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Pasión Intacta George Steiner

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Pasión Intacta George Steiner

Estaba sentada en el café de la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y pintando rayas doradas en la mesa de madera. El aroma del café de olla se mezclaba con el dulzor de los churros recién hechos, y yo, Ana, hojaba ese libro que había encontrado por casualidad en la librería de Coyoacán: Pasión intacta de George Steiner. Neta, ese carnal escribía de una forma que te erizaba la piel, hablando de la pasión pura, la que no se mancha con el tiempo ni con las weas cotidianas. Sus palabras me calaban hondo, como si me estuviera susurrando al oído secretos que mi cuerpo ya sabía pero mi mente había olvidado.

Tenía treinta y dos años, soltera por elección después de un par de relaciones que me dejaron con el corazón hecho mierda, pero con el fuego adentro todavía encendido. Leía un pasaje donde Steiner describía la pasión intacta como un lenguaje primigenio, un toque que despierta lo eterno en lo carnal. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía lento por mis muslos.

¿Y si esa pasión sigue viva en mí? ¿Intacta, esperando?
pensé, cerrando los ojos un segundo para imaginar manos fuertes recorriendo mi piel morena.

Entonces lo vi. Entró al café como si el lugar le perteneciera, alto, con barba recortada y ojos verdes que brillaban como el tequila bajo la luz de neón. Vestía una camisa de lino blanca, arremangada, mostrando antebrazos velludos y fuertes. Se acercó al mostrador, pidió un americano negro, y su voz grave resonó: "Sin azúcar, carnal, que la vida ya es lo suficientemente dulce". Me quedé mirándolo, y de pronto, se giró y nuestras miradas chocaron. Sonrió, una sonrisa pícara, de esas que dicen "te cachó".

Vino directo a mi mesa. ¿Qué pedo? pensé, pero no me moví. "¿George Steiner? Buena elección, morra. Ese wey sabe de pasiones que no se apagan". Su nombre era Luis, arquitecto de cuarenta, con un acento chilango puro que me ponía la piel de gallina. Se sentó sin pedir permiso, y platicamos de Pasión intacta. "Es como dice Steiner, la pasión intacta no es solo sexo, es el alma tocando el cuerpo sin filtros". Sus palabras me envolvían, y olía a sándalo y a hombre limpio, ese olor que te hace mojar sin querer.

La charla fluyó como el mezcal en una noche de fiesta. Hablamos de libros, de la ciudad que nos volvía locos con su caos chingón, de cómo la rutina nos roba el fuego. Sentía su mirada bajando a mis labios, a mis tetas que se marcaban bajo la blusa floja. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, y crucé las piernas para apretar el calor que crecía ahí abajo. Él se inclinó, su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. "Ana, ¿has sentido esa pasión intacta de la que habla Steiner? ¿La que quema sin consumirse?" Su voz era ronca, y asentí, mordiéndome el labio.

Salimos del café cuando el sol se ponía, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Caminamos por las calles empedradas, riendo de pendejadas, pero la tensión crecía como tormenta. Su mano rozaba la mía "por accidente", y cada roce era fuego. Llegamos a su depa en Roma Norte, un lugar chido con ventanales enormes, plantas colgando y una cama king size que se veía desde la sala. "Entra, Ana. Quiero mostrarte algo de Steiner que no está en el libro". Cerró la puerta, y el clic sonó como promesa.

Acto dos, carnales. Me jaló suave hacia él, sus manos en mi cintura, grandes y cálidas. Olía su aliento a café y menta, y cuando sus labios tocaron los míos, fue como explotar. Beso lento al principio, lenguas danzando, saboreando el dulzor de su boca. Pinche beso de película, pensé, mientras mis manos subían por su pecho firme, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. La desabotoné, lamiendo su cuello salado, oyendo su gemido grave que vibraba en mi piel.

"Eres fuego puro, Ana", murmuró, quitándome la blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los miró con hambre. Los chupó suave, luego fuerte, mordisqueando hasta que grité bajito. ¡Ay, cabrón! El placer me recorrió como corriente, bajando hasta mi clítoris que palpitaba. Sus manos bajaron mi falda, dedos hurgando mi tanga empapada. "Estás chorreando, morrita. Esa pasión intacta de Steiner te tiene así". Reí, jadeante, y lo empujé al sofá.

Lo desvestí, admirando su verga erecta, gruesa y venosa, con el prepucio atrás mostrando el glande rosado. La tomé en la mano, piel suave sobre dureza de acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo. "Chúpamela, Ana, neta que sí". La tragué profunda, garganta relajada, oyendo sus jadeos roncos y el sonido húmedo de mi boca. Pero quería más. Me subí a horcajadas, frotando mi coño mojado contra su pija, lubricándola con mis jugos.

La tensión era insoportable, como cuerda a punto de romperse. Hablamos con los ojos, consintiendo cada movimiento. "Fóllame, Luis. Desata esa pasión intacta George Steiner". Bajé despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón! Grité, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestra piel. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. El cuarto olía a sexo, a almizcle y sudor, sonidos de piel contra piel, plaf plaf plaf, mis gemidos altos y sus gruñidos animales.

Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Me abrió las piernas, lamiendo mi clítoris hinchado mientras me penetraba lento. Saboreé mi propio sabor en su boca después. La intensidad subía, mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. "Más fuerte, pendejo, dame todo". Aceleró, embistiéndome como pistón, mi coño apretándolo, ordeñándolo. El orgasmo vino en olas, primero yo, convulsionando, gritando su nombre, jugos chorreando. Él siguió, tenso, hasta que explotó dentro, semen caliente llenándome, pulsando.

Acto tres, el afterglow. Nos quedamos abrazados, piel pegajosa, respiraciones calmándose. El aire olía a nosotros, a pasión satisfecha. Besos suaves, caricias perezosas. "Esa fue la pasión intacta de George Steiner, Ana. Pura, eterna". Sonreí, trazando círculos en su pecho.

¿Y ahora qué? ¿Se apaga o renace?
pensé, pero su mirada me dijo que renacía. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero tiernas. Salimos a la terraza, luces de la ciudad parpadeando, y brindamos con mezcal. La noche prometía más, pero esa pasión intacta ya estaba grabada en mí, lista para siempre.

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