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La Pasion Escultura Despertada

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La Pasion Escultura Despertada

Entré al galerí­a en el corazón de Polanco, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y bañando todo en un resplandor dorado. El aire olí­a a madera pulida y a un leve aroma de jazmí­n que flotaba desde algún rincón. Yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos que trabaja en publicidad pero sueña con arte puro, habí­a venido por curiosidad. La exhibición se llamaba Esculturas del Alma, pero el rumor en redes era sobre una pieza en particular: La Pasion Escultura. Decí­an que era hipnótica, que te hacía sentir cosas que ni sabí­as que tení­as adentro.

La encontré al fondo de la sala, sobre un pedestal negro que la hacía resaltar como una diosa pagana. Era una figura de mármol blanco, dos cuerpos entrelazados en un abrazo feroz: una mujer arqueada hacia atrás, con los senos erguidos y las caderas abiertas, y un hombre que la penetraba con fuerza, sus músculos tensos como cuerdas. Sus rostros, en éxtasis, tení­an los ojos cerrados y las bocas entreabiertas, como si gritaran placer sin sonido. Toqué el borde del pedestal con las yemas de los dedos, y un escalofrí­o me recorrió la espina dorsal. Neta, ¿por qué me late tanto esto? pensé, sintiendo un calor subir por mi vientre. El mármol pareciera pulsar bajo la luz, frío pero vivo, invitándome a imaginar sus texturas: la piel suave de ella contra la aspereza de él.

—Es impactante, ¿verdad? —dijo una voz grave a mi lado, con ese acento chilango juguetón que me derrite.

Me volví­ y ahí­ estaba él: alto, moreno, con barba recortada y ojos negros que brillaban como obsidiana. Vestí­a una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olí­a a tierra húmeda y colonia amaderada, algo que me hizo tragar saliva.

—Sí­, la pasion escultura... te atrapa, ¿no? —respondí­, sonriendo coqueta, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa ligera.

—Yo la hice. Me llamo Diego. —Extendió la mano, y cuando la tomé, su piel era cálida, callosa por el trabajo del cincel. Chingao, este cuate es el escultor, pensé, mientras su pulgar rozaba el dorso de mi mano un segundo de más.

Charlamos un rato. Me contó cómo la inspiró un sueño erótico, cómo talló cada curva pensando en el deseo crudo, en esa hambre que no se sacia. Yo le confesé que el arte me poní­a cachonda, que siempre habí­a querido posar para algo así­. La tensión crecí­a con cada mirada, cada roce accidental. El galerí­a se vaciaba, y él sugirió:

—Ven a mi taller. Ahí­ verás cómo cobra vida de verdad.

¿Ir con un desconocido? Pendeja no, pero neta me urge sentir algo real, me dije. Asentí­, y salimos a la calle bulliciosa, con el claxon de los coches y el olor a elotes asados flotando en el aire.

El taller estaba en la Roma, un loft con paredes de ladrillo visto y herramientas esparcidas. La luz tenue de lámparas industriales iluminaba bocetos y figuras a medio hacer. Diego cerró la puerta, y el clic resonó como una promesa. Me ofreció un mezcal ahumado, que bajé de un trago, sintiendo el fuego bajar por mi garganta y encender mi piel.

—Muéstrame cómo la haces vibrar —le pedí­, acercándome, mi aliento rozando su cuello.

Él sonrió pí­caro, no seas pendejo, ven, y me llevó a un rincón donde habí­a una réplica más pequeña de la pasion escultura, aún con arcilla fresca. Sus manos grandes tomaron las mías y las guiaron sobre la figura húmeda, suave como carne.

—Siente la curva aquí­... —susurró, presionando mis dedos en el seno de la escultura. Su cuerpo se pegó al mí­o por detrás, su erección dura contra mis nalgas. Gemí bajito, el olor de la arcilla mojada mezclándose con su sudor masculino.

Me giré­ y lo besé, hambrienta. Sus labios eran firmes, su lengua invadió mi boca con sabor a mezcal y deseo. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis caderas, mientras yo tiraba de su camisa, arañando su pecho velludo. Qué chido se siente esto, como si la escultura nos poseyera.

Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco del taller. Chupó un pezón, duro y rosado, tirando con los dientes hasta que arqueé la espalda como la figura de mármol. Olí­a a mi propia excitación, ese almizcle dulce entre mis piernas. Desabroché sus jeans y liberé su verga, gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la seda de su piel, mientras él metí­a la mano en mi falda, rozando mi clítoris hinchado a través de las bragas empapadas.

—Estás chorreando, mamacita —gruñó, y yo reí­, empujándolo al suelo sobre una colcha raída.

Me subí­ encima, restregándome contra él, el roce de su pija contra mi coño me hací­a jadear. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el espacio, mezclado con el goteo lejano de una tubería. Lentamente, lo guié adentro, centí­metro a centí­metro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! Mi interior se contraí­a alrededor de él, jugos calientes lubricándonos.

Cabalgue despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos en mis caderas me marcaban, uñas clavándose en la carne suave. Aceleré, mis tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo el lóbulo de mi oreja. La pasion escultura cobra vida en nosotros, pensé, mientras el orgasmo subí­a como una ola.

—Más fuerte, Diego, ¡córrete conmigo! —supliqué, y él embistió desde abajo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas.

El clí­max nos golpeó juntos: yo gritando, mi coño apretándolo como un puño, chorros de placer mojando su pubis. Él rugió, llenándome con semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsamos, jadeantes, piel contra piel pegajosa de sudor y fluidos. El olor a sexo impregnaba el aire, intenso y embriagador.

Después, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Me acarició el cabello, suave como plumas.

—Fue como tallar en vivo... tú eres mi musa ahora —murmuró.

Sonreí, besando su frente salada. Neta, esto es lo que necesitaba: pasión real, no de mármol. Salí del taller al amanecer, con el cuerpo adolorido pero el alma satisfecha, sabiendo que la pasion escultura habí­a despertado algo en mí­ que no se apaga fácil. Caminé por las calles empedradas, el sol naciente calentándome la piel, lista para más curvas en mi vida.

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