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Cual Es El Color De La Pasion

7058 palabras

Cual Es El Color De La Pasion

La noche en Polanco ardía con luces neón y el eco de cumbia rebajada retumbando en las calles. Tú, con ese vestido rojo ceñido que te hacía sentir como una diosa callejera, entraste al bar La Pasión Oculta, un antro chido lleno de morros y morras bien puestas. El aire olía a mezcal ahumado, tabaco y un toque de perfume caro mezclado con sudor fresco. Te sentaste en la barra, pediste un raicero con sal y limón, y mientras el hielo tintineaba en el vaso, tu mente divagó.

¿Cuál es el color de la pasión? ¿Rojo como la sangre hirviendo? ¿Negro como la noche que nos envuelve?

Entonces lo viste. Alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como obsidiana bajo las luces. Su camisa blanca abierta dejaba ver un pecho tatuado con un águila devorando una serpiente, puro México en su piel. Se acercó con una sonrisa pícara, "¿Qué onda, preciosa? ¿Te puedo invitar ese trago o ya traes la fiesta armada?" Su voz era grave, como el ronroneo de un jaguar, y olía a colonia con notas de sándalo y algo salvaje debajo.

Le seguiste el juego. "Órale, wey, si me convences con buena plática. ¿Cuál es el color de la pasión, según tú?" soltaste, medio en broma, mientras tus dedos rozaban el borde del vaso. Él se rio, una carcajada que vibró en tu pecho, y se sentó a tu lado. Se llamaba Diego, DJ de fines en antros de la Roma, y en minutos ya estaban platicando de todo: de tacos al pastor en la Condesa, de cómo el mezcal quema pero deja un calor chido adentro.

La tensión creció con cada sorbo. Sus rodillas se rozaban bajo la barra, un contacto eléctrico que te erizaba la piel. El bar se llenó más, cuerpos bailando pegados, el bajo de la música latiendo como un corazón acelerado. "Ven, baila conmigo", te dijo, tomándote la mano. Su palma era cálida, callosa de tanto cargar consolas, y te jaló a la pista. Ahí, con el ritmo pegajoso, sus caderas se pegaron a las tuyas. Sentiste su dureza presionando contra tu trasero, sutil pero innegable. El sudor perlaba su cuello, salado al gusto cuando rozaste tus labios ahí por accidente. O no tan accidente.

Salieron del bar con el aire fresco de la medianoche golpeándolos. Caminaron por Avenida Masaryk, risas flotando entre ellos, hasta su depa en un edificio moderno con vista al skyline. "Pasa, no mames, está chido adentro", dijo abriendo la puerta. El lugar olía a incienso de copal y café recién hecho. Luces tenues, una cama king size con sábanas negras, y reggaetón suave sonando de fondo.

Te besó en la entrada, un beso hambriento que sabía a mezcal y menta. Sus labios carnosos devoraban los tuyos, lengua explorando con maestría, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando el vestido con dedos hábiles. Qué chingón se siente esto, pensaste, mientras la tela roja caía al suelo como una flor marchita. Quedaste en lencería negra, tetas firmes alzadas por el brasier, y él te miró como si fueras el pinche manjar del año. "Estás de hija, wey. Neta, no exagero".

Te llevó a la cama, cuerpos entrelazados. Sus besos bajaron por tu cuello, mordisqueando suave, dejando huellas rojas que ardían delicioso. El olor de su piel, mezcla de sudor y colonia, te mareaba. Lamiste su pecho, saboreando la sal, trazando la lengua sobre el tatuaje. Él gimió, "Ay, cabrona, me vas a volver loco", y sus manos masajearon tus chichis, pellizcando pezones que se endurecieron al instante. Un calor líquido se acumuló entre tus piernas, tu concha palpitando, húmeda ya de pura anticipación.

¿Cuál es el color de la pasión? Es este rubor en mis mejillas, el morado de sus ojos dilatados.

La cosa escaló lento, sabroso. Te quitó el brasier con dientes, succionando un pezón mientras su mano bajaba por tu vientre plano, metiéndose en las panties. Tocó tu clítoris con círculos precisos, justo como te gustaba, y gemiste alto, arqueando la espalda. "¿Así, amor? ¿Te late?" Asentiste, jadeando, mientras él chupaba el otro pezón, dientes rozando lo suficiente para doler rico. Olía a tu propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el copal del cuarto.

Lo empujaste suave, queriendo tomar control. Le bajaste el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche mástil. La agarraste, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbaste lento, sintiendo el pulso acelerado. Él gruñó, caderas moviéndose, pre-semen brillando en la punta. La lamiste desde la base, lengua plana saboreando ese gusto salado-amargo, hasta meterla entera en tu boca. "¡No mames, qué rica chupas! Sigue, no pares". Lo hiciste gemir como loco, saliva chorreando, mientras tus dedos jugaban con sus huevos pesados.

Pero querías más. Te quitaste las panties, montándote encima. Su verga rozó tu entrada húmeda, resbalosa, y bajaste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te llenaba, estirándote delicioso. Pinche paraíso. Empezaste a moverte, cabalgando con ritmo, tetas rebotando, sus manos en tus caderas guiando. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, gemidos mezclados con la música. Sudor corría por su pecho, goteando en el tuyo, sal en la lengua cuando lo besaste.

La tensión subió como volcán. Cambiaron posiciones: él encima, embistiendo profundo, verga golpeando tu punto G con cada thrust. "Dime qué sientes, preciosa. ¿Cuál es el color de la pasión ahorita?" jadeó en tu oído, mordiendo el lóbulo. "Es... es el de tu piel contra la mía, moreno brillante de sudor", respondiste entre alaridos. Sus bolas chocaban contra tu culo, clítoris frotándose en su pubis. El cuarto olía a sexo puro, almizcle pesado, y el aire estaba cargado de calor.

Inner struggle: parte de ti quería que durara eterno, pero el orgasmo rugía cerca. Aceleró, follándote duro, "Ven conmigo, amor, córrete en mi verga". Y explotaste. Olas de placer te barrieron, concha contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando, grito ahogado en su hombro. Él siguió unos segundos más, gruñendo, y se corrió adentro, chorros calientes llenándote, semen mezclándose con tus fluidos.

Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre ti era reconfortante, verga ablandándose aún dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El afterglow envolvía todo en una niebla tibia. Te acarició el cabello, "Neta, eso fue de otro mundo. ¿Ya descubriste el color?"

¿Cuál es el color de la pasión? No es uno solo. Es el rojo de mi vestido tirado, el moreno de tu piel, el blanco perlado de tu leche en mis muslos. Es todos los colores cuando dos almas se prenden fuego.

Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, con la ciudad brillando afuera. Mañana sería otro día, pero esa noche, la pasión pintó el mundo entero.

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