Oracion de Pasion de Cristo Confortame
En la penumbra de mi recámara en el corazón de la Roma Norte, con el aroma a jazmín flotando desde el balcón abierto, me arrodillé frente al altar improvisado. La vela parpadeaba, lanzando sombras danzantes sobre el crucifijo de madera tallada que mi abuela me había regalado. Mi nombre es Lucía, treinta años, maestra de catecismo en la parroquia, pero esa noche, el fuego en mi vientre me traicionaba. Hacía meses que conocía a Diego, ese macho alto, de ojos negros como el obsidiana y sonrisa que derretía mis rezos. Nos habíamos encontrado en la posada del pueblo durante las fiestas patronales, bailando sones jarochos hasta que el sudor nos pegó la ropa al cuerpo.
Él entró sin tocar, como si supiera que lo esperaba. Órale, mi reina, murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel. Vestía una camisa blanca ajustada, pantalones que marcaban sus muslos fuertes. Me levantó del suelo con manos callosas de carpintero, y su olor a tierra mojada y colonia barata me invadió las fosas nasales. ¿Estás lista para pecar conmigo? preguntó, rozando mis labios con los suyos. Mi corazón latía como tambor en kermés, pero asentí, porque la neta, lo deseaba más que a un milagro.
Nos besamos lento al principio, sus labios salados probando los míos como si fueran tamarindo maduro. Sus manos subieron por mi blusa de algodón, desabrochando botones con dedos temblorosos. Sentí el roce áspero de sus palmas contra mis pechos, los pezones endureciéndose como piedras bajo su toque. Qué chulas tus chichis, Lucía, gruñó, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. El aire se cargó de nuestro aliento caliente, mezclado con el incienso que aún ardía en el altar.
Virgen santa, dame fuerzas, pensé, pero mi cuerpo gritaba otra oración.
Me recostó en la cama king size que compartía con mis fantasías solitarias, las sábanas de hilo fresco rozando mi espalda desnuda. Diego se quitó la camisa, revelando un torso moreno surcado de músculos, vello oscuro bajando hasta su ombligo. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde palpitaba mi pulso. Te voy a comer viva, mi amor, prometió, y sus dientes mordisquearon suave mi piel, enviando chispas hasta mi entrepierna.
El deseo crecía como tormenta en el desierto sonorense. Sus manos bajaron mi falda plisada, exponiendo mis bragas de encaje rojo –un capricho secreto–. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y él inhaló profundo, ojos brillando de hambre. Estás mojadita ya, ¿verdad, pendejita? bromeó juguetón, y yo reí nerviosa, arqueando la cadera para que me las quitara. Su lengua trazó un camino ardiente por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo para succionar, haciendo que mis muslos temblaran.
Entonces llegó el momento. Mientras sus dedos separaban mis labios húmedos, explorando con delicadeza mi clítoris hinchado, murmuré para mí misma: oracion de pasion de cristo confortame. Era mi rezo secreto, transformado en súplica erótica. Cristo en su pasión había sufrido, pero yo buscaba consuelo en este placer carnal. Diego alzó la vista, confundido un segundo, pero sonrió pícaro. ¿Qué rezas, mi santa? Sus dos dedos entraron en mí despacio, curvándose para tocar ese punto que me hacía jadear. El sonido húmedo de mi concha chupando sus dedos llenó la habitación, rítmico como un son huasteco.
Me incorporé a medias, jalándolo hacia mí. Quería sentir su verga dura contra mi palma. La saqué de los pantalones –¡madre mía, qué pedazo de tranca!– gruesa, venosa, con la cabeza reluciente de precum. La apreté, sintiendo su pulso acelerado bajo mi tacto, y él siseó entre dientes. Cabróna, me vas a matar. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y musgosa, como mar mezclado con sudor de hombre. Él enredó sus dedos en mi cabello largo, guiándome sin forzar, gimiendo mi nombre como letanía.
Esto es pecado, pero qué chido pecado, me dije, mientras mi lengua giraba alrededor de su glande.
