Gamiani Dos Noches de Pasion Alfred de Musset
Todo empezó en esa tiendita de antigüedades en el centro de la Ciudad de México, cerca de la Alameda. Yo, Ana, andaba paseando con mi carnal, Javier, ese pendejo tan guapo que me hace sudar con solo mirarlo. Hacía un calor de la chingada esa tarde, el sol pegando como si quisiera chamuscarte la piel, y el olor a elotes asados y tacos de canasta flotando en el aire. Entramos por curiosidad, buscando algo chido para la casa, y ahí lo vi: un librito viejo, encuadernado en cuero desgastado, con el título grabado en letras doradas desvaídas. Gamiani dos noches de pasión Alfred de Musset. Lo abrí y las páginas crujieron como hojas secas, oliendo a polvo y a secretos guardados por siglos.
"Órale, mija, ¿qué traes ahí?", me dijo Javier, acercándose por detrás, su aliento cálido rozándome el cuello. Le mostré la portada y le leí el título en voz baja. Sus ojos se iluminaron, neta, como si hubiera encontrado un tesoro. "Eso suena a pura pasión, carnala. ¿Y si lo compramos y lo leemos juntos esta noche?". Mi corazón dio un brinco, porque Javier siempre ha sido así, juguetón, con esa sonrisa que me moja las chonas sin esfuerzo. Pagamos como veinte varos, un chingado robo, y salimos de ahí con el libro bajo el brazo, caminando de la mano por las calles empedradas, el bullicio de los vendedores ambulantes zumbando a nuestro alrededor.
Esa noche, en nuestro depa en la Roma, con las luces tenues de las velas parpadeando y el aroma de incienso mexicano llenando el aire, nos sentamos en la cama. Yo traía un camisón ligero de algodón, que se pegaba a mi piel por el calor húmedo de la noche. Javier, en bóxers, con su pecho moreno brillando de sudor. Abrí el libro y empecé a leer en voz alta, las palabras de Alfred de Musset saliendo roncas de mi garganta: escenas de deseo loco, cuerpos entrelazados en noches de éxtasis. Sentía su mano en mi muslo, subiendo despacito, el roce áspero de sus dedos callosos enviando chispas por mi espina.
"Sigue leyendo, Ana, pero desnúdate", murmuró él, su voz grave como un tambor taol. Me quité el camisón, mis tetas libres al aire, pezones endureciéndose con el fresco de la habitación. Él se acercó, besándome el hombro, lamiendo el salado de mi piel. El libro cayó al piso con un thud suave, y sus labios encontraron los míos, saboreando a tequila y a menta de mi chicle. Nuestras lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos amasaban mis nalgas, apretándome contra su verga ya dura como piedra.
Primera noche de pasión, como en Gamiani. Lo empujé sobre la cama, montándome encima, sintiendo el calor de su cuerpo bajo el mío. Mi panocha rozaba su abdomen, mojada, resbalosa. "Te quiero dentro, pendejo", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, un sonido animal que me erizó la piel, y me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Dios, qué rico, el estiramiento, el roce de su verga contra mis paredes internas, palpitando. Me moví despacio al principio, cabalgándolo, mis caderas girando en círculos, el slap slap de nuestra piel chocando, el olor a sexo empezando a impregnar las sábanas.
Pero no era solo físico; en mi cabeza, las palabras del libro giraban: deseo prohibido, noches de exceso. ¿Será que esto nos pasa a nosotros?, pensé, mientras aceleraba, mis uñas clavándose en su pecho, dejando marcas rojas. Él me agarró las caderas, embistiéndome desde abajo, fuerte, profundo. "¡Más, Javier, chíngame más duro!", jadeé, mi voz quebrándose. El clímax llegó como una ola, mi cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de él, chorros de placer saliendo de mí. Él se vino segundos después, caliente, dentro, gritando mi nombre. Nos quedamos así, pegajosos, respirando agitados, el sudor enfriándose en nuestra piel.
Al día siguiente, el sol entraba por las cortinas, pintando rayas doradas en la cama deshecha. Desayunamos chilaquiles con huevo y café de olla, riéndonos de lo intenso de la noche anterior. "Ese Gamiani dos noches de pasión Alfred de Musset es la neta, carnal", dijo él, guiñándome el ojo. Yo sentía un hormigueo entre las piernas solo de recordarlo, una promesa de más. Pasamos el día paseando por Chapultepec, besándonos en los bancos, el viento trayendo olor a jacarandas. La tensión crecía, un fuego lento que nos quemaba por dentro.
Segunda noche. Volvimos a casa con el libro en mano, pero esta vez lo usamos diferente. Javier lo abrió en la página que más nos había prendido, leyéndome fragmentos mientras me ataba las manos con una bufanda de seda, suave contra mis muñecas. "Confía en mí, mija", susurró, sus ojos oscuros devorándome. Estaba desnuda, vulnerable, el aire acondicionado erizando mi piel, pezones duros como balas. Él se arrodilló entre mis piernas abiertas, su aliento caliente en mi chochito, oliendo mi excitación almizclada.
Primero lamió despacio, la lengua plana recorriendo mi raja, saboreando mis jugos salados y dulces. ¡Ay, cabrón, qué chido!, gemí internamente, arqueándome. Chupó mi clítoris, succionando suave, luego fuerte, mientras dos dedos entraban en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: slurps húmedos, mis jadeos altos, su respiración entrecortada. "Sabes a gloria, Ana, a pura panocha rica", murmuró contra mi carne, vibrando delicioso.
Me desató y me volteó, poniéndome a cuatro patas. El espejo al frente nos mostraba: mi culo en pompa, sus huevos colgando pesados. Me escupió en el ano, masajeando con el pulgar, preguntando: "¿Quieres por atrás, amor?". "Sí, pero despacio, pendejo", respondí, ansiosa. Entró lubricado con mi propia humedad, centímetro a centímetro, el ardor inicial convirtiéndose en placer puro. Me folló así, lento al principio, luego bestial, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas resonantes, el olor a sudor y sexo espeso en el aire.
En mi mente, Gamiani revivía: excesos, pasiones desbordadas. Cambiamos posiciones, yo encima otra vez, luego de lado, sus manos en todas partes, pellizcando, acariciando. Sudábamos como locos, piel resbalosa, bocas fusionadas en besos fieros. "Te amo, Javier, no pares", sollocé, al borde. Él aceleró, su verga hinchándose, y explotamos juntos: yo gritando, convulsionando, él llenándome de nuevo, chorros calientes que sentía correr por mis muslos.
Caímos exhaustos, enredados, el corazón latiendo al unísono. El libro yacía abierto a un lado, testigo mudo de nuestras dos noches de pasión. Afuera, la ciudad ronroneaba con sus luces y ruidos lejanos, pero adentro, solo paz. Javier me besó la frente, su mano en mi vientre. "Eres mi Gamiani, mi todo". Sonreí, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Esas noches nos unieron más, un lazo de deseo y amor que no se rompe. Y quién sabe, tal vez haya una tercera...