Pasion Prohibida Capitulo 101
El calor de la noche en Guadalajara me envolvía como un amante impaciente. Estaba en la terraza de la casa de mi familia, con el aire cargado del aroma a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Sofia, de treinta años, casada por conveniencia con un hombre que ya no me hacía vibrar, sentía el pulso acelerado solo de pensar en él. Alejandro, mi cuñado, el carnal de mi esposo, el wey que me volvía loca con solo una mirada. Neta, ¿por qué tenía que ser tan chulo?
Desde que llegó de Monterrey para la boda de mi suegra, todo había cambiado. Mi esposo, ese pendejo distraído con sus negocios, ni se enteraba de las chispas que saltaban entre nosotros. Esa noche, mientras la fiesta familiar terminaba y la casa se vaciaba, Alejandro se acercó con una cerveza en la mano, su camisa blanca pegada al pecho por el sudor, delineando esos músculos que yo imaginaba tocando en secreto.
Esto es pasion prohibida capitulo 101 de mi diario mental, pensé, el capítulo donde por fin cruzamos la línea que tanto hemos bailado alrededor.
—Órale, Sofia, ¿ya te vas a dormir? —me dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, mientras se recargaba en la barandilla a mi lado. Su aliento olía a tequila y a algo salvaje, como el desierto después de la tormenta.
Mi piel se erizó al sentir su brazo rozar el mío. El sonido de la ciudad lejana, cláxones y risas nocturnas, se mezclaba con el latido de mi corazón. —No puedo dormir con tanto ruido en la cabeza —le contesté, mirándolo de reojo. Sus ojos oscuros me devoraban, y yo sentía el calor subir por mis muslos, un cosquilleo traicionero.
Acto uno: la tentación inicial. Nos quedamos ahí, charlando de tonterías, pero cada palabra era un roce invisible. Hablamos de la boda, de cómo mi esposo siempre andaba en sus rollos, y él soltó: —Eres demasiado chida para estar desperdiciada, carnala. —Su mano se posó en mi cintura, fingiendo casualidad, pero yo sabía que no. El tacto de sus dedos callosos, de tanto trabajar en el rancho familiar, me quemaba como brasa.
Me giré hacia él, el viento jugando con mi vestido ligero, que se pegaba a mis curvas. Olía a su colonia, mezclada con sudor masculino, y mi boca se secó de puro deseo. Si mi esposo nos ve, se arma el desmadre, pero neta que valdría la pena, pensé, mientras mi mano subía por su brazo, sintiendo los vellos erizados bajo mis yemas.
De repente, me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a prohibido. Sus labios firmes, ásperos por la barba incipiente, me saboreaban como si fuera el último trago de su vida. Gemí bajito, el sonido ahogado por su lengua que invadía mi boca, explorando con hambre. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza, y yo arqueé la espalda, presionando mis pechos contra su torso duro.
Nos separamos jadeantes, el aliento entrecortado rompiendo el silencio de la noche. —Ven conmigo —susurró, tomándome de la mano. Bajamos las escaleras a hurtadillas, hacia el cuarto de huéspedes en el sótano, donde el aire era más fresco, cargado de olor a madera vieja y sábanas limpias.
Acto dos: la escalada del fuego. Cerró la puerta con llave, y en la penumbra de la lámpara de noche, sus ojos brillaban como carbones. Me quitó el vestido con lentitud tortuosa, sus dedos trazando mi piel, enviando ondas de placer desde el cuello hasta los tobillos. —Eres una diosa, Sofia —murmuró, mientras besaba mi clavícula, lamiendo el sudor salado.
Yo lo desvestí igual, arrancándole la camisa, sintiendo el calor de su pecho desnudo bajo mis palmas. Sus abdominales se contraían con cada roce, y bajé la mano a su pantalón, palpando la dureza que me esperaba. Qué vergón tan choncho, wey, pensé con picardía mexicana, mientras lo liberaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.
Caímos en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, chupando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Lamía y mordisqueaba, el placer punzante haciendo que mis caderas se movieran solas. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y almizclado que llenaba la habitación. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos que él disfrutaba con gemidos roncos.
—Te quiero adentro, ya —le rogué, mi voz temblorosa. Él sonrió, ese gesto travieso de chilango adoptado en Guadalajara, y se posicionó entre mis piernas. frotando su punta contra mi entrada húmeda, lubricada por el deseo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso de su miembro llenándome, y grité bajito, el placer casi doloroso de lo intenso.
Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, como un son jalisciense sensual. Sus embestidas profundas tocaban ese punto que me volvía loca, y yo lo arañaba, mordiendo su hombro para no gritar. El sudor nos unía, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas. —Más fuerte, pendejo —le exigí, y él obedeció, acelerando, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos.
Internamente, la culpa y el éxtasis batallaban.
Esto es pecado, pero qué chingón pecado. Mi esposo nunca me hace sentir así, como si fuera a explotar, pensé mientras él me volteaba, poniéndome a cuatro patas. Desde atrás, sus manos en mis caderas, me penetraba con furia controlada, sus bolas golpeando mi clítoris hinchado. El olor a sexo crudo nos envolvía, y yo me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, contrayendo mis paredes alrededor de él, ordeñándolo.
Él no paró, prolongando mi placer hasta que rugió mi nombre, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava. Colapsamos, exhaustos, su peso sobre mí reconfortante. El afterglow era puro: pieles pegajosas, respiraciones sincronizadas, el sabor de su beso post-sexo salado y tierno.
Acto tres: la reflexión ardiente. Nos quedamos así, enredados, mientras el amanecer filtraba luz por la ventana. —Esto no puede ser solo una vez —me dijo, acariciando mi cabello revuelto.
Yo asentí, saboreando la paz post-orgásmica. Pasion prohibida capitulo 101, pero vendrán más capítulos, neta que sí. Sabíamos los riesgos: la familia, el escándalo, pero en ese momento, con su corazón latiendo contra el mío, nada importaba. El deseo prohibido nos había liberado, y el futuro prometía más noches de fuego mexicano, intensas y sin remordimientos.
Sus dedos trazaban círculos en mi espalda, y yo sonreí en la oscuridad menguante. Guadalajara nunca había olido tan bien.