Mazda Pasion Universidad
Yo manejaba mi Mazda 3 rojo por las calles empedradas cercanas a la universidad, el sol de media mañana pegando fuerte en el parabrisas y haciendo que el aire dentro del carro oliera a cuero nuevo mezclado con mi perfume de vainilla. Era uno de esos días en la UNAM donde todo parecía vibrar con esa energía juvenil, llena de posibilidades. Aparqué en mi spot habitual, cerca del estacionamiento de la Facultad de Ciencias Políticas, y bajé con mi falda plisada ondeando al viento y la blusa blanca ajustada que marcaba justo lo suficiente para sentirme chida.
Daniela, twenty y cinco años, estudiante de último semestre, me repetía en la mente mientras caminaba hacia el edificio principal. Llevaba semanas notando a ese güey, Ricardo, el de la carrera de Economía que siempre andaba con su mochila al hombro y esa sonrisa pícara que me hacía apretar las piernas sin querer. Hoy lo vi de lejos, recargado en una banca, platicando con unos carnales. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.
—Órale, Dani, ¿qué onda? —me gritó él, levantando la mano. Su voz grave retumbó en mi pecho, y caminé hacia allá con el corazón latiendo más rápido.
—Pues aquí, güey, lista pa’ la clase de macroeconomía que nos va a matar —le contesté, sentándome a su lado. Olía a colonia fresca, a jabón y un toque de sudor limpio que me revolvió las tripas. Hablamos de tonterías: el profe pendejo que siempre llega tarde, los chismes del semestre, pero debajo de todo eso, sentía la tensión. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas, y yo no podía evitar morder el labio inferior.
La clase fue un martirio. Sentada dos filas atrás de él, veía su nuca morena, el pelo revuelto, y mi mente volaba.
¿Y si lo invito a mi Mazda después? ¿Y si le digo que quiero sentirlo cerca?El calor entre mis piernas crecía con cada minuto, imaginando sus manos grandes sobre mi piel. Al salir, el bullicio de la uni nos envolvió: risas, música de algún carro cercano, el olor a tacos de la fonda ambulante.
—Hey, Dani, ¿me das ride a la salida? Mi vocho se descompuso otra vez —me dijo Ricardo con esa cara de niño bueno que no engañaba a nadie.
—Va, sube a mi Mazda. Pero no manches el interior, eh —le guiñé el ojo, y él se rio, siguiéndome al estacionamiento.
En el trayecto corto hasta el café de la esquina, la conversación se puso más íntima. Hablamos de pasiones: él de surfear en Acapulco, yo de bailar salsa en fiestas clandestinas. Su mano rozó mi muslo al cambiar la velocidad —el carro era manual, qué chingón—, y el toque fue como fuego. Sentí mi panocha humedecerse al instante, el roce de la tela de mi tanga contra mi clítoris hinchado.
Aparqué en un rincón sombreado del estacionamiento universitario, donde los árboles altos daban privacidad. El motor del Mazda aún ronroneaba caliente cuando apagué el switch.
—Gracias por el aventón, morra. Eres la mejor —dijo, pero no se movió. Sus ojos oscuros me devoraban.
Me incliné hacia él, el olor de su piel invadiendo el espacio confinado del carro. —¿Sabes qué, Ricardo? Esta Mazda ha visto muchas cosas, pero nada como la pasión que siento ahorita.
Sus labios se estrellaron contra los míos en un beso hambriento. Sabían a menta y a deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo mientras él me jalaba hacia su regazo. El volante me presionaba la espalda, pero no importaba; el calor de su cuerpo duro contra el mío era todo lo que necesitaba.
Acto dos: la escalada. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda hasta dejarla en mi cintura. Sentí sus dedos callosos rozando la piel sensible de mis piernas, subiendo hasta el borde de mis panties húmedas. Chingado, qué rico, pensé, arqueándome para darle acceso. Él gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel salada, inhalando mi aroma a sudor y excitación.
—Eres tan mojada, Dani. Me vuelves loco —susurró, su voz ronca como grava. Deslizó un dedo dentro de mí, lento, curvándolo justo donde dolía de placer. El sonido húmedo de mi excitación llenaba el Mazda, mezclado con nuestros jadeos y el crujido del asiento de cuero.
Yo no me quedaba atrás. Bajé el zipper de sus jeans, liberando su verga gruesa y palpitante. La piel suave y venosa bajo mi palma, el calor latiendo contra mi mano. La apreté, masturbándolo despacio mientras él metía otro dedo, follándome con ellos en un ritmo que me hacía ver estrellas.
Quiero que me cojas ya, pendejo. No aguanto más, rugía mi mente, pero solo gemía su nombre.
Nos movimos como animales en celo, el carro meciéndose ligeramente. El olor a sexo impregnaba el aire: almizcle, sudor, mi jugo chorreando por sus dedos. Le bajé los bóxers y me incliné para mamársela, sintiendo la cabeza salada en mi lengua, el sabor almendrado de su pre-semen. Él jadeaba, una mano en mi cabeza guiándome, la otra pellizcando mis pezones duros a través de la blusa.
—Para, o me vengo ya, nena —dijo, jalándome arriba. Me senté a horcajadas, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarme, llenarme por completo. El placer era abrasador, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Empezamos a movernos, yo rebotando en su regazo, él embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. El slap-slap de piel contra piel, el chirrido del cuero, nuestros gemidos ahogados para no alertar a nadie. Sudor corría por mi espalda, pegando mi blusa a la piel; su camisa abierta dejaba ver su pecho moreno reluciente. Mordí su hombro para no gritar cuando sentí el orgasmo construyéndose, una ola de calor en mi vientre.
Él aceleró, sus manos en mis nalgas abriéndome más, un dedo rozando mi ano para volverme loca. —Córrete conmigo, Dani. Quiero sentirte apretarme.
El clímax me golpeó como un rayo: mi cuerpo convulsionó, jugos salpicando sus bolas, un grito ahogado escapando mi garganta. Él se tensó debajo de mí, gruñendo mientras se vaciaba dentro, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos, jadeantes, el Mazda lleno de nuestro aroma compartido.
Acto tres: el afterglow. Nos quedamos así un rato, yo recargada en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. El sol filtrándose por las ventanillas empañadas, el mundo afuera borroso. Besos suaves, caricias perezosas en mi pelo.
—Esto fue la pasión más chingona en mi Mazda, en toda la universidad —le dije, riendo bajito.
—Y no será la última, mi amor —respondió él, sellándolo con un beso profundo.
Manejamos de vuelta, el carro aún oliendo a nosotros, con la promesa de más noches de fuego. La universidad nunca había sentido tan viva, tan llena de posibilidades eróticas. Y mi Mazda, testigo silencioso de esa pasión desbordada.