Telenovela Abismo de Pasion Carnal
La noche caía sobre la hacienda en las faldas de los volcanes, con el aroma dulce del agave flotando en el aire cálido. Leticia se recostaba en el sofá de cuero suave de su sala amplia, las luces tenues iluminando la pantalla gigante donde pasaba su telenovela favorita Abismo de Pasion. Neta, esa historia la traía loca cada vez que la veía. Elisa y Damián, con sus miradas ardientes y sus roces prohibidos, le despertaban un fuego en el vientre que no se apagaba fácil.
Qué chingón sería vivir algo así, pensó mientras se acomodaba el escote de su blusa de satén negro, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela fina. El sonido de la música dramática llenaba la habitación, y ella imaginaba las manos fuertes de Alejandro sobre su piel morena, ese wey vecino que la volvía loca con solo una sonrisa pícara. Habían coqueteado semanas, bailes en la feria del pueblo, roces casuales en la plaza, pero nunca habían cruzado la línea. Hoy no aguanto más, se dijo, mordiéndose el labio inferior, el sabor salado de su propia excitación imaginaria en la lengua.
Justo cuando Damián besaba a Elisa en la pantalla con pasión desbordada, sonó el timbre. Leticia se levantó de un brinco, el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Abrió la puerta y ahí estaba Alejandro, alto, con camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, jeans que abrazaban sus muslos firmes y esa colonia amaderada que la mareaba.
—Órale, Leti, ¿ya estás viendo Abismo de Pasion otra vez? —dijo él con voz ronca, entrando sin permiso, sus ojos devorándola de arriba abajo.
—Simón, carnal. Ven, siéntate. Esta telenovela me tiene bien prendida —respondió ella, cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa.
Se sentaron pegaditos en el sofá, sus muslos rozándose, el calor de sus cuerpos mezclándose con el del tequila que ella sirvió en vasos de cristal. El episodio avanzaba, lleno de celos y confesiones, y Leticia sentía la mano de Alejandro posarse casualmente en su rodilla, subiendo despacito por el interior de su falda corta.
Me estás volviendo loca, pendejo, pensó ella, mientras el pulgar de él trazaba círculos lentos en su piel suave, enviando chispas directas a su centro húmedo.
—Mira cómo se miran, ¿no? Como si se fueran a comer vivos —murmuró Alejandro cerca de su oreja, su aliento cálido rozándole el lóbulo, oliendo a menta y deseo.
—Pues yo quiero que me comas a mí —susurró Leticia, girando el rostro para capturar sus labios. El beso fue eléctrico, lenguas danzando con urgencia, el sabor de sus bocas mezclándose como mezcal con limón. Sus manos exploraban, ella desabotonando su camisa para sentir el vello oscuro en su pecho duro, él amasando sus senos plenos bajo la blusa, pellizcando los pezones hasta arrancarle un gemido ahogado.
La telenovela seguía de fondo, pero ya nadie prestaba atención. Alejandro la recostó contra los cojines, su cuerpo pesado y delicioso cubriéndola. Leticia arqueó la espalda, sintiendo la verga dura de él presionando contra su monte de Venus a través de la tela. Qué rica se siente, pensó, mientras él bajaba la boca a su cuello, lamiendo la sal de su sudor, mordisqueando suave hasta que ella jadeó.
—Quítate todo, Leti. Quiero verte desnuda como en mis sueños —gruñó él, voz grave como trueno lejano.
Ella obedeció, quitándose la blusa y la falda en un movimiento fluido, quedando solo en tanga de encaje negro. Sus curvas generosas brillaban bajo la luz ámbar, pechos turgentes con aureolas oscuras, caderas anchas invitando al pecado. Alejandro se desnudó rápido, su verga erguida, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Leticia la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma. Neta, qué pingón tan chulo.
Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, inhalando profundo el aroma almizclado de su arousal, ese olor dulce y salado que lo enloquecía. Besó el interior de sus muslos, lengua trazando caminos húmedos, hasta llegar a la tanga empapada. La apartó con los dientes, exponiendo su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos. Lamida lenta desde el perineo hasta el clítoris, saboreando su miel espesa, salada y adictiva.
—¡Ay, cabrón! No pares —gimió Leticia, enredando dedos en su cabello negro, caderas moviéndose al ritmo de su lengua experta. Él chupaba su botoncito con succión perfecta, metiendo dos dedos gruesos en su canal apretado, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. Los sonidos eran obscenos: succiones húmedas, jadeos entrecortados, el slap de sus dedos entrando y saliendo. Su olor lo invadía todo, mezclado con el perfume floral de su piel.
El clímax la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, paredes internas apretando sus dedos mientras gritaba su nombre, jugos brotando copiosos. Alejandro lamió cada gota, sonriendo contra su carne sensible.
—Ahora te toca a ti, mamacita —dijo ella, incorporándose para empujarlo al sofá. Se posicionó entre sus piernas, admirando la verga reluciente de precum. La lamió desde la base hasta la cabeza morada, saboreando el gusto salado-musgoso, venas saltando bajo su lengua. Lo tomó entero en la boca, garganta relajada, succionando con hambre mientras masajeaba sus bolas pesadas. Alejandro gruñía, manos en su cabeza guiándola, caderas embistiendo suave.
Se siente tan poderosa así, con él rendido a mi boca, pensó Leticia, acelerando el ritmo, oyendo sus gemidos roncos como música.
Pero quería más. Se subió a horcajadas, frotando su raja húmeda contra su longitud dura, lubricándolo con sus fluidos. —Te quiero adentro, ya.
Alejandro la ayudó a bajar, la punta abriéndose paso en su entrada estrecha. Inch por inch, la llenó hasta el fondo, ambos gimiendo al unísono. Qué completa me siento, pensó ella, sintiendo cada vena, el grosor estirándola deliciosamente. Empezó a cabalgar lento, senos rebotando, uñas clavándose en su pecho. Él agarraba sus nalgas firmes, guiando el ritmo, pellizcando la carne suave.
El sudor perlaba sus cuerpos, olor a sexo crudo llenando el aire, mezclado con el tequila derramado. Aceleraron, embestidas profundas, piel chocando con slap slap húmedo. Leticia giró, dándole la espalda, para que él viera su culo redondo moviéndose. Alejandro se incorporó, embistiéndola desde atrás en el sofá, una mano en su clítoris frotando furioso, la otra tirando de su cabello.
—¡Córrete conmigo, Leti! ¡Dame todo! —rugió él.
El orgasmo los alcanzó juntos, ella primero, gritando mientras su concha ordeñaba su verga, chorros calientes bañándola por dentro. Él se vació con rugidos, semen espeso llenándola, goteando por sus muslos. Colapsaron, cuerpos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.
En la pantalla, el episodio terminaba con un cliffhanger de Abismo de Pasion, pero ellos ya tenían su propia historia. Alejandro la besó suave en la frente, mano acariciando su vientre plano.
—Eso fue mejor que cualquier telenovela —susurró él.
—Simón, pero esta apenas empieza, mi amor —respondió ella, sonriendo pícara, el corazón lleno de un abismo de pasión real, eterna.