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Pasión en Otros Idiomas

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Pasión en Otros Idiomas

Estaba en esa cantina de la Condesa, con el ruido de los vasos chocando y el olor a tacos al pastor flotando en el aire, cuando lo vi. Un wey güero, alto como torre, con ojos azules que brillaban bajo las luces neón. Se veía perdido, tratando de descifrar el menú con una cara de pendejo confundido. Yo, Ana, acababa de pedir mi michelada bien fría, con limón y sal en el borde, y el sudor de la noche de México me pegaba la blusa al cuerpo. Neta, algo en él me prendió de inmediato. No era solo guapo, era como si hablara otro idioma con su sola presencia.

Me acerqué, sonriendo con picardía. "¿Todo bien, guapo? ¿Qué vas a pedir?" Le dije en español clarito, mexicano de pura cepa. Él levantó la vista, sonrió y balbuceó algo en francés, creo. "Je ne sais pas... menu?" Su acento era como caricia ronca, y el olor de su colonia, mezclado con el humo de los cigarros, me llegó directo al estómago. Saqué mi cel y le mostré Google Translate. "Prueba con esto, wey." Reímos juntos, torpes, pero ya sentía el cosquilleo en la piel, ese que sube por las piernas como electricidad.

Se llamaba Pierre, de París. Hablaba poquito inglés, menos español. Yo, con mi inglés de Netflix, apenas le seguía el paso. Pero no importaba. Pedimos tacos y chelas, y entre gestos y apps, platicamos. Él me contó de la Torre Eiffel con manos volando, yo le hablé del Zócalo y el pinche tráfico. Cada vez que se inclinaba, su aliento a menta y cerveza me rozaba el cuello.

Este cabrón me va a volver loca, pensé. ¿Cómo chingados se dice "te quiero besar" en francés?
La tensión crecía, lenta, como el calor que subía por mi entrepierna.

Salimos a caminar por las calles empedradas, con el bullicio de la ciudad de fondo: risas, cláxones, mariachis lejanos. Él me tomó la mano, suave al principio, luego apretó. Su palma era cálida, áspera de quien trabaja con las manos. "¿Casa?" me dijo, señalando con la cabeza. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo. En mi depa chiquito en Roma, con velas de vainilla encendidas y el ventilador zumbando, nos sentamos en el sofá. Intentamos hablar más: él susurró je t'aime, yo le respondí te deseo. Las palabras chocaban, pero los ojos no mentían.

Me acerqué primero, empoderada, dueña de mi pinche cuerpo. Lo besé, lento, saboreando sus labios carnosos con gusto a tequila y sal. Su lengua entró tímida, luego fiera, explorando mi boca como si fuera un mapa secreto. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos bajaron por mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos. Sentí el aire fresco en mis tetas, los pezones endureciéndose al instante. ¡Qué rico! Él las miró, hipnotizado, y murmuró algo en francés que sonaba a poesía sucia.

Lo empujé suave al sofá, montándome a horcajadas. Su verga ya dura presionaba contra mis jeans, un bulto caliente que me hacía mojarme más. "Desnúdate", le ordené en español, y él obedeció, quitándose la camisa. Su pecho lampiño, músculos definidos, olía a sudor limpio y deseo. Lo besé ahí, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el ombligo. Él jadeaba, mon dieu escapando de sus labios. Le abrí el cinturón, saqué su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, suave al principio, sintiendo el pulso acelerado. La chupé despacio, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza. Él gruñó, arqueándose, sus manos en mi pelo.

Esto es pasión en otros idiomas, neta. Sus gemidos franceses y mis suspiros mexicanos se mezclan como pinche sinfonía erótica.

Me levantó, me quitó los pantalones con urgencia. Mis bragas empapadas cayeron, revelando mi coño depilado, hinchado de ganas. Él se arrodilló, mirándome con hambre. Su lengua tocó mi clítoris, un roce eléctrico que me hizo gritar. ¡Ay, wey! Lamía experto, chupando, metiendo dedos curvos que rozaban mi punto G. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce. Gemí fuerte, chíngame con la boca, aunque no entendiera. Mi cuerpo temblaba, las piernas flaqueando. Vine primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, jugos chorreando en su cara sonriente.

Lo tiré a la cama, mi cama revuelta con sábanas de algodón fresco. Me subí encima, frotando mi coño mojado contra su verga dura. "Entra", le dije, guiándolo. Se deslizó adentro, grueso, llenándome hasta el fondo. ¡Qué pinche delicia! Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Él gemía en francés, oui, plus fort, agarrando mis caderas. Aceleré, tetas rebotando, sudor perlando mi piel. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados, el crujir de la cama. Cambiamos: él encima, misionero profundo, besándome el cuello mientras embestía. Sus bolas golpeaban mi culo, el placer subiendo como ola.

Lo volteé a perrito, mi posición favorita. Entró desde atrás, profundo, una mano en mi clítoris frotando. ¡Más, cabrón! Grité, empujando contra él. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, nuestra esencia. Él aceleró, gruñendo palabras francesas que sonaban a ruegos. Sentí su verga hincharse, mi coño apretándolo. Vine de nuevo, convulsionando, gritando su nombre. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, gimiendo je t'aime una y otra vez.

Caímos exhaustos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo húmedo. No hablamos mucho después; no hacía falta. En la penumbra, con el zumbido del ventilador y el tráfico lejano, pensé en lo perfecto que había sido. Pasión en otros idiomas, susurré en mi mente. Él levantó la cabeza, sonrió, y dijo passion en autres langues, torpe pero tierno. Reímos bajito, besándonos suaves.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, preparamos café en mi cocina chiquita. Hablamos más, con la app, planeando vernos de nuevo. Él se fue al aeropuerto, pero dejó su número y un beso que aún quema. Neta, esa noche cambió todo. Aprendí que el deseo no necesita diccionario; se dice con el cuerpo, con miradas, con gemidos en cualquier pinche idioma. Y yo, Ana, la mexicana ardiente, lo viví en carne propia.

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