Nuestra Pasion Ardiente
El sol de Mazatlán caía como una caricia de fuego sobre la playa, tiñendo de oro la arena fina que se pegaba a mis pies descalzos. Yo, Ana, había llegado esa tarde con el corazón latiendo fuerte, sabiendo que Javier me esperaba en esa casa rentada frente al mar. Habían pasado dos años desde nuestra última noche juntos, pero el recuerdo de su piel morena y áspera contra la mía aún me erizaba la piel. Neta, ¿por qué lo dejé ir? me preguntaba mientras caminaba por el malecón, el olor salado del Pacífico invadiendo mis fosas nasales, mezclado con el aroma dulce de las elotes asados de los vendedores ambulantes.
Lo vi desde lejos, recostado en una hamaca en el porche, con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba. Javier, mi carnal de juventud, el wey que me hacía sentir viva con solo una mirada. Llevaba una guayabera blanca abierta, dejando ver el vello oscuro de su pecho, y unos shorts que marcaban sus muslos fuertes.
«¡Órale, Ana! ¡Ven pa'cá, ricura!»gritó, su voz ronca cortando el rumor de las olas.
Me acerqué, sintiendo cómo el viento jugaba con mi vestido ligero de algodón, pegándolo a mis curvas. Nuestros ojos se encontraron, y ahí estaba: esa chispa inicial, el deseo crudo que nunca se apagó. Me abrazó fuerte, su cuerpo duro presionando el mío, y olí su colonia fresca con toques de coco, esa que siempre usaba para volverme loca. Mi piel ardía donde nos tocábamos. «Te extrañé, mi amor», murmuró en mi oído, su aliento cálido rozando mi cuello.
Entramos a la casa, un lugar chido con paredes de adobe blanco y muebles de mimbre. Preparó unos tequilas con limón y sal, y nos sentamos en el sofá mirando el atardecer. Hablamos de todo y nada: de mi trabajo en la city, de sus viajes por la sierra, pero el aire entre nosotros vibraba con tensión. Cada vez que sus dedos rozaban mi mano al pasarme el vaso, un escalofrío me recorría la espina dorsal. Quiero sentirlo ya, neta, esta espera me está matando.
La noche cayó suave, con el sonido de las cigarras y el mar rompiendo en la orilla. Cenamos mariscos frescos que él preparó –camarones al ajillo que olían a ajo y chile–, y el vino blanco nos soltó la lengua. «¿Sabes qué, Ana? Nuestra pasión nunca se fue, solo estaba dormida», dijo Javier, sus ojos oscuros clavados en los míos. Asentí, sintiendo un nudo en el estómago, buena onda pero ardiente. Me levanté para lavar los platos, y de repente sus brazos me rodearon por la cintura desde atrás. Su pecho contra mi espalda, sus manos subiendo lento por mis costados.
El corazón me retumbaba como tambor de banda sinaloense.
Acto dos: la escalada
Sus labios rozaron mi nuca, suaves al principio, luego con más hambre. Giré el rostro y lo besé, un beso que empezó tierno pero explotó en fuego. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando el tequila y el salitre en la boca del otro. Su sabor era adictivo, como tamarindo con chile. Me cargó como si no pesara nada y me llevó al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de lino fresco. La habitación olía a jazmín del jardín y a nosotros, a ese sudor anticipado de deseo.
Me quitó el vestido despacio, sus ojos devorándome. «Estás más chula que nunca, mamacita», gruñó, y yo reí bajito, jalándole la guayabera para quitársela. Su piel estaba caliente, musculosa por el trabajo en el gym, y la toqué toda: el abdomen marcado, los hombros anchos. Bajé mis manos a sus shorts, sintiendo lo duro que ya estaba. ¡Puta madre, cómo lo extrañé! Él me recostó y besó mi cuello, bajando por el valle de mis senos. Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis pechos, y su boca los capturó, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, arqueándome, el placer como electricidad recorriéndome.
Pero no era solo físico; en mi mente revoloteaban recuerdos.
«Javier, ¿y si esto nos cambia todo?»susurré entre jadeos. Él levantó la cara, serio un segundo: «Solo déjate llevar, mi reina. Esta es nuestra pasión, lo que somos». Sus palabras me derritieron. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mis bragas. Las deslizó con dientes, oliendo mi excitación. El aire se llenó de mi aroma almizclado, dulce y salado.
Separó mis piernas con gentileza, y su lengua encontró mi centro. ¡Órale! Lamía despacio, círculos en mi clítoris, metiendo la lengua adentro. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, mientras mis caderas se movían solas. «¡Sí, carnal, así!» grité, el placer subiendo como marea. Él metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, ese punto que me volvía loca. Sudaba, mi piel brillaba, y el sonido de sus succiones se mezclaba con mis gemidos y el mar lejano.
Lo jalé arriba, queriendo más. Le quité los shorts de un tirón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso. La masturbé lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. Es mía, toda mía esta noche. Me puse de rodillas en la cama, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando su pre-semen salado. La chupé profunda, garganta relajada, mientras él me acariciaba el pelo: «¡Qué rica, Ana, no pares!».
La tensión crecía, insoportable. Él me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas. Me abrió las piernas y se colocó atrás, frotando su punta en mi entrada húmeda. «¿Lista, mi amor?» preguntó, voz temblorosa. «¡Sí, métemela ya, pendejo!» reí, juguetona. Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Dios, qué estirada, qué llena! Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y entrando fuerte. El slap-slap de piel contra piel, mis jugos facilitando todo.
Acto tres: la liberación
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras yo subía y bajaba, controlando el ritmo. Mis senos rebotaban, él los amasaba. Sudor goteaba de su frente a su pecho, yo lo lamí, salado y masculino. Aceleré, sintiendo el orgasmo acercándose, ese nudo en el bajo vientre. «¡Javier, me vengo!» grité, y exploté, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome entera. Grité su nombre, uñas en su pecho, el mundo blanco por segundos.
Él rodó encima, embistiéndome fuerte ahora, persiguiendo su clímax. «¡Ana, qué chingón!» rugió, y se vino dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, jadeando, el olor de sexo impregnando la habitación –sudor, semen, mi esencia.
Después, en la afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. El mar cantaba su nana, la brisa fresca secando nuestro sudor. Javier me besó la frente: «Esta es nuestra pasión, Ana, eterna como el mar». Sonreí, mi cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse. No sé qué pasará mañana, pero esta noche fuimos uno. Dormimos así, envueltos en paz ardiente, con el futuro abierto como el horizonte.