos vivido en el pasado, de esas noches locas en moteles de carretera donde el sudor y los gemidos eran nuestra lengua secreta. La tensión crecía con cada mirada, cada risa compartida. Olía a su colonia mezclada con el humo de los elotes asados, y yo solo quería saborear sus labios de nuevo.

—Ven, vamos a mi depa —me dijo, tomándome de la mano con esa firmeza que me hacía sentir dueña de su mundo.

Acto seguido, subimos a su camioneta, el motor rugiendo como mi pulso acelerado. En el camino, su mano descansaba en mi muslo, subiendo despacito, rozando la piel sensible bajo el vestido. Sentía el calor de sus dedos, el leve temblor de anticipación. Esto es lo que necesitaba, un cuento de amor y pasión que me haga olvidar el pinche estrés de la chamba.

Llegamos a su departamento en una colonia fancy, con vistas a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a cerveza y a menta, un sabor que me inundó la boca mientras mi lengua danzaba con la suya. Lo empujé contra la pared, mis uñas clavándose en su camisa, arrancándola con urgencia. Su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, olía a hombre puro, a sudor fresco y deseo crudo.

Te extrañé tanto, Ana —murmuró, mientras sus manos exploraban mis curvas, apretando mis nalgas con fuerza juguetona.

Yo más, pendejo —le respondí riendo, mordisqueando su cuello, sintiendo cómo su piel se erizaba bajo mi aliento caliente.

Nos fuimos desvistiendo mutuamente, pieza por pieza, como en un ritual sagrado. Mi vestido cayó al suelo con un susurro suave, dejando mis senos al aire, pezones duros como piedras por la brisa del ventilador. Él se arrodilló, besando mi vientre, bajando hasta mis bragas empapadas. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclándose con el perfume de las velas que encendió de prisa.

Sus labios tan cerca... neta, voy a explotar si no me toca ya.

Javier deslizó las bragas por mis piernas, su aliento cálido rozando mi monte de Venus. Lamio despacio, saboreando mis labios hinchados, su lengua trazando círculos en mi clítoris que me hicieron arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro y revuelto. Qué rico, cabrón, no pares. Cada lamida era un fuego que subía por mi espina, mis jugos cubriendo su barbilla, el sabor salado y dulce invadiendo su boca.

Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Nos tumbamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra mi piel ardiente. Él se quitó los pantalones, revelando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero duro. La masturbe despacio, viendo cómo sus ojos se cerraban de placer, oyendo sus gruñidos bajos como un tigre enjaulado.

Entra en mí, Javier, ya —supliqué, abriendo las piernas, mi coño húmedo y listo, contrayéndose de anhelo.

Se posicionó, la punta rozando mi entrada, lubricándonos mutuamente. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Aaah, grité, mis paredes apretándolo como un guante caliente. Empezó a moverse, primero suave, como olas del Pacífico, luego más fuerte, el slap-slap de piel contra piel llenando el aire junto con nuestros jadeos.

El sudor nos cubría, perlas brillantes resbalando por su espalda mientras yo arañaba sus hombros. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas en ebullición, con toques de su loción y mi perfume floral. Lo volteé encima de mí, cabalgándolo como una reina, mis tetas rebotando con cada embestida. Sus manos en mis caderas, guiándome, acelerando el ritmo. Esto es pasión de verdad, un cuento de amor y pasión que no se acaba.

Siento su verga tan hondo, tocando ese punto que me vuelve loca... órale, voy a correrme.

La tensión subía como un volcán, mis músculos contrayéndose alrededor de él, el placer acumulándose en mi vientre. Él aceleró, gruñendo mi nombre, Ana, Ana, mientras yo gritaba el suyo. El orgasmo me golpeó como un rayo, olas de éxtasis recorriendo mi cuerpo, mi coño chorreando jugos calientes sobre sus bolas. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes y espesos, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a clímax compartido, a piel satisfecha. Javier me besó la frente, suave, tierno, mientras yo trazaba círculos en su pecho con la yema del dedo.

Esto fue chingón, morra. Como en esos cuentos de amor y pasión que tanto nos gustan —dijo, con voz ronca y sonrisa satisfecha.

Yo asentí, sintiendo un calorcito en el pecho que no era solo físico. Neta, esto podría ser el inicio de algo más. La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestra noche, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completa, empoderada en mi piel, en mi deseo. Nos dormimos abrazados, con el eco de mariachis lejanos como banda sonora de nuestro afterglow.

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