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Pasion 84 Noche de Fuego

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Pasion 84 Noche de Fuego

El calor de la noche en la Ciudad de México me envolvía como un abrazo pegajoso mientras caminaba por las calles iluminadas de la Zona Rosa. Las luces de neón parpadeaban, reflejándose en los charcos de la lluvia reciente, y el olor a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi falda ajustada y blusa escotada, sentía el pulso acelerado. Hacía meses que no veía a Rodrigo, mi ex que aún me hacía mojar con solo pensarlo. Neta, el wey me traía loca desde la uni.

Entré al bar La Luna Llena, un antro chido con música de cumbia rebajada que retumbaba en mis huesos. Ahí estaba él, sentado en la barra, con esa camisa negra que le marcaba los músculos del pecho. Sus ojos oscuros me atraparon al instante.

¿Qué chingados hago aquí? Me digo, pero mis pies ya caminan solitos hacia él.
Se volteó, sonrió con esa picardía mexicana que me deshace.

—Órale, Ana, ¿tú por acá? —dijo, su voz ronca como el tequila reposado.

—Pura casualidad, pendejo —mentí, sentándome a su lado. El aroma de su colonia, mezcla de madera y picante, me invadió las fosas nasales. Pedimos unos tequilas, y mientras chocábamos los vasos, nuestras rodillas se rozaron bajo la barra. Ese toque eléctrico subió por mi muslo, directo a mi entrepierna. Hablamos de la vida, de trabajos chafas y sueños postergados, pero la tensión crecía como la espuma de una chela recién abierta. Sus dedos rozaron mi mano al pasar el limón, y sentí el calor de su piel contra la mía, áspera y fuerte.

La música cambió a un sonidero que invitaba a bailar. Me jaló a la pista, sus caderas pegadas a las mías. Bailamos pegaditos, sudando, mi culo rozando su paquete que ya se ponía duro. Qué rico se siente, pensé, mientras su aliento caliente me erizaba la nuca. Sus manos bajaron por mi cintura, apretando posesivo. —Te extrañé, morra —murmuró al oído, y su barba raspó mi piel sensible.

Salimos del bar con el deseo ardiendo. Caminamos hasta su coche, un Tsuru viejo pero chido, y en el camino al Motel Pasion 84 —ese lugar legendario en las afueras, conocido por sus habitaciones con jacuzzi y espejos en el techo— no paramos de tocarnos. Su mano en mi muslo subía lento, rozando el encaje de mis calzones. Yo le mordí el lóbulo de la oreja, saboreando el salado de su sudor. El tráfico de la noche olía a escape y antojitos callejeros, pero dentro del auto, solo existía nuestro jadeo contenido.

Acto dos: La escalada

El Motel Pasion 84 se alzaba como un oasis de placer prohibido, con su letrero rosa brillante y palmeras mecidas por el viento. Pagamos la hora —claro, porque aquí todo es rápido y ardiente— y entramos a la habitación 12, con luces tenues rojas que pintaban nuestras sombras en las paredes. El aire olía a desinfectante mezclado con el perfume de otras parejas que habían sudado ahí antes. Rodrigo me empujó contra la puerta, besándome con hambre. Sus labios carnosos devoraban los míos, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su cuerpo contra el mío, duro como piedra.
Le quité la camisa, lamiendo su pecho moreno, sintiendo los vellos rizados bajo mi lengua. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Sus manos desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas grandes y firmes. Las amasó con rudeza juguetona, pellizcando los pezones hasta que dolían rico. —Qué chulas están, Ana, siempre me vuelven loco —gruñó, bajando la cabeza para mamar uno, succionando fuerte mientras yo arqueaba la espalda.

Caímos en la cama king size, sábanas de satén negro que se pegaban a nuestra piel sudada. Me desvistió despacio, besando cada centímetro: el ombligo, el hueso de la cadera, hasta llegar a mis calzones empapados. El olor de mi excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce. Me los quitó con los dientes, rozando mis labios vaginales. —Estás chorreando, morrita —dijo con voz ronca, y metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de mis jugos resonando.

Pero no quería acabar así. Lo volteé, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado musgoso. Él se quejó, enredando sus dedos en mi pelo. —Chinga, Ana, qué buena mamada das. —La chupé profundo, garganta relajada, mientras mis tetas rebotaban. Él jadeaba, el pecho subiendo y bajando rápido, olor a macho puro invadiéndome.

La tensión crecía, un nudo en mi vientre. Lo empujé boca arriba, montándolo despacio. La punta rozó mi entrada, y bajé de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Grité internamente, el estirón delicioso. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena frotando mis paredes. El jacuzzi burbujeaba de fondo, vapor subiendo, pero nosotros éramos el verdadero incendio. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, más rápido, más duro. Sudor goteaba de su frente al mío, salado en mis labios cuando lo besé.

Inner struggle: Recordé por qué terminamos —celos, trabajos, la vida pendeja— pero en ese momento, nada importaba. Solo su mirada ardiente, fija en mis tetas saltando. Cambiamos posiciones; él encima, misionero profundo, sus embestidas golpeando mi cervix con placer punzante. —Dime que te gusta, Ana —exigió, y yo: —¡Sí, pendejo, chíngame más fuerte! El cuarto olía a sexo crudo, moans mezclados con el slap slap de piel contra piel.

Acto tres: El clímax y el eco

La intensidad subió como un volcán. Me puso a cuatro patas frente al espejo, viéndonos: mi culo redondo empinado, su verga entrando y saliendo, brillando con mis jugos. El sight era porno puro, mis pezones duros rozando el colchón. Él azotó mi nalga, un slap rojo que ardía rico, y aceleró. Sentía su saco golpeando mi clítoris, ondas de placer acumulándose.

Ya mero, no aguanto, va a explotar todo.

—Me vengo, Rodrigo —avisé, voz entrecortada. Él gruñó: —Yo también, juntas. Un último empujón profundo, y exploté. Mi coño se contrajo en espasmos, leche caliente saliendo, empapando las sábanas. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda, olas de éxtasis recorriendo cada nervio. Él se corrió segundos después, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, jadeando, piel pegada por sudor y semen.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, el jacuzzi llamándonos. Entramos al agua burbujeante, caliente envolviéndonos como un útero. Lavó mi cuerpo con jabón espumoso, dedos gentiles en mis pliegues sensibles. Yo lo enjaboné, riendo cuando su verga se medio paró de nuevo. —Eres insaciable, wey —le dije, besándolo suave.

Salimos del Motel Pasion 84 al amanecer, el cielo rosado sobre la ciudad. Nos despedimos con un beso largo, prometiendo no ser la última vez. Caminé a casa con las piernas flojas, el sabor de él en mi boca, el eco de nuestro fuego en mi piel. Pasion 84, el lugar que revivió lo nuestro. Neta, la vida sabe a revancha dulce cuando menos lo esperas.

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