Relatos
Inicio Erotismo Series de Pasión Desenfrenada Series de Pasión Desenfrenada

Series de Pasión Desenfrenada

7418 palabras

Series de Pasión Desenfrenada

Era una noche calurosa en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana abierta. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un desmadre. Me tiré en el sofá con una chela fría en la mano, sudando bajo mi blusita pegajosa, y encendí la tele. Ahí estaba mi vicio guilty pleasure: Series de Pasión, esa telenovela chilanga que me tenía clavada con sus triángulos amorosos y besos que parecían de fuego. El galán, un morro bien puesto como Javier, acababa de arrinconar a la protagonista contra la pared, sus manos grandes explorando curvas con esa hambre que me hacía apretar las piernas.

Chin, ¿por qué no me pasa algo así? pensé, mientras mi piel se erizaba con el aire húmedo. Sentía el calor subiendo por mi pecho, el pulso latiendo entre mis muslos. Me acomodé el shortcito, rozando sin querer mi piel suave, y un suspiro se me escapó. De repente, un golpe en la puerta me sacó del trance. ¿Quién chingados a las once de la noche?

Abrí y ahí estaba Marco, mi vecino del depa de al lado, el wey que me traía loca desde que me mudé hace seis meses. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara y el torso marcado bajo su playera ajustada, oliendo a jabón fresco y un toque de colonia que me volvía loca. Llevaba una caja de cervezas en la mano.

Wey, Ana, ¿ya viste el capítulo nuevo de Series de Pasión? ¡Está cabrón! ¿Me dejas pasar a verlo contigo? Solo no tengo con quién platicarlo —dijo con esa voz grave que me hacía cosquillas en el estómago.

Le sonreí, sintiendo el rubor subir a mis mejillas. —Órale, pasa, carnal. Justo lo estaba viendo. Lo dejé entrar, su presencia llenando el aire con ese aroma masculino que me nublaba la cabeza. Nos sentamos en el sofá, cerquita, nuestras rodillas rozándose. La tele seguía con la escena hot: Javier devorando la boca de la morra, sus gemidos suaves retumbando en la habitación.

Marco se recargó en el respaldo, su brazo musculoso a centímetros del mío. —Esas series de pasión son lo máximo, ¿no? Te prenden como tea —murmuró, volteando a verme con ojos brillantes. Su mirada bajaba a mi escote, donde mis chichis subían y bajaban con la respiración agitada. Sentí un cosquilleo eléctrico, como si su calor me quemara la piel.

Sí, wey... me tienen bien calientita —respondí juguetona, mordiéndome el labio. Nuestras manos se rozaron al ir por la chela, y no la quité. Su piel áspera contra la mía era como una chispa. El capítulo avanzaba, pero ya no lo veíamos. El aire se cargaba de tensión, el zumbido del ventilador mezclándose con nuestras respiraciones pesadas.

De pronto, Marco se giró, su mano subiendo por mi muslo desnudo. —Ana, no aguanto más. Desde que te vi hoy en el elevador, con ese culito en jeans... me traes de la chingada. Su voz era ronca, sus dedos apretando suave mi carne suave, enviando ondas de placer directo a mi centro.

Lo miré, el corazón retumbándome en los oídos. Esto es real, no como esas series de pasión de la tele. —Yo también, Marco. Hazme tuya, cabrón —susurré, y lo jalé por la nuca para besarlo. Sus labios carnosos se aplastaron contra los míos, saboreando a cerveza y deseo puro. Su lengua invadió mi boca, danzando salvaje, mientras sus manos me amasaban las nalgas, levantándome para sentarme en su regazo.

Acto dos: la cosa se puso intensa. Sentí su verga dura como piedra presionando contra mi panocha a través de la tela delgada. Gemí en su boca, moviéndome despacio, frotándome contra él. El olor de su sudor mezclado con mi excitación llenaba la sala, dulce y almizclado. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. —Estás de lujo, ricura. Mira cómo se paran tus pezones —dijo, lamiendo uno con la lengua caliente, chupándolo hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando de mi garganta.

Mi mente daba vueltas: Esto es mejor que cualquier serie de pasión. Su boca... ay, Dios. Bajé la mano a su pantalón, palpando esa polla gruesa que palpitaba por liberarse. La saqué, admirando su longitud venosa, la punta brillando de pre-semen. La apreté, sintiendo su calor pulsante, y él gruñó como animal. —Chúpamela, Ana. Quiero sentir tu boquita.

Me arrodillé entre sus piernas, el piso fresco contra mis rodillas. Lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su gusto salado y masculino. Lo metí hasta la garganta, succionando con hambre, mientras él enredaba los dedos en mi pelo, guiándome con gemidos roncos. —¡Qué chido, mamacita! Así, no pares. El sonido húmedo de mi boca llenaba el cuarto, mezclado con sus jadeos y el latido de mi clítoris hinchado.

Pero quería más. Me levanté, quitándome el short y la tanguita empapada. Mi coñito depilado brillaba de jugos, el aroma de mi arousal flotando pesado. Marco me jaló al sofá, abriéndome las piernas. —Estás chorreando, preciosa. Déjame probarte. Su lengua se hundió en mis pliegues, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando mis labios hinchados. Grité, mis caderas buckeando contra su cara barbuda, el roce raspándome delicioso. Sentía las contracciones building up, el placer como olas crecientes.

No aguanto, me vengo... Pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —Aún no, mi reina. Quiero follarte como en esas series de pasión. Me volteó boca abajo, mi culo en pompa, y se posicionó atrás. La cabeza de su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —¡Estás tan apretadita, carajo! —gruñó, llenándome por completo.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando chispas por mi espina. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos apretando mis caderas. Aceleró, follándome duro, mi coño chorreando alrededor de su polla. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. —¡Más fuerte, Marco! ¡Dame todo! —supliqué, mis uñas clavándose en el sofá.

Me giró de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mi rostro contorsionado de placer. Me penetró profundo, rozando ese punto que me volvía loca, mientras su boca capturaba mis tetas. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el mundo reduciéndose a su verga dentro de mí, su aliento caliente en mi cuello.

Acto tres: la liberación. —Me vengo, Ana... ¡juntos! —rugió, y sentí su polla hincharse, chorros calientes inundándome. Eso me empujó al borde. Grité su nombre, mi coño ordeñándolo en espasmos violentos, olas de éxtasis recorriendo cada nervio. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, su semen goteando entre mis muslos.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, el ventilador secando nuestro sudor. Besó mi frente, suave. —Eso fue épico, mejor que cualquier serie de pasión —susurró. Sonreí, trazando su pecho con el dedo. Sí, y esto apenas empieza. Nuestra propia serie.

El amanecer pintaba la ventana de rosa, pero en mi corazón, la pasión ardía eterna. Marco se acurrucó contra mí, su mano en mi curva, y supe que esto era real, nuestro, inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.