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Abismo de Pasion Capitulo 63 La Caida en el Fuego Eterno

7385 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 63 La Caida en el Fuego Eterno

Valeria sintió el calor húmedo del aire de la noche en Puerto Vallarta envolviéndola como un amante impaciente mientras bajaba del taxi frente a la villa frente al mar. Las olas chocaban contra la playa con un rugido sordo, rítmico, como el pulso acelerado que le martilleaba en el pecho. Había pasado semanas evitando las llamadas de Diego, ese pendejo encantador que la volvía loca con solo una mirada, pero esta noche, el deseo había ganado la batalla. Neta, ¿por qué lucho tanto contra esto? pensó, mientras sus tacones crujían sobre la grava del camino iluminado por antorchas tiki que parpadeaban con la brisa salada.

La puerta de la villa se abrió antes de que tocara, y ahí estaba él, recargado en el marco con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho bronceado. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas.

Valeria, mi reina, por fin llegaste. Sabía que no podías resistirte a este abismo de pasión que nos consume.
Su voz era un ronroneo grave, cargado de promesas prohibidas, y el olor a su colonia mezclada con el salitre del mar la golpeó como una ola, haciendo que sus rodillas flaquearan.

—Diego, wey, no empieces con tus dramas de telenovela —dijo ella, pero su sonrisa traicionera la delató mientras entraba, rozando deliberadamente su brazo contra el de él. El interior de la villa era puro lujo: pisos de mármol fresco bajo sus pies, muebles de madera exótica y una chimenea crepitando que lanzaba sombras danzantes sobre las paredes. Afuera, la tormenta se acercaba, truenos lejanos retumbando como preludios de lo que vendría.

Se sentaron en el sofá de cuero suave, con una botella de tequila reposado ya abierta sobre la mesa. Diego sirvió dos shots, sus dedos rozando los de ella al pasárselo. El líquido ámbar bajó ardiente por su garganta, despertando un fuego en su vientre que nada tenía que ver con el alcohol. Hablaron de tonterías al principio —el tráfico en la ciudad, el pinche calor de la costa—, pero la tensión crecía como la marea. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un jadeo contenido.

Capitulo sesenta y tres de nuestro abismo de pasión, murmuró él de repente, inclinándose más cerca. Su aliento cálido olía a tequila y menta, y Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. —Esta vez no te vas a ir sin que nos consumamos del todo, ¿verdad, mamacita?

Ella lo miró, el corazón latiéndole en las sienes. Recordaba todas las noches anteriores, esos encuentros robados donde el deseo los había llevado al borde pero nunca al fondo del abismo. Esta noche sería diferente. Asintió, y él la besó. Sus labios fueron suaves al principio, explorando, saboreando el tequila en su lengua. Luego, el beso se volvió feroz, hambriento; sus dientes rozaron su labio inferior, arrancándole un gemido que vibró en su pecho.

Las manos de Diego subieron por sus muslos, arrugando la tela del vestido hasta que sintió la piel desnuda. Valeria arqueó la espalda, presionando sus pechos contra él, los pezones endureciéndose bajo la delgada tela. Qué chingón se siente su toque, pensó, mientras sus dedos trazaban círculos en su piel, subiendo peligrosamente cerca de su centro palpitante. El aroma de su excitación empezaba a mezclarse con el del mar y el humo de la chimenea, un perfume almizclado que la volvía loca.

Él la levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la camisa, y la llevó a la habitación principal. La cama king size estaba cubierta de sábanas de satén negro, iluminada por velas que proyectaban un resplandor dorado. La arrojó suavemente sobre el colchón, el impacto rebotando sus curvas, y se quitó la camisa de un tirón, revelando su torso esculpido por horas en el gym. Valeria se lamió los labios, admirando la V de sus caderas que desaparecía en sus jeans ajustados.

—Quítate eso, Diego. Quiero verte todo —exigió ella, su voz ronca de necesidad. Él obedeció, desabrochando el cinturón con un chasquido metálico que resonó en la habitación. Su verga saltó libre, dura y gruesa, venosa, apuntando hacia ella como una promesa. Madre mía, qué pinga tan rica. Se arrodilló entre sus piernas, subiendo el vestido hasta su cintura y arrancando sus bragas de encaje con un tirón juguetón.

Sus dedos exploraron su concha húmeda, resbaladizos por sus jugos, rozando el clítoris hinchado en círculos lentos. Valeria jadeó, las caderas elevándose involuntariamente, el sonido de su humedad chasqueando en el aire cargado. —¡Órale, sí, así! —gimió, enterrando las uñas en sus hombros. Él bajó la cabeza, su lengua caliente lamiendo desde su entrada hasta el botón sensible, succionando con maestría. El sabor salado de ella lo enloqueció; gruñó contra su piel, vibraciones que la hicieron temblar.

Valeria lo empujó hacia atrás, queriendo devolverle el favor. Se puso de rodillas en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso, y tomó su verga en la mano, acariciándola de la base a la punta, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La lamió despacio, saboreando el precum salado, luego se la tragó hasta la garganta, gimiendo alrededor de su grosor. Diego maldijo en voz baja, ¡No mames, Valeria, qué boca tan cabrona! Sus caderas se movieron, follando su boca con cuidado, el sonido obsceno de saliva y piel llenando la habitación.

Pero querían más. Ella se montó a horcajadas sobre él, guiando su verga a su entrada empapada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, estirándose alrededor de su tamaño, un gemido gutural escapando de ambos. Se siente tan lleno, tan perfecto. Comenzó a moverse, cabalgándolo con ritmo, sus tetas rebotando libres ahora que se había quitado el vestido. Diego las atrapó en sus manos grandes, pellizcando los pezones rosados, enviando chispas de placer directo a su núcleo.

La tormenta afuera estalló, lluvia azotando las ventanas como aplausos a su frenesí. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, el cuero de sus rodillas crujiendo contra las sábanas. Entró de nuevo de un embiste profundo, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust. —¡Más fuerte, pendejo, rómpeme! —suplicó ella, empujando hacia atrás. Diego obedeció, sudando, el olor a sexo y sudor impregnando el aire, sus gruñidos mezclándose con los truenos.

El clímax se acercó como una ola gigante. Valeria sintió el nudo en su vientre apretarse, sus paredes contrayéndose alrededor de él. —¡Me vengo, Diego, ay wey! —gritó, el orgasmo explotando en oleadas, jugos chorreando por sus muslos. Él la siguió segundos después, corriéndose dentro de ella con un rugido primal, llenándola de calor pulsante.

Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y jadeos entrecortados. La lluvia amainaba, dejando solo el susurro de las olas. Diego la besó en la frente, trazando patrones perezosos en su espalda.

Este abismo de pasión, capitulo sesenta y tres, nos ha cambiado para siempre.
Valeria sonrió contra su pecho, el corazón lleno. Por primera vez, no había arrepentimiento, solo la promesa de más capítulos en su fuego eterno.

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