Cañaveral de Pasiones Capitulo 2
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Cristóbal, en las tierras fértiles de Veracruz. Yo, Lucía, caminaba entre las cañas altas que se mecían como amantes en secreto, susurrando promesas con el viento caliente. Hacía una semana que había conocido a Mateo en la fiesta del pueblo, ese macho de ojos negros y manos callosas que olían a tierra y sudor. Su mirada me había recorrido como una caricia prohibida, y desde entonces, mi cuerpo ardía con un fuego que no se apagaba ni con las noches frías.
¿Por qué carajos me pongo así con él? me preguntaba mientras avanzaba, el roce de las hojas secas contra mis piernas desnudas enviando escalofríos por mi espina. Llevaba un vestido ligero de algodón, floreado, que se pegaba a mi piel húmeda por el calor. Olía a jazmín que me había puesto en el cuello esa mañana, pero ahora se mezclaba con el dulce aroma de la caña madura, casi empalagoso, como el deseo que me apretaba el pecho.
De repente, lo vi. Mateo salía de entre las cañas, su camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y velludo, brillando de sudor.
¡Qué rico se ve, wey! Como si el sol lo hubiera esculpido para mí.Sonrió con esa picardía veracruzana, dientes blancos reluciendo.
—Lucía, mamacita, ¿ya no aguantaste las ganas? —dijo con voz ronca, acercándose despacio, sus botas crujiendo la hojarasca.
Mi corazón latió fuerte, como tambor en fiesta. —Tú eres el que me trae loca, Mateo. Desde el otro día en el baile, no paro de pensar en tus manos... en lo que podrían hacerme aquí, en este cañaveral de pasiones.
Él rio bajito, un sonido que vibró en mi vientre. Se paró frente a mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo, el olor masculino que me mareaba: mezcla de tierra, tabaco y algo salvaje. Sus dedos rozaron mi brazo, ásperos pero tiernos, subiendo hasta mi hombro. —Este lugar es perfecto, ¿verdad? Como el Cañaveral de Pasiones, capítulo 2. El primero fue en mis sueños, y este... este lo hacemos real.
Nos miramos, el aire cargado de tensión. Sus labios se acercaron, y yo cerré los ojos, sintiendo su aliento caliente en mi boca. El beso fue lento al principio, explorador, sus labios carnosos probando los míos con sabor a caña masticada y sal. Gemí suave cuando su lengua entró, danzando con la mía, mientras sus manos bajaban a mi cintura, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, dura como la caña misma, y un jadeo se me escapó.
No pares, por favor, pensé, mientras el mundo se reducía a ese roce. El viento susurraba en las cañas, un coro erótico que nos envolvía.
Me separó un poco, ojos brillantes de lujuria. —Ven, mi reina. Vamos más adentro.
Me tomó de la mano y me guió por el laberinto verde. Las cañas nos ocultaban, altas como murallas, rozándonos la piel con sus filos suaves. Cada paso aumentaba la electricidad entre nosotros. Paramos en un claro donde la caña formaba un nido natural. Mateo me recargó contra un tallo grueso, fresco contra mi espalda ardiente, y volvió a besarme, ahora con hambre. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos callosos trazando patrones en mi piel sensible.
—Estás mojada ya, ¿verdad, corita? —murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave, su aliento erizándome la piel.
—Neta, Mateo. Me tienes chorreando —confesé, voz temblorosa. Mis manos exploraban su pecho, bajando a su pantalón, sintiendo la verga tiesa palpitando bajo la tela áspera. La apreté, y él gruñó, un sonido animal que me hizo mojarme más.
Me quitó el vestido de un tirón, dejándome en bra y tanga, expuesta al aire caliente. Sus ojos me devoraron, y yo me sentí poderosa, deseada.
¡Mírate, Lucía, como diosa en su templo!Él se desvistió rápido, camisa al suelo, pantalón cayendo, revelando su cuerpo fuerte, marcado por el trabajo en el campo. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando a mí como arma de placer.
Me arrodillé sin pensarlo, el suelo terroso calentándome las rodillas. La tomé en la mano, piel suave sobre dureza, oliendo a hombre puro. La lamí desde la base, sabor salado y almizclado inundando mi boca. Mateo jadeó, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. —¡Qué chida chupas, putita mía! —dijo, voz entrecortada.
Lo tragué profundo, garganta relajada por el deseo, sintiendo su pulso en mi lengua. Él gemía, caderas moviéndose leve, el sonido de su placer mezclándose con el crujir de las cañas. Me levantó luego, besándome con sabor a él mismo en mis labios, y me tendió en el suelo mullido de hojas secas.
Sus labios bajaron por mi cuerpo: cuello, pechos liberados del bra, chupando pezones duros como piedras, enviando rayos al clítoris. Gemí alto, arqueándome. —¡Más, cabrón, no pares!
Llegó a mi panocha, tanga a un lado, lengua lamiendo lento mis labios hinchados. El placer fue explosivo, jugos chorreando en su boca. Saboreó con deleite, slurp húmedo resonando. Es como si me comiera el alma, pensé, uñas clavándose en su espalda.
La tensión crecía, mi cuerpo en llamas. Quería más, lo necesitaba dentro. —Fóllame ya, Mateo. Quiero sentirte hondo.
Él se posicionó, verga rozando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gritamos juntos, plenitud absoluta. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una golpeando mi punto G, jugos salpicando. El sudor nos unía, pieles chocando con plaf rítmico, olor a sexo impregnando el aire dulce del cañaveral.
Aceleró, mis piernas alrededor de su cintura, talones clavándose.
¡Esto es el paraíso, wey! Cada empujón me acerca al cielo.Mis tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El orgasmo se acercaba, tensión en espiral.
—¡Me vengo, Lucía! —gruñó, embistiendo feroz.
—¡Yo también, amor! —chillé, contrayéndome alrededor de su verga, olas de placer rompiéndome en mil pedazos. Él se vació dentro, chorros calientes llenándome, prolongando mi clímax.
Quedamos jadeantes, cuerpos entrelazados en el suelo cálido. El viento secaba nuestro sudor, cañas susurrando aprobación. Mateo me besó suave, terno ahora. —Eres mi pasión, Lucía. Este cañaveral de pasiones es nuestro.
Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. Capítulo 2 completado, pensé sonriendo. El sol bajaba, tiñendo todo de oro, y supe que habría más capítulos en esta historia nuestra.
Nos vestimos lento, caricias perezosas, risas compartidas. Caminamos de vuelta, manos unidas, el aroma de nuestro amor pegado a la piel. En el pueblo, nadie sabría, pero en mi alma, ardía eterno.