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80 Melodias de Pasion en Amarillo

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80 Melodias de Pasion en Amarillo

Estaba sola en mi depa de la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas amarillas que tanto me gustaban. Tenía 28 años, soltera pero no tonta, y esa tarde de sábado me dio por limpiar los archivos de mi laptop. Entre un chorro de fotos de viajes y diseños pendientes, encontré un PDF olvidado: 80 melodias de pasion en amarillo pdf. Neta, ¿de dónde había salido eso? Lo abrí por curiosidad, y pum, era una colección de relatos eróticos con un toque obsesivo por el amarillo: vestidos dorados, pieles bronceadas bajo luces cálidas, pasiones que ardían como el sol del mediodía.

Leí el primero. Hablaba de una morra que seducía a su amante con un negligé amarillo translúcido, sus curvas iluminadas como miel derritiéndose. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por mi vientre. Órale, Sofia, esto está chido, pensé, mientras mis pezones se ponían duros contra la blusa ligera. El aire olía a mi perfume de vainilla mezclado con el sudor leve de la excitación. Saqué el teléfono y le marqué a Diego, mi amante casual, ese pendejo alto y moreno que siempre me ponía como moto.

—Wey, ven ya. Tengo algo que te va a volar la cabeza —le dije, con la voz ronca.

Neta, Sofi? ¿Qué traes? Ya voy, no me hagas esperar.
—respondió él, riendo bajito.

Me levanté de un brinco, corrí al clóset y saqué mi conjunto de lencería amarilla, ese que compré en un viaje a Playa del Carmen. Me lo puse frente al espejo: el bra de encaje dejaba ver mis tetas firmes, la tanga apenas cubría mi panocha ya húmeda. El amarillo brillante contrastaba con mi piel morena, como si el PDF me hubiera poseído. Prendí unas velas amarillas que tenía guardadas, y el cuarto se llenó de un resplandor cálido, como un atardecer eterno. Puse una playlist de boleros sensuales en el Bluetooth, melodías que hablaban de amores prohibidos y cuerpos enredados.

Diego llegó en menos de veinte minutos, oliendo a colonia fresca y a la ciudad vibrante allá afuera. Entró y se quedó pasmado, sus ojos oscuros devorándome de pies a cabeza.

No mames, Sofi, pareces salida de un sueño. ¿Qué es todo este amarillo? —preguntó, acercándose con esa sonrisa pícara que me derretía.

Lo jalé de la camisa, pegando mi cuerpo al suyo. Sentí su verga ya semi-dura contra mi muslo, el calor de su piel a través de la tela.

—Es por esto, pendejo —le dije, mostrándole la laptop abierta en el PDF—. 80 melodias de pasion en amarillo pdf. Léelo y verás cómo me prendió. Ahora, hazme sentirlas en carne propia.

Acto primero: el roce inicial. Nos besamos lento, sus labios gruesos saboreando los míos con gusto a menta y deseo. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona.

Qué chingón se siente su toque, como si cada dedo tocara una cuerda de guitarra
, pensé, mientras mi lengua bailaba con la suya. El sonido de los boleros llenaba el aire, quizá unas ochenta melodías en loop, marcando el ritmo de nuestros jadeos. Olía a su sudor masculino mezclado con las velas de cera derretida, un aroma embriagador que me hacía girar la cabeza.

Lo empujé al sillón, me subí a horcajadas sobre él. Mis tetas rebotaban libres cuando me quité el bra, y él las chupó con hambre, lamiendo mis pezones hasta que dolían de placer. Qué rico, gemí, sintiendo mi concha palpitar, mojando la tanga. Sus dedos se colaron ahí, rozando mi clítoris hinchado, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación dulce y salada.

Estás empapada, mamacita —murmuró él, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde me volvía loca.

El conflicto interno me mordía: quiero ir despacio, saborear cada melodía, pero neta lo necesito adentro ya. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La masturbé lento, sintiendo la piel suave sobre el acero duro, el precum salado en mi lengua cuando la probé.

Acto segundo: la escalada. Me puse de rodillas, el piso fresco contra mis rodillas, y me la metí a la boca. Chupé con ganas, succionando la cabeza mientras mi mano subía y bajaba el tronco. Él gruñía, órale, qué buena mamada, enredando sus dedos en mi cabello negro. El sabor era adictivo, mezcla de sal y hombre puro. Luego, lo tiré al piso sobre la alfombra amarilla que había extendido, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirando mis paredes húmedas. Ay, wey, grité, el placer punzando como aguja caliente.

Cabalgamos al ritmo de la música, mis caderas girando en círculos, sintiendo cada vena rozar mi interior. Sudábamos, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Cambiamos: él encima, embistiéndome profundo, mis piernas enredadas en su cintura.

Cada empujón es una melodía, ochenta crescendos de pasión amarilla
, pensaba yo, arañando su espalda mientras mi orgasmo se acercaba como tormenta. Me volteó a cuatro patas, metiéndomela por atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo. El espejo frente a nosotros reflejaba nuestras caras de éxtasis, cuerpos dorados bajo la luz.

Métemela más duro, Diego, hazme venir —supliqué, mi voz quebrada.

Él aceleró, el slap-slap de carne contra carne ahogando los boleros. Sentí las contracciones, mi panocha apretándolo como vicio, el primer orgasmo explotando en olas que me dejaron temblando, gritando su nombre. No paró, siguió chingándome hasta que él también llegó, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis muslos.

Acto tercero: el afterglow. Nos desplomamos en la cama, cuerpos enredados, el amarillo de las sábanas pegajosas de sudor y fluidos. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su verga floja aún sensible. El aire olía a sexo satisfecho, a velas apagadas y paz. Respirábamos hondo, el corazón latiendo en unisono con las últimas melodías suaves.

Neta, Sofi, ese PDF es oro —dijo él, besándome el cuello.

Sonreí, recordando las palabras del archivo: pasiones que pintan todo de amarillo eterno.

Esto fue mejor que cualquier relato, ochenta melodías vividas en una tarde
. Nos quedamos así, platicando pendejadas, planeando la próxima. El deseo no se apaga, solo muta, como el sol que se pone pero promete volver. Y yo, con mi piel aún vibrando, supe que el amarillo sería para siempre mi color de pasión.

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