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Bebé Demonio de la Pasión de Cristo

6858 palabras

Bebé Demonio de la Pasión de Cristo

La noche de Jueves Santo en Taxco ardía con un calor que no era solo del clima. Las calles empedradas bullían de velas parpadeantes, incienso flotando como niebla santa y el eco distante de saetas que rasgaban el aire. Yo, Alejandro, un tipo común de treinta tacos que trabajaba en la mina de plata, me había escapado de la procesión familiar para tomarme unas cheves en el bar de Don Chucho. Neta, necesitaba un respiro de tanta devoción hipócrita. Mi carnal me había arrastrado a misa, pero mi mente divagaba en otras pasiones, las que no se confiesan en voz alta.

Allí la vi por primera vez. Entró como un huracán envuelta en un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel, el escote profundo dejando ver el brillo de sudor en sus pechos. El bar se calló un segundo, todos los ojos clavados en ella. Órale, qué chingona, pensé, mientras mi verga daba un brinco involuntario en los jeans. Se llamaba Luz, pero todos la conocían como el Bebé Demonio de la Pasión de Cristo. Decían que en las procesiones de Semana Santa bailaba como poseída, moviendo las caderas al ritmo de las marchas fúnebres, convirtiendo el luto en fiesta carnal. Un apodo que le pusieron los borrachos del pueblo por su fama de enciender a cualquiera con solo una mirada.

Se acercó a la barra, pidiendo un tequila reposado con limón y sal. Su perfume, una mezcla de jazmín y algo picante, me golpeó como un latigazo. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo detrás de las botellas. Sus ojos negros, profundos como pozos de obsidiana, me sonrieron con picardía.

¿Qué chiste, guapo? ¿Vienes a pecar esta noche?
Su voz era ronca, con ese acento mexiquense que arrastra las erres como caricias.

Me acerqué, el corazón latiéndome a todo lo que daba. Pinche Luz, vas a matarme, me dije mientras le ofrecía pagar su trago. Hablamos de tonterías: de las piñatas de Judas que explotaban al día siguiente, de cómo el pueblo se volvía loco con las ferias. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me erizaba la piel. Olía a ella, a piel caliente y deseo reprimido durante años de misas y rosarios.

Salimos del bar cuando el reloj marcaba la medianoche. Las calles estaban semivacías, solo el rumor de cohetes lejanos y el tañido de campanas. Caminamos hacia su casa, una casita colonial con buganvilias trepando las paredes. Esto no puede estar pasando, pero qué chido se siente, pensé, mientras su mano se deslizaba en la mía, cálida y suave. En la puerta, me jaló hacia adentro sin decir nada, sus labios chocando contra los míos como fuego líquido.

La besé con hambre, saboreando el tequila en su lengua, salada y dulce a la vez. Sus manos me arrancaron la camisa, uñas rozando mi pecho, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente. ¡Ay, cabrón! gemí cuando mordió mi cuello, su aliento caliente contra mi oreja.

Eres mío esta noche, Alejandro. Déjate llevar por el demonio.
Me empujó al sofá, el aire cargado de su aroma: sudor fresco, perfume y esa esencia femenina que nubla la razón.

Acto dos de nuestra noche santa. Luz se quitó el vestido despacio, como en un ritual prohibido. Su cuerpo desnudo brillaba bajo la luz de las velas que había encendido, pechos firmes con pezones oscuros endurecidos, caderas anchas invitando al pecado. Yo la devoraba con los ojos, mi polla dura como piedra presionando los pantalones. Pinche Bebé Demonio, me tienes loco. Se arrodilló frente a mí, desabrochando mi cinturón con dientes, liberando mi verga que saltó ansiosa. Su boca caliente la envolvió, lengua girando alrededor de la cabeza, chupando con maestría que me hizo arquear la espalda. El sonido húmedo de su succión llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos roncos. Olía a sexo inminente, a su excitación goteando entre sus muslos.

La levanté, cargándola al cuarto. La cama king size crujió bajo nuestro peso. La tumbé boca arriba, besando cada centímetro: el hueco de su clavícula salado, los senos suaves como terciopelo, el ombligo que lamí hasta hacerla retorcerse. Bajé más, inhalando su aroma almizclado, panocha depilada reluciente de jugos.

¡Sigue, güey, no pares!
suplicó, piernas abriéndose como alas de ángel caído. Mi lengua exploró sus labios mayores, hinchados y calientes, saboreando su miel dulce y salobre. La chupé el clítoris, succionando hasta que gritó, caderas embistiéndome la cara, manos enredadas en mi pelo.

Pero ella no era pasiva. Me volteó, montándome como amazona. Sus tetas rebotaban al ritmo de sus movimientos, mientras se empalaba en mi verga, centímetro a centímetro. ¡Qué estrecha y caliente, madre santísima! El roce de su interior aterciopelado me volvía loco, sus paredes contrayéndose alrededor de mi tronco. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas. ¡Más duro, pendejo, dame todo! exigía, uñas clavándose en mi pecho. Cambiamos posiciones: de lado, ella de perrito arqueando la espalda, yo embistiéndola desde atrás, bolas golpeando su culo redondo. El cuarto olía a sexo puro, a semen y fluidos mezclados, sonidos de carne contra carne, gemidos que rivalizaban con las campanas de la iglesia cercana.

La tensión subía como la marea en Acapulco. Sus orgasmos venían en olas: primero un temblor, luego gritos ahogados ¡Me vengo, cabrón!, su coño apretándome como vicio. Yo resistía, prolongando el éxtasis, mordiendo su hombro, jalando su pelo negro.

Soy tu Bebé Demonio de la Pasión de Cristo, ríndete a mí.
Sus palabras me empujaron al borde. La puse misionero, piernas en mis hombros, penetrándola profundo, sintiendo su útero besando mi glande. El clímax nos golpeó juntos: yo eyaculando chorros calientes dentro de ella, ella convulsionando, uñas rasgándome la espalda.

Acto final, el afterglow. Nos quedamos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel pegajosa. El aire aún cargado de nuestro olor, velas goteando cera como lágrimas de placer. Esto fue más que un polvo, fue redención carnal, pensé, besando su frente perlada de sudor. Luz sonrió, ojos brillando.

La Pasión no termina en la cruz, mi amor. Hay resurrección en la carne.

Al amanecer, con el sol tiñendo de oro las colinas de Taxco, nos despedimos con un beso lento. No prometimos nada, pero su esencia quedó en mí: el sabor de su piel, el eco de sus gemidos, el fuego del Bebé Demonio de la Pasión de Cristo. Caminé de vuelta a casa, piernas flojas, alma satisfecha. Semana Santa nunca volvería a ser igual.

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