Noches de Pasion FM Puebla
La noche en Puebla se sentía como un abrazo pegajoso, con ese calor que sube desde el pavimento de la colonia Lomas de Angelópolis y te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un respiro. Me quité los tacones con un suspiro y me tiré en el sofá de mi depa, sintonizando la radio en mi bocina Bluetooth. Pasión FM Puebla, mi vicio secreto. Esa estación siempre ponía rolas que te erizaban la piel, con dedicatorias que sonaban a promesas susurradas al oído.
El DJ, con esa voz grave y ronca que me ponía la piel de gallina, anunció: "Y esta va para las noches solitarias que se vuelven ardientes, escuchen 'Desnúdate Mujer' de Maná". La guitarra rasgueó suave, y el ritmo se me coló por los poros. Cerré los ojos, imaginando manos fuertes recorriéndome la espalda. Hacía meses que no tenía acción de verdad, desde que mi ex, ese pendejo, se fue con su secretária. Pero esa noche, Pasión FM Puebla me tenía revuelta por dentro.
¿Por qué carajos esta rola me prende tanto? Siento el calor bajando por mi vientre, como si alguien me lamiera despacito el cuello.
Me levanté, me desabroché el blusa despacio, dejando que el aire fresco del ventilador me rozara los pezones endurecidos. Olía a mi perfume de jazmín mezclado con el sudor del día, un aroma que me excitaba a mí misma. Caminé a la cocina por un tequila reposado, el vidrio frío contra mi palma sudada. Di un trago, el líquido quemándome la garganta, bajando ardiente hasta mi estómago. La música seguía, ahora una de Luis Miguel, "Ahora te puedes marchar", pero en mi cabeza era un "Quédate y fóllame".
De repente, un golpe en la puerta. ¿Quién chingados a esta hora? Miré el reloj: once y media. Abrí con cautela, y ahí estaba Marco, mi vecino del depa de al lado. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me volvía loca cada vez que lo veía en el elevador. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans desgastados.
"Wey, Ana, ¿estás escuchando Pasión FM Puebla a todo volumen? Se oye hasta mi recámara", dijo con una sonrisa pícara, sus ojos cafés clavados en mi blusa entreabierta.
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre. "Órale, carnal, pasa. Justo estaba prendiendo con sus rolas. ¿Quieres un trago?" Lo invité adentro sin pensarlo dos veces. El aire se cargó de electricidad mientras servía el tequila. Él se sentó cerca, demasiado cerca, y el olor de su colonia amaderada se mezcló con el mío, creando un cóctel embriagador.
Empezamos platicando pendejadas: del tráfico en la Vía, de lo cara que está la comida en el centro, pero la música de Pasión FM Puebla no paraba. El DJ dedicó otra: "Para las vecinas que encienden la noche". Nos miramos, y supe que él también la sentía, esa tensión que vibra como las cuerdas de una guitarra.
"Neta, Ana, siempre te he visto y pienso... qué chingona eres", murmuró, su mano rozando mi rodilla accidentalmente. No fue accidente. Mi piel ardió bajo su toque, áspero y cálido.
¡La verga, este wey me está volviendo loca! Siento mi panocha húmeda, latiendo como si ya me estuviera tocando.
El segundo acto de nuestra noche empezó sin palabras. Me acerqué, mis labios rozando los suyos en un beso tentativo. Él respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando el tequila y mi deseo. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda, dedos callosos explorando la suavidad de mi piel. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por la rola de fondo, ahora algo de Alejandro Fernández, ronco y pasional.
Lo jalé hacia mi recámara, la luz tenue del buró pintando sombras en las paredes. Caímos en la cama, él encima, su peso delicioso aplastándome contra las sábanas frescas. Me quitó la blusa de un tirón, lamiendo mis tetas con devoción, succionando un pezón mientras pellizcaba el otro. "Qué ricas chichis, Ana", gruñó, su aliento caliente contra mi piel. Olía a hombre, a sudor limpio y excitación, ese almizcle que te hace perder la cabeza.
Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con urgencia. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La tomé, sintiendo su calor en mi palma, el pulso acelerado sincronizado con el mío. Él jadeó, "Métetela en la boca, güey", y yo obedecí, saboreando la sal de su piel, la gota perlada en la punta. Chupé despacio al principio, lengua girando alrededor del glande, luego más profundo, hasta que sus caderas se movieron instintivas, follando mi boca con cuidado.
Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como una reina. Mi concha resbaladiza lo engulló centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, wey, qué verga tan rica!" grité, mientras cabalgaba, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, mezclado con nuestros gemidos y la radio que seguía sonando Pasión FM Puebla, como banda sonora perfecta.
Sus manos agarraban mis caderas, guiándome, pulgares presionando mi clítoris hinchado. Cada roce era fuego, oleadas de placer subiendo por mi espina. Sudábamos juntos, pieles pegajosas deslizándose, el olor a sexo llenando la habitación: almizcle, sudor, mi jugo chorreando por sus bolas. Él se incorporó, mamando mi cuello, mordisqueando suave mientras yo aceleraba, sintiendo el orgasmo construyéndose como un volcán poblano.
¡No aguanto más! Viene, viene... su verga me llena tanto, me roza justo ahí, en ese punto que me deshace.
Exploté primero, mi cuerpo convulsionando, paredes internas apretándolo como un puño. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda, el placer tan intenso que vi estrellas. Él no tardó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava. Nos quedamos unidos, respiraciones entrecortadas, pulsos latiendo al unísono.
El tercer acto fue puro afterglow. Rodamos a un lado, él aún dentro de mí, besándonos perezosos. La radio cambió a una balada suave, el DJ despidiéndose: "Gracias por sintonizar Pasión FM Puebla, sigan encendiendo sus noches". Marco acarició mi pelo, "Eres increíble, Ana. ¿Repetimos?" Sonreí, saboreando el beso salado.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo pero tiernas. En la cocina, preparamos tacos de la esquina –carne asada jugosa, cilantro fresco, salsa que picaba en la lengua como nuestro deseo–. Platicamos de todo: de Puebla y sus luces nocturnas desde el balcón, de cómo Pasión FM Puebla nos juntó esa noche mágica.
Quién iba a decir que una rola en la radio me daría el polvo del año. Este wey no es pendejo, neta me late.
Se fue al amanecer, prometiendo volver. Yo me quedé en la cama, cuerpo adolorido pero satisfecho, el eco de su toque en mi piel. Afuera, Puebla despertaba con el aroma de pan dulce y café, pero en mi corazón ardía una pasión nueva, encendida por esa estación que nunca falla.