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Pasiones Desenfrenadas en la Biblia

7044 palabras

Pasiones Desenfrenadas en la Biblia

María se recostaba en la hamaca de su jacal remodelado en las afueras de Oaxaca, con el sol del atardecer filtrándose por las cortinas de petate. El aire olía a tierra húmeda y jazmín silvestre, mezclado con el aroma tostado de los chiles que su mamá preparaba en la cocina de adobe. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa tarde había desempolvado la Biblia antigua de su abuela, un tomo gastado con tapas de cuero que crujían como piel seca al abrirse. Pasiones desenfrenadas en la Biblia, leyó en una nota manuscrita en la primera página, escrita con letra temblorosa. Su corazón dio un brinco. ¿Qué rayos significaba eso? Siempre había visto la Biblia como un libro de mandatos, pero esa frase la picó como chile en la lengua.

Hojeó las páginas amarillentas, y entre las historias de David y Betsabé, encontró marginales garabateadas: el rey la vio bañándose, su piel brillando como miel bajo el sol, y su deseo fue un fuego que no se apaga. María sintió un calor subirle por el cuello. Imaginó el agua resbalando por curvas perfectas, el pulso acelerado del rey al espiar.

¿Y si yo fuera ella? ¿Y si alguien me mirara así, con hambre pura?
pensó, mordiéndose el labio. Hacía meses que no sentía un toque de hombre, desde que su ex, ese pendejo de la ciudad, la dejó por una fresa de Guadalajara. Pero ahora, esa Biblia despertaba algo salvaje en ella, un anhelo que le hacía apretar los muslos.

Afuera, el viento susurraba entre los nopales, y oyó el motor de una camioneta. Era Luis, su amigo de la infancia, ahora un vaquero alto y moreno de treinta años, con ojos negros como obsidiana y manos callosas de domar caballos. Venía a ayudarla con las cercas, como siempre. Órale, carnal, le dijo ella al abrir la puerta, tratando de sonar casual, pero su voz salió ronca. Él sonrió, oliendo a sudor fresco y cuero, y entró con una caja de herramientas.

Neta, María, ¿qué traes ahí? —preguntó él, señalando la Biblia abierta sobre la mesa.

—Una reliquia de mi abuelita. Mira esto —le contestó, mostrándole la nota. Sus dedos rozaron los de él al pasar la página, y un chispazo eléctrico le recorrió el brazo. Luis se acercó, su aliento cálido contra su oreja mientras leía en voz alta: Pasiones desenfrenadas en la Biblia. Sus ojos se encontraron, y en ese instante, el aire se cargó de tensión, como antes de una tormenta en la sierra.

La noche cayó suave, con grillos cantando y el aroma de las tortillas calientes flotando. Cenaron tlayudas crujientes con tasajo y guacamole, riendo de anécdotas viejas. Pero bajo la mesa, sus rodillas se tocaban, y cada roce era una promesa. María sentía su piel erizarse, el corazón latiéndole en el pecho como un jarabe tapatío. Este wey me prende cañón, pensó, recordando cómo de niños jugaban a esconderse en los mezquites, pero ahora todo era distinto, cargado de promesas adultas.

Después de cenar, se sentaron en el porche, con la Biblia entre ellos. Luis tomó el libro, hojeando con curiosidad. —Mira esto, la historia de Sansón y Dalila. Pero aquí dice que su fuerza no era solo en el pelo, sino en el fuego que Dalila le despertaba. Me lo pela, ¿no? —dijo él, con voz grave, y su mano grande cubrió la de ella. María no la retiró. En cambio, giró la palma hacia arriba, invitándolo. Sus dedos se entrelazaron, ásperos contra su suavidad, y un gemido suave escapó de sus labios.

¿Quieres saber qué más dice? —susurró ella, levantándose y jalándolo adentro. La luz de la vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes de barro. Luis la siguió, su pecho subiendo y bajando rápido. Ella lo empujó contra la mesa, besándolo con hambre acumulada. Sus labios sabían a mezcal y sal, tongues enredándose como serpientes en el Edén. Esto es pecado, pero qué rico pecado, pensó María mientras sus manos exploraban el torso duro de él bajo la camisa.

Luis la levantó en vilo, sus brazos fuertes como los de un bíblico gigante, y la llevó a la hamaca. La recostó con cuidado, pero sus ojos ardían. —Eres mi Betsabé, mamacita —gruñó, desabotonando su blusa con dientes. La tela cayó, revelando sus pechos llenos, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco. Él los lamió, succionando con devoción, y María arqueó la espalda, gimiendo. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, mezclado con su jadeo. Olía a su excitación, almizcle dulce y sudor.

La tensión crecía como una ola. María le quitó los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. ¡Qué chulada! pensó, acariciándola con manos temblorosas. Luis gimió, profundo, gutural, mientras ella la lamía desde la base hasta la punta, saboreando la sal pre-semen. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas en la hamaca que se mecía. Sus nalgas redondas se abrieron, húmedas y listas. —Te voy a coger como Sansón a su Dalila, prometió, frotando la cabeza contra su clítoris hinchado.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. María gritó de placer, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas. ¡Ay, cabrón, qué grande! El ritmo empezó lento, sus caderas chocando con palmadas suaves, piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo llenaba la habitación, intenso, animal. Él la agarraba de las caderas, dedos hundiéndose en carne suave, mientras ella empujaba hacia atrás, queriendo más.

Estas son las pasiones desenfrenadas en la Biblia, las que no cuentan en misa
, pensó ella, perdida en el vaivén.

La intensidad subió. Luis la giró de frente, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y él las amasaba, pellizcando pezones. María clavó uñas en su espalda, dejando surcos rojos. Gemían juntos, sincronizados: ¡Más! ¡Fórtale! ¡Sí, así! El clímax se acercaba, su clítoris frotándose contra el vello púbico de él. El mundo se redujo a sensaciones: el slap-slap de carne, el squelch húmedo, el sabor de su cuello salado cuando lo mordió.

Explotaron al unísono. María convulsionó, chorros de placer mojando sus muslos, gritando su nombre. Luis se hundió una última vez, llenándola con semen caliente, pulsando dentro. Colapsaron enredados, hamaca bamboleándose, respiraciones entrecortadas. El aire olía a clímax, a ellos.

Después, yacían quietos, piel pegajosa, corazones calmándose. Luis la besó en la frente, suave. —Eres mi milagro bíblico, murmuró. María sonrió, trazando círculos en su pecho. Quién iba a decir que la Biblia guardaba esto, reflexionó, sintiendo una paz profunda, empoderada. Las pasiones desenfrenadas en la Biblia no eran pecado, eran vida, fuego que avivaba el alma. Afuera, la luna bañaba los nopales en plata, y ellos se durmieron así, unidos, listos para más versos prohibidos.

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