La tensión subía como el calor de un comal al mediodía. Diego me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordiendo la curva de mis nalgas. Sus manos amasaron mi carne, abriéndome, y sentí su aliento caliente en mi entrada. Prepárate, mi vida. Entró de golpe, pero suave, su verga llenándome hasta el fondo en una embestida que me arrancó un grito ahogado. El estiramiento ardía delicioso, mis paredes contrayéndose alrededor de él como puño amante.
Empezamos a movernos, él atrás, yo empujando contra sus caderas. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sudor nos unía, goteando por su pecho hasta mi espalda, salado al lamerlo. Más fuerte, Diego, ¡no seas rajón! lo provoqué, y él obedeció, clavándome profundo, su saco golpeando mi clítoris con cada thrust. Mis tetas rebotaban, pezones rozando las sábanas ásperas, multiplicando el placer.
El clímax se acercaba, una ola inevitable. Sentí mis músculos tensarse, el calor acumulándose en mi bajo vientre. Oración de pasión de Cristo, cófrtame, susurré de nuevo, ahora en voz alta, mi voz quebrada por el éxtasis. Diego, sintiendo mi apretón, aceleró, gruñendo como fiera. Vente conmigo, Lucía, déjate ir. Y lo hice. El orgasmo me partió en dos, un estallido de luz detrás de mis ojos cerrados, mi concha convulsionando, ordeñando su verga. Él se corrió segundos después, caliente chorros inundándome, su cuerpo colapsando sobre el mío en temblores compartidos.
Nos quedamos así, enredados, el aire pesado con olor a sexo y velas apagadas. Su peso reconfortante sobre mí, su aliento en mi oreja. ¿Qué significa esa oración tuya? preguntó bajito, trazando círculos en mi cadera. Sonreí, girando para besarlo. Es mi forma de pedir consuelo en la pasión, mi amor. Como Cristo en su cruz, pero en tus brazos. Él rio suave, besando mi frente.
La noche se extendió en caricias perezosas. Sus dedos juguetearon con mis pezones aún sensibles, provocándome risas y suspiros. Hablamos de todo: de las posadas en Veracruz, de cómo su familia en Puebla hace mole como los dioses, de mis clases en la iglesia donde ahora vería los crucifijos con ojos nuevos. El deseo renació lento, pero esta vez fue tierno. Me monté sobre él, guiando su verga semi-dura adentro de mí, cabalgándolo con movimientos circulares que nos hicieron gemir de nuevo.
Esto es mi nuevo evangelio, pensé, mientras su mirada devoraba mis curvas balanceándose.
Sus manos en mis caderas me guiaban, pero yo mandaba el ritmo, apretándolo con mis paredes internas hasta que endureció por completo. El frotamiento era exquisito, mi clítoris rozando su pubis peludo. Sudamos otra vez, el olor más intenso, crudo. Eres mi diosa pagana, jadeó él, pellizcando mis nalgas. Aceleré, sintiendo el segundo orgasmo subir como volcán, explotando en espasmos que lo arrastraron al suyo. Su semen se mezcló con el mío, chorreando por mis muslos cuando me aparté.
Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, nos duchamos juntos. El agua caliente lavó nuestros fluidos, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi piel, mi boca en su cuello, prometiendo más noches de oración pervertida. Salimos envueltos en toallas, riendo como güeyes enamorados. En el altar, encendí otra vela. Gracias por el consuelo en esta pasión, recé en silencio, mientras Diego me abrazaba por detrás.
Desde esa noche, nuestra relación floreció. Follábamos con devoción, siempre con ese toque sagrado-profano. Él aprendió mi oración, susurrándola en mi oído durante el coito: oracion de pasion de cristo confortame. Se convirtió en nuestro mantra erótico, un lazo invisible que nos unía más que cualquier voto. En las calles empedradas de la ciudad, tomados de la mano, nadie adivinaba los secretos que ardían bajo nuestra piel. Y yo, Lucía, encontré consuelo no solo en la fe, sino en el fuego de su cuerpo contra el mío.