Relatos
Inicio Erotismo Pasión Prohibida Rata Blanca Letra Pasión Prohibida Rata Blanca Letra

Pasión Prohibida Rata Blanca Letra

7172 palabras

Pasión Prohibida Rata Blanca Letra

La noche en el antro de Polanco estaba caliente como el infierno. El aire cargado de sudor, perfume caro y humo de cigarro rubio se pegaba a la piel como una promesa pecaminosa. Yo, Ana, bailaba pegadita a mi marido Marco, pero mis ojos no podían despegarse de Diego, su carnal de toda la vida. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble. La banda tributo a Rata Blanca tronaba en los parlantes, y justo sonó Pasión Prohibida, esa letra que me erizaba la piel: "En la noche oscura, tu pasión prohibida me llama..." Neta, cada palabra se me clavaba en el pecho como un tatuaje fresco.

Marco estaba pedo, riendo con unos cuates en la barra, pidiendo otra ronda de tequilas Don Julio. Yo me escabullí al baño, sintiendo el pulso acelerado, el corazón latiéndome en las sienes. El espejo reflejaba mis labios rojos, el escote de mi vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación. ¿Qué chingados estoy haciendo? pensé, pero el calor entre mis piernas no mentía. Salí y ahí estaba Diego, recargado en la pared, con una cerveza en la mano, mirándome como si ya me hubiera desvestido mil veces.

—Órale, Ana, ¿ya te vas? —dijo con esa voz ronca, como gravel mezclado con miel.

—No, wey, nomás necesitaba aire —mentí, oliendo su colonia, esa que huele a madera y aventura—. ¿Y tú? ¿No bailas?

Él se acercó, su aliento tibio rozándome la oreja. —Prefiero verte a ti moverte. Esa canción... pasión prohibida rata blanca letra, ¿la has oído? Habla de nosotros, ¿no?

Mi estómago dio un vuelco. La letra resonaba de fondo: "Tu fuego quema mi alma, no puedo resistir..." Sentí sus dedos rozar mi brazo, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. —Diego, no mames. Marco está allá.

Pero él no se movió. Sus ojos cafés, intensos, me atraparon. —Él no ve nada, murmuró, y su mano subió por mi espalda, suave pero firme. El deseo me nubló el juicio. Lo jalé hacia el pasillo oscuro del fondo, donde la música retumbaba como un corazón desbocado.

Nos besamos ahí mismo, contra la pared fría que contrastaba con su boca caliente, su lengua invadiendo la mía con sabor a cerveza y menta. Gemí contra sus labios, mis uñas clavándose en su camisa. Esto está mal, pero se siente tan chingón, pensé mientras sus manos bajaban a mis caderas, apretándome contra su dureza. Olía a él, a hombre sudado por el baile, a prohibido puro.

—Ven conmigo —susurró, jalándome hacia la salida de emergencia. Afuera, el estacionamiento estaba vacío, el aire fresco de la noche mexicana con olor a asfalto mojado y jazmines del camellón. Su camioneta negra nos esperaba como un nido secreto. Subimos atrás, las ventanas empañadas en segundos por nuestro aliento agitado.

Acto primero: la tentación. Yo me senté a horcajadas sobre él, mi vestido subiéndose por mis muslos. Diego me miró con hambre, sus manos grandes explorando mi piel. —Ana, neta eres un pinche sueño. Desde la boda de Marco te quiero así.

—Cállate y bésame, pendejo —reí bajito, mordiéndole el labio inferior. Sus dedos se colaron bajo mi tanga, rozando mi humedad. Jadeé, arqueándome. El sonido de su cremallera bajando fue como un trueno en mi cabeza. Lo tomé en mi mano, grueso, caliente, palpitante. Qué rico, pensé, lamiéndome los labios.

Pero paramos. —No aquí —dijo él, jadeando—. Vamos a mi depa. Está cerca, en la Roma.

Condujo como loco, mi mano en su paquete todo el camino, sintiendo cómo latía bajo mis dedos. Llegamos al edificio viejo pero chulo, con balcón a la calle vibrante. Subimos las escaleras, besándonos en cada escalón, tropezando. Su depa olía a café y libros viejos, luces tenues de una lámpara de lava.

Acto segundo: la escalada. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana tendría que esconder. —Eres mía esta noche, gruñó, lamiendo mi clavícula. Yo le arranqué la camisa, arañando su pecho moreno, pectorales firmes de tanto gym.

Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Él se hincó entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo retorcer. —Diego, por favor... —supliqué, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto.

Me lamió despacio al principio, lengua plana saboreándome, luego círculos rápidos en mi clítoris hinchado. Gemí fuerte, el placer subiendo como una ola. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mezclada con su sudor. Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca. ¡Qué chingón sabe hacer esto el cabrón! pensé, mis caderas moviéndose solas.

Lo jalé arriba, queriendo sentirlo dentro. —Fóllame ya —le ordené, voz ronca. Él se puso condón rápido, profesional, y entró despacio, estirándome delicioso. Ambos gritamos. Su grosor me llenaba, cada embestida rozando paredes sensibles. Sudábamos, piel resbalosa chocando con plaf plaf plaf, olor a sexo crudo llenando la habitación.

Cambié posiciones, montándolo como amazona. Mis tetas rebotando, él chupándolas, mordiendo pezones duros. —¡Más fuerte, wey! —grité, clavándome hasta el fondo. Él me agarró las nalgas, guiándome, gruñendo mi nombre. La tensión crecía, mis músculos apretándolo, su polla hinchándose más.

—Ana, me vengo... —advirtió, ojos en blanco.

—Yo también, ¡ahora! —chillamos juntos, el orgasmo explotando. Yo convulsioné, chorros de placer mojando todo, él pulsando dentro, llenando el condón. Colapsamos, respirando como perros, su corazón galopando contra mi mejilla.

Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos así, enredados, el ventilador zumbando suave. Afuera, la ciudad no dormía: cláxones, risas de borrachos, un mariachi lejano. Diego me acarició el pelo, besándome la frente. —Esto fue pasión prohibida rata blanca letra hecha realidad —rió bajito.

Yo suspiré, saboreando el salado de su piel en mis labios. ¿Y ahora qué? Marco era buen cuate, pero esto... esto era fuego puro. —No lo arruines pensando, güey —dije, trazando círculos en su abdomen—. Fue chido, neta.

Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón con olor a eucalipto. Sus manos en mi cuerpo otra vez, pero suave, cariñoso. Salimos envueltos en toallas, comimos tacos de la esquina que pedimos por app: suadero jugoso, cebolla crujiente, salsa verde picosa que quemaba la lengua como nuestro beso.

Al amanecer, me vistió el vestido, besándome profundo una última vez. —Vuelve cuando quieras, mi prohibida —susurró. Bajé al taxi, piernas temblorosas, el sol tiñendo el skyline de rosa. Marco dormiría la cruda todo el día. Yo guardaría este secreto, esta letra ardiente grabada en mi alma.

En el trayecto, la radio sonó Rata Blanca de nuevo. Sonreí, tocándome los labios hinchados. La pasión prohibida no se acaba con una noche; se enciende para siempre.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.