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Es Tiempo de Adorar con Pasion

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Es Tiempo de Adorar con Pasion

El sol del atardecer en Guadalajara teñía el cielo de naranjas y rosas, filtrándose por las cortinas de encaje de tu departamento en la colonia Providencia. Habías tenido un día largo en la oficina, con el pinche tráfico que te ponía de malas, pero al cruzar la puerta, el aroma a mole poblano casero y velas de vainilla te envolvió como un abrazo cálido. Javier estaba ahí, tu hombre, ese moreno alto con ojos café que te miraban como si fueras la única diosa en el mundo. Llevaba una camisa blanca desabotonada, dejando ver su pecho firme, y jeans ajustados que marcaban lo que ya te hacía salivar.

Órale, nena, llegaste justo a tiempo, dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel, acercándose con una sonrisa pícara. Te quitó el bolso de la mano y te jaló hacia él, sus labios rozando tu oreja. Es tiempo de adorar con pasión, murmuró, y esas palabras te prendieron como mecha de cohete. Habían pasado semanas sin verse bien, con sus viajes de trabajo, y el deseo acumulado te picaba en el vientre como hormigas calientes.

Te besó lento, saboreando tus labios como si fueran tamarindo dulce, su lengua explorando con calma, mientras sus manos subían por tu espalda, desabrochando el bra de tu blusa. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el lejano bullicio de la avenida, pero en ese momento, solo existían ustedes dos.

Qué chingón se siente esto, su calor contra mi piel, neta que lo extrañé tanto
, pensaste, mientras tus dedos se enredaban en su cabello negro y ondulado.

Te llevó a la sala, donde había puesto una mesa con tacos de arrachera jugosos, guacamole fresco y una botella de tequila reposado. Pero la comida podía esperar. Te sentó en el sofá de piel suave, que crujió bajo tu peso, y se arrodilló frente a ti, como un devoto en misa. Sus manos ascendieron por tus muslos, subiendo tu falda negra hasta la cadera, revelando tus panties de encaje rojo. El aire fresco rozó tu piel húmeda, y olías tu propia excitación mezclada con su colonia cítrica.

Mi reina, déjame cuidarte, susurró, besando el interior de tus rodillas. Sus labios eran fuego líquido, dejando un rastro húmedo que te hacía temblar. Lamía despacio, subiendo, hasta que su aliento caliente llegó a tu centro. Tiraste la cabeza atrás, gimiendo bajito, el pulso latiéndote en las sienes. No seas pendejo, Javier, no me hagas rogar, le dijiste entre jadeos, pero él solo rio, esa risa grave que vibraba en tu pecho.

Con delicadeza, apartó la tela a un lado, y su lengua tocó tu clítoris como una caricia divina. ¡Ay, wey! El placer te recorrió como corriente eléctrica, tus caderas se alzaron solas, buscando más. Él chupaba con devoción, saboreando tus jugos salados y dulces, mientras sus dedos se hundían en tus nalgas, amasándolas. El sonido chupeteante, húmedo, llenaba la habitación, junto con tus gemidos que subían de tono. Olías el sudor ligero de su cuello, y lo jalaste para besarlo, probando tu esencia en su boca.

Pero querías más, lo necesitabas dentro. Lo empujaste al sofá, montándote encima, desabrochando su cinturón con dedos torpes. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante, con la cabeza brillando de precúm. La tomaste en tu mano, sintiendo su calor y grosor, y la lamiste desde la base hasta la punta, saboreando su sabor salado y almizclado. Qué rica verga tienes, cabrón, le dijiste, mirándolo a los ojos mientras la engullías hasta la garganta. Él gruñó, sus manos en tu cabeza guiándote con ternura, el sonido de su placer ronco como motor acelerado.

La tensión crecía, un nudo apretado en tu bajo vientre. Te levantaste, quitándote la ropa con prisa, tu piel erizada por el roce del aire acondicionado. Él te miró embobado, eres mi pinche obsesión, dijo, y te tendió la mano. Fuiste a la recámara, donde la cama king size con sábanas de algodón egipcio los esperaba, iluminada por la luz tenue de la lámpara. El colchón se hundió bajo sus cuerpos, y él te recostó, abriendo tus piernas con reverencia.

Es tiempo de adorar con pasión cada curva tuya, mi amor
, repitió él, posicionando su verga en tu entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Sentiste cada vena rozando tus paredes, llenándote hasta el fondo. Gritas roncas escaparon de tu garganta, tus uñas clavándose en su espalda musculosa, dejando marcas rojas. Él empezó a moverse, embestidas lentas y profundas, el slap-slap de piel contra piel como ritmo de cumbia sensual.

El sudor perlaba sus frentes, goteando en tu pecho, y lo lamiste, salado como mar. Aceleró, tus pechos rebotando con cada golpe, sus manos pellizcando tus pezones duros como piedras. Más fuerte, pendejo, cógeme como animal, le suplicaste, y él obedeció, follando con furia contenida, el cabecero golpeando la pared. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana entreabierta.

Tu orgasmo se acercaba, una ola gigante formándose. Él lo sentía, en tus contracciones, en tus gemidos agudos. Bajó una mano, frotando tu botón hinchado en círculos rápidos. Ven conmigo, nena, jadeó, y explotaste. El placer te desgarró, un grito gutural saliendo de ti mientras tu chocha lo ordeñaba, chorros de jugo empapando las sábanas. Él se corrió segundos después, gruñendo tu nombre, su leche caliente inundándote, pulso tras pulso.

Se quedaron así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Javier te besó la frente, el sudor, los labios, murmurando te adoro, mi vida. Rodaron de lado, su verga aún semi-dura dentro de ti, y charlaron bajito sobre nada y todo, riendo de tonterías del día. El afterglow era perfecto, pieles pegajosas, corazones latiendo al unísono.

Después, se ducharon juntos, el agua caliente cascando sobre sus cuerpos exhaustos, jabón de lavanda resbalando por curvas y músculos. Te secó con ternura, vistiéndote una camisola suave, y volvieron a la mesa. Comieron tacos fríos pero igual de ricos, bebiendo tequila con limón, planeando un fin de semana en Tequila, Jalisco, para más de esto.

Neta que este hombre me hace volar, es tiempo de adorar con pasión y ser adorada igual
. Te dormiste en sus brazos esa noche, el sonido de su corazón como mejor nana, sabiendo que el deseo nunca se apagaría entre ustedes. Mañana sería otro día, pero esta noche, el mundo era solo pasión pura.

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