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Pasion X El Futbol Desbordante

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Pasion X El Futbol Desbordante

El estadio Azteca rugía como un animal herido, el aire cargado de sudor y cerveza derramada. Yo, Ana, estaba en la grada norte, con la camiseta del América pegada al cuerpo por el calor agobiante de la Ciudad de México. Pasion x el futbol, eso era lo que me quemaba por dentro desde chiquita. Cada gol era un latido en mi pecho, cada grito de la afición un jadeo colectivo. Esa noche jugaban contra las Chivas, y la tensión se palpaba en el ambiente, como si el mismísimo diablo estuviera repartiendo adrenalina.

Ahí lo vi, entre la marea azulcrema. Alto, moreno, con los músculos tensos bajo una playera ajustada que dejaba ver el contorno de su pecho. Llevaba un sombrero de palma ladeado, gritando "¡Sí se puede!" con una voz grave que me erizó la piel. Nuestras miradas se cruzaron cuando el portero atajó un penal; él sonrió, pícaro, y levantó su chela en un brindis improvisado. Me acerqué, empujada por la multitud, y nuestras manos se rozaron al chocar las botellas.

¡Qué partidazo, güey! —le dije, sintiendo el calor de su palma contra la mía.

Neta, mamacita. Esta pasion x el futbol nos une a todos, ¿no? —respondió él, con ojos que devoraban mi escote sudado.

Se llamaba Marco, taxista de día y fanático empedernido de noche. Hablamos de jugadas, de Cuauhtémoc Blanco y su magia, pero debajo de las palabras había algo más. Su olor a hombre, a tierra mojada y colonia barata, me envolvía. El América metió el gol del triunfo en el minuto 89, y el estadio explotó. Nos abrazamos en la euforia, su cuerpo duro presionado contra el mío, su aliento caliente en mi cuello. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, y una chispa de deseo me recorrió la espina.

¿Por qué no? Solo una noche de pasion x el futbol desatada, sin compromisos. Mi cuerpo lo pedía a gritos.

Salimos del estadio tomados de la mano, evadiendo el tráfico infernal de Insurgentes. Terminamos en un bar de taquería cerca del Metro, con luces neón parpadeando y cumbia sonando bajito. Pedimos tacos al pastor y chelas frías. Hablábamos de todo: de cómo el fútbol te hace sentir vivo, de esa adrenalina que se parece al sexo. Sus dedos rozaban los míos al pasar la salsa, y cada roce era eléctrico. Olía a carne asada y a su sudor fresco, un aroma que me hacía mojarme entre las piernas.

—Ven a mi depa, está cerca —me dijo, con la voz ronca—. Sigamos celebrando esta victoria.

Asentí, el corazón latiéndome como tambor de estadio. Su coche era un Tsuru viejo, pero no importaba. Íbamos cantando el himno del América, riendo como pendejos. Llegamos a su colonia en Iztapalapa, un departamentito chido con posters de futbolistas en las paredes y una tele enorme sintonizada en repeticiones del partido.

Acto dos, la escalada. Nos sentamos en el sillón raído, con cervezas en mano. Puse mis pies en su regazo, y él empezó a masajearlos, sus pulgares fuertes hundiéndose en mis plantas. Gemí bajito, cerrando los ojos. El cuarto olía a su loción y a la humedad de la noche mexicana.

—Tu pasion x el futbol es contagiosa, Ana. Me encanta cómo te mueves cuando gritas un gol —murmuró, subiendo las manos por mis pantorrillas.

Me incliné, besándolo. Sus labios eran salados, con gusto a chela y a victoria. Nuestras lenguas se enredaron como en un quite de balón, fieras y hambrientas. Le quité la playera, revelando un torso tatuado con el águila del América. Pasé las uñas por sus pezones, sintiendo cómo se endurecían. Él me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello, los hombros, el valle entre mis chichis.

Qué rico se siente su boca, caliente y húmeda, pensé, mientras sus manos exploraban mi panocha por encima del calzón. Estaba empapada, el olor a excitación flotando en el aire. Me recostó en el sillón, bajándome el calzón con dientes. Su lengua lamió mi clítoris, suave al principio, luego voraz. Gemí fuerte, agarrando su pelo negro y revuelto. El sonido de su chupada era obsceno, mezclado con mis jadeos y el zumbido del ventilador.

¡Ay, Marco, no pares, cabrón! —supliqué, arqueando la espalda.

Él se incorporó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como un tiro a portería. La tomé en la mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La chupé despacio, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y me acariciaba la cabeza.

La tensión crecía, como un partido empatado en tiempo extra. Nos movimos al cuarto, cayendo en la cama deshecha. Él encima, frotando su pija contra mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, un dolor placer que me hacía arañarle la espalda.

Eres tan chingona, Ana. Tu coño aprieta como afición en final —jadeó, empezando a bombear.

Follamos con ritmo de samba futbolera: lento, luego rápido, cambiando posiciones. Yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando al compás. Sudábamos como en el campo, piel resbaladiza, olores mezclados de sexo y pasión. Sus manos en mi culo, guiándome, mis uñas en su pecho. El clímax se acercaba, como el pitazo final.

Acto tres, la liberación. Lo volteé a cuatro patas, montándolo desde atrás. Su verga me taladraba profundo, golpeando mi punto G. El sonido de carne contra carne, chapoteante y sucio, llenaba el cuarto. Olía a corrida inminente, a nuestra lujuria desatada.

Esta pasion x el futbol nos llevó aquí, a este paraíso de placer. No quiero que acabe.

¡Me vengo, güey! ¡Duro! —grité, y exploté. Mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros que me bañaban por dentro.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso. Nos besamos lento, exhaustos. El ventilador secaba nuestro sudor, el cuarto en penumbras con el resplandor de la tele mostrando highlights del partido.

—Qué noche, ¿verdad? —dijo él, acariciándome el pelo.

—La mejor pasion x el futbol de mi vida —respondí, sonriendo.

Nos quedamos así, hablando de futuros partidos, de cervezas y más noches como esta. No hubo promesas, solo el afterglow de cuerpos satisfechos y almas conectadas por el balón. Al amanecer, me fui con su número en el celular y el recuerdo de su sabor en la boca. La vida en México es así: intensa, apasionada, como un gol en el último minuto.

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