Relatos
Inicio Erotismo Pasión de un Asesino Perfecto Pasión de un Asesino Perfecto

Pasión de un Asesino Perfecto

7055 palabras

Pasión de un Asesino Perfecto

La noche en el Polanco bullía con esa energía que solo México City sabe dar: luces neón parpadeando como promesas rotas, el aroma a tacos al pastor flotando en el aire y el eco de risas y cumbia retumbando desde los bares. Yo, Valeria, acababa de salir de un día eterno en la oficina, con el estrés acumulado como un nudo en el pecho. Quería soltarme, órale, necesitaba algo que me hiciera olvidar el pinche tráfico y las juntas interminables. Entré al bar La Noche, ese antro chic con meseros guapísimos y cócteles que te suben la temperatura de inmediato.

Allí lo vi. Alto, moreno, con ojos negros que cortaban como navajas. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba cada músculo, y una sonrisa pícara que gritaba peligro. Se llamaba Diego, me dijo al ofrecerme un trago. ¿Qué hace una chava como tú sola en un lugar como este? Su voz era grave, ronca, como el rugido de un motor potente. El olor de su colonia, algo amaderado y especiado, me envolvió al instante. Sentí un cosquilleo en la piel, el primer indicio de que esta noche iba a ser diferente.

Hablamos de todo y nada: de la vida loca en la CDMX, de cómo el amor es un pendejo que te deja tirada, de sueños que se escapan como humo. Cada palabra suya era un roce invisible, y cuando su mano rozó la mía al pasarme el vaso, un escalofrío me recorrió la espalda. Este wey es un asesino, pensé, un asesino perfecto de corazones rotos. No sé por qué se me vino esa idea, pero encajaba. Su mirada me desnudaba, prometía pasión que mataría cualquier duda.

Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche lamiendo mi piel expuesta bajo el vestido rojo ceñido. Su brazo rozaba el mío, y el calor de su cuerpo era magnético. ¿Vamos a mi depa? Está cerca, murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Asentí, el pulso acelerado, el deseo ya latiendo entre mis piernas como un tambor.

¿Qué carajos estoy haciendo? Este tipo es un extraño, pero joder, su presencia me enciende como nadie. Quiero que me devore, que sea mi pasión un asesino perfecto.

Acto uno cerrado, el preludio de la tormenta.

En su departamento minimalista, con vistas al skyline iluminado, la tensión explotó. Me besó contra la puerta, sus labios firmes y hambrientos, saboreando a tequila y menta. Sus manos expertas bajaron la cremallera de mi vestido, dejando que cayera al suelo como una ofrenda. Su piel, áspera y caliente contra la mía, olía a sudor limpio y masculinidad pura. Gemí cuando sus dedos trazaron mi espina dorsal, enviando ondas de placer que me erizaban el vello.

Eres preciosa, Valeria, susurró, mientras me cargaba al sofá de cuero negro. El tacto frío del cuero contrastaba con el fuego de su boca en mi cuello, chupando y mordiendo suave, dejando marcas que dolían rico. Le quité la camisa, mis uñas arañando su pecho definido, sintiendo los latidos de su corazón galopando. Es un dios, pensé, o un demonio disfrazado. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra, palpitante bajo la tela. La saqué, pesada y venosa, y la apreté, oyendo su gruñido gutural que vibró en mi clítoris.

Me arrodillé, el suelo duro contra mis rodillas, pero no importaba. Lamí la punta, salada y pre-semenosa, saboreando su esencia. Lo miré desde abajo, sus ojos ardiendo. Chúpamela, mamacita, ordenó con voz ronca. Lo hice, tragándomela profunda, el olor almizclado llenándome las fosas nasales, sus caderas empujando rítmicamente. Tosí un poco, pero el placer de dominarlo así me empoderaba. Él jadeaba, ¡Pinche chingona!, y eso me mojó más.

Me levantó como si no pesara, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me tendió boca arriba, abriéndome las piernas con delicadeza. Su lengua exploró mi coño depilado, lamiendo lento los labios hinchados, chupando el clítoris con maestría. El sonido: chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados, su respiración agitada. Olía a mi excitación, dulce y salada, mezclada con su sudor. Introdujo dos dedos, curvándolos en mi punto G, y el mundo explotó en estrellas. ¡Sí, Diego, no pares, cabrón! grité, arqueándome.

El medio acto ardía: emociones revueltas, deseo crudo. ¿Por qué se siente tan bien con él? ¿Es solo físico o hay algo más? Me volteó, poniéndome a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Su verga rozó mi entrada, resbaladiza de jugos. ¿Quieres que te coja? ¡Sí, fóllame duro! Empujó adentro, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas sonoras. Cada embestida era un latigazo de placer, sus bolas golpeando mi clítoris.

Cambiábamos posiciones como bailarines: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros. Sudábamos, el aire cargado de olor a sexo, gemidos y ¡ay wey! escapando de labios. Me corría primero, un tsunami que me dejó temblando, chorros calientes empapando sus muslos. Él no paraba, volteándome de lado, una pierna sobre su hombro, penetrando profundo mientras me besaba con lengua invasora.

Este hombre es pasión un asesino perfecto: mata mis inhibiciones, me resucita en éxtasis. No quiero que acabe nunca.

La intensidad crecía, psicológica y física. Le conté mis fantasías, él las hacía reales: me ató las manos con su corbata de seda, suave contra mis muñecas, y me folló lento, torturándome. Dime que eres mía, gruñía. Soy tuya, carnal, cógeme más! El roce de la tela, el sudor goteando, el sabor de su piel salada cuando lo besaba... todo sensorial, abrumador.

Acto final: el clímax se avecinaba. Me desató, nos pusimos misionero, ojos en ojos. Sus embestidas se volvieron frenéticas, piel contra piel resbaladiza, corazones latiendo al unísono. Me vengo, Valeria... ¡Dentro, lléname! Explotó, chorros calientes inundándome, su rostro contorsionado en placer puro. Yo seguí, otro orgasmo arrancándome gritos, uñas clavadas en su espalda.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados. El afterglow era paz: su mano acariciando mi cabello húmedo, besos suaves en la frente. El cuarto olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas testigos mudos. Pasión un asesino perfecto, repetí en mi mente, sonriendo. No era solo un polvo; había conexión, risas compartidas en la penumbra.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, preparamos café en su cocina moderna. ¿Volveremos a vernos? preguntó, vulnerable por primera vez. Claro, pendejo, me mataste anoche y quiero más muertes, bromeé. Nos besamos lento, prometiendo noches futuras. Salí a la calle vibrante, piernas flojas pero alma plena. México City despertaba, y yo con ella, renacida en la pasión de un asesino perfecto.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.